Benny Hinn es mi tío, pero la predicación sobre la prosperidad no es para mí
Image: Tom Kubik

Hace casi 15 años, en una costa afuera de Atenas, Grecia, me sentía completamente confiado en mi relación con el Señor y mi trayectoria ministerial. Viajaba por el mundo en un jet privado de Gulfstream haciendo el ministerio del “evangelio” y disfrutando de cada lujo que el dinero podía comprar. Después de un vuelo cómodo y mi comida favorita (lasaña) hecha por nuestro chef personal, nos preparamos para un viaje ministerial descansando en el Grand Resort: Lagonissi. Con mi propia villa con vista al mar, con piscina privada y más de 2.000 pies cuadrados de espacio habitable, me encaramé en las rocas sobre el borde del agua y me regocijé en la vida que estaba viviendo. Después de todo, yo estaba sirviendo a Jesucristo y viviendo la vida abundante que él prometió.

Poco sabía yo que esta costa era parte del mar Egeo, las mismas aguas que el apóstol Pablo navegó mientras difundió el evangelio de Jesucristo. Había un solo problema: no estábamos predicando el mismo evangelio que Pablo.

Estilo de vida lujoso

Crecer en el imperio de la familia Hinn era como pertenecer a algún híbrido de la familia real y la mafia. Nuestro estilo de vida era lujoso, nuestra lealtad se imponía, y nuestra versión del evangelio era un gran negocio. Aunque Jesucristo era todavía parte de nuestro evangelio, era más un genio mágico que el Rey de Reyes. Frotándolo de la manera correcta —dando dinero y teniendo suficiente fe— desbloquearía su herencia espiritual. El objetivo de Dios no era su gloria sino nuestra ganancia. Su gracia no fue para liberarnos del pecado sino para hacernos ricos. La vida abundante que ofrecía no era eterna, era ahora. Vivíamos el evangelio de la prosperidad.

Mi padre pastoreó una pequeña iglesia en Vancouver, Columbia Británica. Durante mi adolescencia, viajaba casi dos veces al mes con mi tío, Benny Hinn. La teología de la prosperidad pagó increíblemente bien. Vivíamos en una mansión de 10.000 pies cuadrados custodiada por una puerta privada, conducíamos dos vehículos Mercedes Benz, pasábamos las vacaciones en destinos exóticos y comprabamos en las tiendas más caras. Además de eso, compramos una casa con vista al mar de $ 2 millones en Dana Point, California, donde otro Benz se unió a la flota. Fuimos abundantemente bendecidos.

A lo largo de esos años nos enfrentamos a innumerables críticas tanto dentro como fuera de la iglesia. Dateline NBC, The Fifth Estate (un programa canadiense de noticias) y otros programas realizaron trabajos de investigación. Conocidos líderes del ministerio usaron la radio para advertir a la gente acerca de nuestras enseñanzas y los pastores locales dijeron a sus congregaciones que se mantuvieran alejados de los púlpitos ocupados por un “Hinn”. En ese momento, yo creía que estábamos siendo perseguidos como Jesús y Pablo. nuestros críticos estaban celosos de nuestras bendiciones.

Dentro de la familia, no toleramos la crítica. Un día le pregunté a mi padre si podíamos ir a sanar a mi amiga de la escuela que había perdido su cabello debido al cáncer. Él respondió que debíamos orar por ella en casa en lugar de ir a sanarla. Pensé para mí mismo: ¿No deberíamos estar haciendo lo que hicieron los apóstoles si tenemos el mismo don? En ese momento, no cuestioné nuestra capacidad de sanar, pero se empezaron a despertar las dudas sobre nuestros motivos. Sólo sanábamos a la gente en las cruzadas, donde la música creaba cierta atmósfera, el dinero cambiaba de manos, y la gente se acercaba a nosotros con la cantidad “correcta” de fe.

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