La luz de la luna era lo único que iluminaba. Solo se escuchaban jadeos y resoplidos. José iba por delante. El camino era estrecho. No quería que su esposa se tropezara. Ella cargaba al bebé. Él se había ofrecido a llevarlo, pero ella se negó.

—Está dormido, —explicó ella.

—Que descanse, —asintió él.

Así que se apresuraron. José a la cabeza. Todas sus pertenencias metidas en la mochila que él le había comprado a un vendedor ambulante en San Salvador. Ya habían pasado varias semanas. ¿Cuántos trenes desde entonces? ¿Cuántos kilómetros? ¿Cuántas noches frías?

Miró por encima de su hombro. Sus ojos se encontraron con los de ella. ¿Acaso estaba sonriendo?

—Esta mujer es … algo especial, —se dijo. Volvió a poner atención al camino, sus pantalones de mezclilla se raspaban con los mezquites a la orilla del camino.

Habían dejado atrás al pueblo. En el pueblo había un granero. Ahí dentro yacían, todavía en su lugar, la paja recolectada y el comedero abandonado que había servido como cuna para su bebé.

El niño gimió. José se detuvo.

—Está bien, —le aseguró María antes de que José tuviera tiempo de preguntar.

Continuaron.

El sendero desembocaba en un río cuya agua había ido a parar al estanque de algún rancho. El ancho y seco cauce del río les permitió caminar juntos, lado a lado. No había espinas, por lo que se podían mover más rápido. ...

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