Seis cosas que hacer sobre la decisión de la Suprema Corte sobre los matrimonios gay
Image: Mark Fischer / Flickr

Perdimos esta. Nosotros y muchos otros presentamos el caso a nuestra cultura, que el matrimonio tradicional es el diseño bueno de Dios, que esta institución, personificada por la unión de un hombre y una mujer, conlleva al florecimiento social. Pero nuestra cultura no está convencida. Para nuestra gran desilusión, ya es ley nacional permitir otros tipos de “matrimonios”.

La tentación es irnos a nuestra esquina santa enfadados. O afirmar los talones y luchar con mayor fuerza. O maltratar a otros en nuestro enojo. O perder la esperanza. Podemos hacer algo mejor. Especialmente el tomar a pecho las Bienaventuranzas:

Regocijarnos

Por supuesto, no en la decisión, más bien “Regocijaos en el Señor siempre”, dice Pablo, “otra vez les digo regocijaos.” Y en otra parte, “Dad gracias a Dios en toda circunstancia”. Y esta paráfrasis: “Bendecido eres cuando la gente te insulta, y te persigue, o prevalece contra ti públicamente por mi causa. Regocíjate y alégrate” (Mt. 5:11).

¿Regocijarnos en qué exactamente? Tomemos nota solamente de las cosas grandes: Que Dios no se ha ido a ninguna parte. Que la muerte y la resurrección de Cristo siguen siendo el poder de salvación para todos. Que el evangelio sigue siendo esparcido. Que las puertas de la Suprema Corte y del Congreso no prevalecerán contra la iglesia de Cristo. Que no hay nada que nos pueda separar del amor de Dios en Cristo Jesús. Que el reino vendrá—y que todavía queda bastante trabajo vital por hacer en la iglesia y en la sociedad hasta este día.

Arrepentirnos

Otra tentación ahora es apuntar el dedo a las fuerzas—políticas, sociales, filosóficas, espirituales—desplegadas contra la iglesia y sus enseñanzas morales. Sin negar la realidad de “principados y potestades (Ef. 6:12), hacemos bien en ponderar esto: ¿Qué acciones y actitudes hemos abrazado que contribuyen a que nuestra cultura haga a un lado nuestra ética? Nuestra homofobia ha revelado nuestro temor y prejuicio. Inconsistencia bíblica—nuestra pasión por desenraizar los pecados sexuales al mismo tiempo que permanecemos relativamente indiferentes al racismo, la glotonería, y otros pecados—nos deja susceptibles a que se nos acuse de hipocresía. Antes de que pasemos mucho más tiempo tratando de enderezar el barrio norteamericano, quizás debamos poner en orden nuestra propia casa. Bienaventurados los pobres en espíritu quienes lloran a causa de sus propios pecados (Mt. 5:3-4).

Volvamos a pensar

Ciertamente esto significa pensar de nuevo sobre lo que haremos y no haremos, por ejemplo, cuando una pareja casada gay, quien busca acercarse más a Dios, se aparece en la iglesia y quiere involucrarse. Ni tenemos que mencionar, que les daremos la bienvenida incondicionalmente de la misma manera que lo haríamos con cualquier persona que entre por la puerta. ¿Pero de qué manera se refleja el amor en esta instancia en particular? ¿Cuánta participación permitimos antes de pedirles que adopten la ética sexual Cristiana? Mucho de esto depende de la tradición de la iglesia y sus creencias sobre el bautismo, la membresía de la iglesia, el sistema de ancianos, y demás. Pero muchas iglesias evangélicas no tienen la tradición de una denominación en la que se puedan apoyar y van a necesitar pensar sobre estos asuntos con una nueva urgencia.

November
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