En medio del inconfundible crujido de acero y aluminio, al principio pensé que yo era la víctima. Una punzada de ira, una punzada de autocompasión. Pero rápidamente me di cuenta que había sido yo quien había causado el accidente. Yo era responsable por el daño causado al automóvil de un desconocido. Yo había causado el estrés por el que el hombre del otro automóvil padeció. Fue un accidente relativamente pequeño, pero aun así sentí el peso de la pérdida que yo había causado para ambos. Y había algo más que pena y ansiedad. Había vergüenza. Sentía un tipo específico de indignación por ser una mujer la que le había pegado al automóvil de un hombre.

En la Arabia Saudita, a las mujeres apenas se les ha otorgado el derecho a votar. Pero todavía no se les permite conducir vehículos. Hasta en países que consideran esas limitaciones como arcaicas a menudo se aferran al estereotipo de las mujeres como malas conductoras. Puede ser una creencia autocumplida: Existen estudios que muestras que estos tipos de estereotipos en efecto afectan la confianza de las mujeres al conducir.

Quiero mostrarme yo misma como servicial y responsable, y no como inconstante y negligente. Quiero ser la persona que evita que ocurra un accidente, y no la que lo causa. Pero yo lo causé. ¿De verdad era yo una conductora pésima? ¿Simplemente tenía miedo que se me calificara así debido a mi sexo? Sea como fuera, el accidente me llenó de vergüenza.

Como muchas mujeres antes que yo, sentía vergüenza legítima e ilegítima. Como la primera mujer en el Huerto del Edén, sentía la vergüenza de un fracaso genuino. Pero también sentía el impacto de una vergüenza persistente proyectada hacia Eva por Adán, quien la culpó de que él se comiera el fruto. Desde los eventos de la Caída, las mujeres han sentido ambos tipos de vergüenza.

Durante la época navideña, tendemos a enfocarnos en la liberación de Dios de los justos de una vergüenza ilegítima. La virgen María experimenta lo que a todos les parece ser un embarazo vergonzoso, y hasta José, que “no quería exponerla a vergüenza pública, resolvió divorciarse de ella en secreto.” Pero ella es justificada por un ángel del Señor que corrige la historia y por todas las generaciones después que la llaman bienaventurada.

Pero hay otra historia bíblica navideña que nos recuerda que el niño Jesús vino no tan sólo a quitarnos nuestra vergüenza ilegítima, sino toda vergüenza. Irónicamente, es un versículo que muchas mujeres prefieren evitar por temor de que sólo añada más vergüenza: “Pero la mujer se salvará siendo madre y permaneciendo con sensatez en la fe, el amor y la santidad” (1 Tim. 2:15).

Esta afirmación ha desafiado hasta a los que tienen una fe sólida en el Dios de la Biblia. Pero es una historia de la Navidad ciertamente. No es la historia de María y José. Ni tampoco la historia de María y Elisabet. Es la historia de la Navidad de María y Eva.

October
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Christianity Today
Salvada a través de ser madre