Un salmo para la crisis de refugiados en los Estados Unidos
Image: Tolga Sezgin / Shutterstock

Algo curioso pasó en lo que me despertaba hoy. Imagínese mi sorpresa cuando la primer lectura de la mañana (en el leccionario común revisado) era el Salmo 37:

No te irrites a causa de los impíos

ni envidies a los que cometen injusticias;

porque pronto se marchitan, como la hierba;

pronto se secan, como el verdor del pasto.

Confía en el Señor y haz el bien;

establécete en la tierra y manténte fiel.

Deléitate en el Señor,

y él te concederá los deseos de tu corazón.

(Salmo 37:1-4, NTV)

No necesita ni mencionarse que la orden de gran amplitud, mal planificada y cruel sobre los refugiados, para usar el lenguaje del Salmista, constituye una injusticia. (Quisiera reservar la palabra maldad para actos más atroces—por ejemplo, cuando los gobiernos matan a personas). Pero aun muchos conservadores están calificando este acto de Trump como “algo malo”. Estoy de acuerdo con Brenden O’Neill en el periodiquillo libertario spiked,

Es la forma más baja de la política del gesto: el rayón de una pluma que lleva la intención de demostrar la fortaleza Americana en todo su poder; y al mismo tiempo exhibe verdaderamente una sorprendente desconsideración del espíritu Americano de libertad y la tradición de proveer un hogar para los oprimidos del mundo.

Por supuesto, los cristianos tienen razones mucho más profundas que “el espíritu Americano de libertad” para sentirse consternados por la orden ejecutiva, pero el Salmo me hizo pensar no solo sobre lo injusto del acto sino la manera en que podemos responder. Me impresionó en especial la exhortación: “confía en el Señor y haz el bien”. Me hizo recordar una verdad muy simple: que los poderosos que hacen el mal no pueden detener a la iglesia de hacer el bien. En este caso, no hay nada que la administración presente pueda hacer para impedir que las iglesias sigan ministrando a los refugiados.

No cabe duda que será mucho más difícil hacerlo ahora—mucho más difícil. Requerirá más sacrificio de nuestra parte. Pero por el momento, no podemos contar con el gobierno para que traiga a los refugiados a nuestra puerto, así que parece que más de nosotros vamos a tener que viajar a donde están los refugiados en el mundo, dondequiera que estén amontonados. Ni tampoco podemos contar con que el gobierno nos ayude a financiar nuestros esfuerzos. Eso significa que vamos a tener que renunciar al nuevo juguetito electrónico o a la remodelación que queríamos hacer en la casa o lo que sea que tengamos que hacer para incrementar nuestro apoyo a los esfuerzos de World Relief, Samaritan’s Purse, World Vision, y otras organizaciones que ministran a nivel mundial.

Para muchos de nosotros, la puerta para ministrar a los refugiados ha sido cerrada de golpe. Pero otras puertas permanecen bien abiertas, y nos dejan ver a personas desesperadas por que les sirvamos y que les llevemos las buenas nuevas: familias de refugiados en los apartamentos al otro lado de la calle; mujeres embarazadas con pocos recursos; los que no saben leer en las ciudades y los pueblos; los adictos a las drogas; los que están confundidos sobre su sexualidad; los que han sido abusados; los prisiones—¿necesito seguir la lista? No hay nada que el gobierno pueda hacer que nos pueda detener de ayudar a alguien en algún lugar, de alguna manera, en el nombre de Cristo. La exhortación del salmista de hacer el bien no es un deseo romántico idealista sino un realismo obstinado.

September
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Christianity Today
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