Una doctora de cuidados intensivos se encuentra con el gran médico

Me sentí distante de Dios hasta que fui testigo de un milagro médico.
Una doctora de cuidados intensivos se encuentra con el gran médico
Image: Josh Andrus

Mis ojos se lanzaron al movimiento en el monitor cardiaco. Las lagunas entre los latidos del corazón de mi paciente se alargaron. El ritmo pesado significaba que la sangre, que brotaba de debajo de su cráneo fracturado, estaba presionando fuertemente su cerebro.

El paciente tenía 22 años, y alguien lo había golpeado con un bate de béisbol mientras dormía. Su esposa, que yacía a su lado, murió durante el asalto. Su hijo de cuatro años fue testigo de todo.

La urgencia de la sala de emergencia solía sacar lo mejor de mí: el caos, las oportunidades de llegar a la gente en momentos difíciles. Sin embargo, mientras colocaba la línea venosa central de mi paciente, luché para concentrarme. Pensé en su hijo de cuatro años con su pijama infantil y en las imágenes de brutalidad que jamás podría olvidar.

Mientras luchaba con estos pensamientos, los paramédicos se precipitaban con un niño de 15 años que estaba muriendo por una herida de bala. Estaban realizando compresiones para forzar la sangre rica en oxígeno a su cerebro. En una ráfaga de adrenalina, agarré un bisturí y exploré quirúrgicamente su pecho. Capture su corazón inmóvil y revisé sus bordes con dedos temblorosos. Cuando mi mano se hundió en un ancho agujero, sostuve mi respiración. La bala le había abierto la aorta. No pudimos salvarlo.

Mientras luchaba contra las lágrimas, mi bíper de traumas volvió a sonar. Otro niño de 15 años. Otra herida de bala. Esta vez, la bala había golpeado la cabeza del muchacho.

Traté de controlarme. Lo menos que podía hacer, pensé, era reparar su herida, limpiarlo y darle a su familia un último vistazo del chico que amaban.

En medio de mi trabajo, la puerta se abrió. Levanté mis ojos a tiempo para ver a su madre entrar en la habitación. Ella se congeló, dio un grito agarrador, y se desplomó. Tiré los guantes ensangrentados de mis manos, salí corriendo de la habitación y escondí mi cara mientras lloraba.

Separada de Dios

A la mañana siguiente, mientras terminaba mi turno, vagaba como si estuviera perdida. Me desesperaba al ver lo poco que importaba la vida a la gente. Cada uno de mis pacientes había sufrido a las manos de alguien que lo miró y no vio ningún valor en él. ¿Cómo podía Dios permitir tal maldad?

Yo había crecido como una cristiana nominal. Mi familia observó ciertas tradiciones cristianas, pero nunca leíamos la Biblia o hablábamos juntos del evangelio. Entendí que el cristianismo era sinónimo de buena conducta.

Después del trabajo, manejé durante horas. A cien millas de mi casa, me estacioné en un puente que atravesaba el río Connecticut. Las montañas flanqueaban el puente, y el sol de octubre retrataba un horizonte con tonos dorados como en llamas. Debajo de mí, el río brillaba como metal pulido.

Agarré la barandilla, incliné mi rostro contra el viento, respiré y sentí . . . nada. Separé mis labios para orar, pero no llegó ninguna palabra.

Me sentí separada de Dios. Pensé que el Señor—si existía—me había abandonado.

Después, caí en el agnosticismo. La duda condujo a la desesperanza y la desesperanza a la desesperación. Soñé sobre un sueño eterno, de entumecimiento, de aniquilación. Los pensamientos de quitarme la vida me molestaron a diario. Luché contra el impulso de regresar al puente sobre el río Connecticut y lanzarme sobre la barandilla. Sólo el amor por mi marido, Scottie, me trajo a casa cada noche.

Meses después, Scottie perdió su trabajo. Mientras yo seguía luchando con entender el problema del mal, él buscó a la iglesia, entendió la Palabra por primera vez, y aceptó a Cristo como su Salvador. Scottie me invitó a unirme a él en la adoración, pero yo seguía desilusionada. Cuando finalmente asistí a la iglesia (para apaciguarlo), el santuario, el canto y la ceremonia me parecían incómodos y extraños. Él inclinaba la cabeza en oración, mientras tanto mi mente estaba en lo que pasaba fuera de las paredes de la iglesia, mi mirada desafiante.

'Esto quiebra el corazón'

Algún tiempo después, hice la transición al trabajo en la sala de cuidados intensivos. Entre mis pacientes estaba Ron (pseudónimo), un hombre de mediana edad que sufrió un paro cardiaco después de un reemplazo de cadera. Tenía una lesión cerebral grave por falta de oxígeno durante el paro cardiaco y dependía de un respirador mecánico para respirar. En un estado vegetativo, Ron abrió los ojos, pero no mostró estar consciente de lo que lo rodeaba. Los neurólogos predijeron que nunca se recuperaría.

La esposa e hijas de Ron acampaban al lado de la cama todos los días y oraban por un milagro. No podían aceptar que el hombre que acariciaban— bullicioso, amante del fútbol, ​​de cocinar piza casera, de la risa a pulmón abierto—nunca los volvería a reconocer.

Una mañana, repentinamente, se escucharon por toda la sala de cuidados intensivos melodías de los años ochenta. Encontré a la esposa de Ron junto a su cama, mientras cantaba, con su mano descansando bajo su barbilla. Ella sonrió cuando me acerqué.

"Estuve ore y ore anoche, y cuando desperté, sabía que todo estaría bien", declaró. "Dios me dijo que todo va a estar bien".

Yo admiré su convicción y su esperanza, sobre todo porque yo no tenía ninguna de las dos cosas. Sin embargo, los datos clínicos de su marido prometían que todo no iba a estar bien.

Durante la semana siguiente, todos los días, ella se aferraba a él y cantaba canciones que a los dos les gustaban. Ella oraba en voz alta. Pronunciaba bendiciones a gritos a todos en la unidad. Mis colegas y yo luchábamos por ocultar nuestra preocupación. Sacudíamos la cabeza y nos lanzábamos miradas que decían: "Esto quiebra el corazón".

Una tarde, ella y sus hijas me llamaron a gritos. Arrastrando los pies, me acerqué a la habitación, temiendo la conversación.

"Movió su dedo del pie cuando se lo pedimos", dijo la esposa de Ron.

Me incliné a centímetros de la oreja de Ron, y pronuncié su nombre. Le pedí que se moviera. ¡Nada! "Lo siento mucho. Probablemente fue sólo un reflejo ", les dije.

" No ", insistió su esposa. "Mira". Ella puso una mano en su hombro, y gritó en su oreja para que él moviera su dedo gordo derecho. Él lo hizo.

El día siguiente, volvió la cabeza hacia ellos. Luego, parpadeó para ordenar. En dos semanas, estaba despierto. En tres, se sentó en una silla.

En el mejor de los casos, nuestros neurólogos habían anticipado que él podría de vez en cuando seguir con la vista objetos móviles. Nadie esperaba que su condición se resolviera tan dramáticamente. La ciencia médica no podía explicar su recuperación.

Llevó nuestra aflicción

Yo sospechaba que había sido testigo de un milagro. Sin embargo, todavía luchaba con Dios. ¿Cómo podría otorgar tales bendiciones, pero permitir el sufrimiento? Scottie me animó a leer la Biblia. Comencé con los Evangelios, luego continué con Romanos. Las palabras me parecieron familiares, pero con mi corazón recién abierto, la lectura reveló el amor de Cristo en pinceladas que nunca había imaginado. La agonía que sufrió por nuestro bien me dejó sin aliento. Él también había sufrido la angustia y había enfrentado la cara del mal. Y él llevó tal aflicción—nuestra aflicción—por nosotros. Romanos 5: 1-8 reveló la tremenda magnitud del amor de Dios por nosotros. Él conoce el sufrimiento.

El Señor tomó mi desesperación y diseñó un lienzo para su obra perfecta. Así como Cristo resucitó a Lázaro para que otros creyeran, así redime el sufrimiento—las heridas de bala, el duelo, los trabajos perdidos, el desaliento junto a las barandillas del puente— para su gloria. En su misericordia, desciende para animarnos y para completar milagros que no podemos simular comprender. Él derrama bendiciones sobre nosotros todos los días, en los días con tonos dorados del otoño, y también en las noches difíciles con tonos oscuros—y cada suspiro entre esos dos extremos.

Kathryn L. Butler es doctora de cirugía y trauma en cuidados intensivos que recientemente dejó su práctica clínica para educar a sus hijos en casa. Ella enseña en la Escuela de Medicina de Harvard.

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