El regalo de mi ansiedad
Image: Evgeny Kuklev / iStock

Mi primer recuerdo es uno de miedo. Cuando tenía cuatro o cinco años, sola en mi habitación, de repente me sobrecogió la certeza de que algo malo iba a pasar. Alcé la vista hacia los moños rosas que mi mamá había pintado en las paredes, mi estómago estaba hecho nudo. La convicción de que el futuro no sería amigable se hizo manifiesta en mi cuerpo. Era el principio de una relación de toda la vida con el miedo.

“Los sentimientos son excelentes siervos, pero son terribles amos,” escribió Dallas Willard. Esto es parte de lo que Cristo nos está diciendo cuando nos manda, “No tengan miedo” (Mateo 14:27). La amonestación de no tener miedo es el mandato repetido con más frecuencia en la Biblia. Es lo que rutinariamente nos atrae como si fuera un silogismo genial: Jesús dijo “no tengan miedo”; los cristianos obedecen a Jesús; por lo tanto, yo no tengo miedo. Dios lo dijo; yo lo creo; y punto.

Si eso fuera así de sencillo. El miedo en la forma de ansiedad (debido a trastorno de ansiedad generalizada, que es lo que tengo) es un compañero constante. El miedo persistente, irracional sobre el futuro es la mejor definición que he escuchado con respecto a la ansiedad, y se une a mí diariamente como una pelota pesada en el estómago o como un colibrí aleteando en mi garganta. Nada de lo que pueda hacer me trae alivio instantáneo. “Sé conmigo,” le pido a Dios, aunque Él ya está conmigo, y soy yo quien necesita estar con Él.

Sin embargo, a pesar de la presencia no invitada del miedo, he llegado a pensar en él como un regalo. El miedo mismo no es un regalo que quiero, pero es parte del tipo de persona que soy en mi propia fisiología, y trato como puedo, más no puedo deshacerme de él. Tan difícil como ha sido—los ataques de pánico, la impotencia, el aislamiento—cada episodio de ansiedad me ha acercado más al Dios que es un Gran Consolador. Si yo pudiera chasquear los dedos y deshacerme de la ansiedad, no lo haría.

Aquí estoy

Al igual que mucha gente para quien la ansiedad es un pasajero indeseado, principalmente le tengo miedo al futuro. “¿Estará bien todo?” y “¿Qué si no lo está?” son preguntas exactas que representan la mayoría de mis pensamientos raros, como: Esta turbulencia no tan sólo es el resultado de un avión chocando con pozos de aire; implica muerte inminente. Mi carrera como escritora se basa en la suerte y terminará pronto una vez que se revele que soy una impostora. A menudo me siento sola con mi miedo, por lo que el compartir nuestros temores con alguien más es uno de los vínculos más grandes de la raza humana. La realización, “¿Usted también? Pensé que yo era la única,” puede crear las bases para una intimidad profunda en un tiempo donde hablar sobre los platos sucios en su fregadero en una publicación de blog muy a menudo cuenta como vulnerabilidad.

Cuando era niña, mis padres platicaban de sus propios temores relacionados a Dios. Si no lo hubieran dicho, en forma natural y a distintos tiempos, no estoy segura de que aún sería cristiana. Para un padre, el miedo era de que Dios no fuera real—que el mundo fuera moralmente neutral y que todos los argumentos ateístas estuvieran correctos. Para el otro, el miedo no era sobre la existencia de Dios sino sobre Su bondad. Ambos tocaron mis fibras sensibles; la noción de no entender completamente a Dios repercutía como el fin inconcluso de una sinfonía. Más que certeza, lo que yo quería como cristiana joven era presencia —la presencia de Dios y de las personas que me amaban y que crearon un ambiente donde era aceptable tener miedo y duda.

October
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