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Fui salva en la práctica abierta de la Cena del Señor
Image: Christopher Capozziello

Cuando yo era niña, mi padre, un judío secular, me pagaba un dólar por cada volumen de la enciclopedia que leyera. Me compraba kits electrónicos con los que jugábamos por horas durante el fin de semana. Mi madre era luterana no practicante, quien me enseñó cómo encontrar buenas ofertas en las tiendas. En una ocasión, en tiempo de exámenes finales, me dijo que guardara los libros porque yo estaba patrocinando una cena esa noche. "Nunca te acordarás del grado final, pero nunca se te olvidará si sirves jamón que tiene mal sabor."

Nuestro hogar era amoroso, ruidoso y divertido, pero a través de todo corría una cierta corriente subterránea de ansiedad. Siempre estábamos en bancarrota, mis padres solían estar desilusionados el uno del otro, y el mundo parecía más alarmante de lo que las circunstancias parecían ameritar.

El mensaje de mi juventud era claro e insistente: trabaja, juega y haz el amor con ganas, y permanece en control en todo momento, porque algo siniestro está por tirarte al suelo. Seguí ese consejo hasta la edad adulta. Fui a una gran universidad, encontré el trabajo perfecto, y escogí a un esposo maravilloso. Las almas más débiles quizás necesitaban un dios, pero yo no necesitaba muleta tal. Mi ansiedad me mantendría siempre alerta para poder orquestar la vida perfecta.

Esa perspectiva fue anulada cuando Scott, mi esposo, a los cinco años de matrimonio, murió de complicaciones durante una operación rutinaria. Diez días después, di a luz a nuestra primer hija, Sarah, quien nació muerta.

Ven a la mesa

Durante el siguiente año, me convertí al cristianismo, me hice miembro de una tradición cuyo carácter e intelecto débiles siempre menosprecié. No sucedió nada milagroso—no hubo momentos determinantes, ni deslumbrantes visiones, ni argumentos irrefutables. Pero lentamente, imperceptiblemente al principio, fui atraída a la vida de la fe.

Tampoco hubo claridad desde el principio en cuanto a cuál fe sería. Visité psíquicos, pensadores de la nueva era, y asistí a clases de meditación. Hasta intenté orar a un dios que no pensaba que existía. Mis incursiones en el camino de la fe eran intentos por encontrar el sentido de lo que me había pasado y, en cierto sentido, controlar un mundo en el que yo tenía mucho menos control de lo que pensaba.

Luego empecé a leer el Evangelio de Juan con un amigo. Tony era el único cristiano que yo conocía que no trató de explicar superficialmente la pérdida de mi esposo y de mi bebé. Después de muchos debates en los que me trató de convencer de la divinidad de Jesús, un día me dijo que si sólo leía la Biblia, Dios haría la obra de convencerme. Así que todos los sábados por la mañana leíamos juntos la Biblia por teléfono. Me sentí atraída al texto, a pesar de que no había nada en él que proveyera evidencia de su autenticidad.

Me gustaba especialmente la historia de Lázaro. A diferencia de las filosofías orientales que sostienen que el sufrimiento es el resultado de estar muy apegados, esta historia era de un hombre—Jesús—que sin pena se encontraba muy apegado a una familia. Un hombre que se comportó como si la muerte no fuese algo natural. Como si todo estuviese quebrado, y que la única respuesta era llorar y gemir. Me enamoré de ese hombre.

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