La luz de la luna era lo único que iluminaba. Solo se escuchaban jadeos y resoplidos. José iba por delante. El camino era estrecho. No quería que su esposa se tropezara. Ella cargaba al bebé. Él se había ofrecido a llevarlo, pero ella se negó.

—Está dormido, —explicó ella.

—Que descanse, —asintió él.

Así que se apresuraron. José a la cabeza. Todas sus pertenencias metidas en la mochila que él le había comprado a un vendedor ambulante en San Salvador. Ya habían pasado varias semanas. ¿Cuántos trenes desde entonces? ¿Cuántos kilómetros? ¿Cuántas noches frías?

Miró por encima de su hombro. Sus ojos se encontraron con los de ella. ¿Acaso estaba sonriendo?

—Esta mujer es … algo especial, —se dijo. Volvió a poner atención al camino, sus pantalones de mezclilla se raspaban con los mezquites a la orilla del camino.

Habían dejado atrás al pueblo. En el pueblo había un granero. Ahí dentro yacían, todavía en su lugar, la paja recolectada y el comedero abandonado que había servido como cuna para su bebé.

El niño gimió. José se detuvo.

—Está bien, —le aseguró María antes de que José tuviera tiempo de preguntar.

Continuaron.

El sendero desembocaba en un río cuya agua había ido a parar al estanque de algún rancho. El ancho y seco cauce del río les permitió caminar juntos, lado a lado. No había espinas, por lo que se podían mover más rápido. Él levantó la mochila. Ella aseguró al niño. Les habían dicho que un camino de asfalto estaba cerca.

Después de una docena de pasos, escucharon disparos.

A José ya le habían advertido del peligro. Justo esa mañana, cuando algunos hombres calentaban sus manos sobre el fuego en el barril de cinco galones, los escuchó hablar del cártel.

—Toma al bebé y vete, —le instaron con urgencia. —Estos hombres son violentos.

José se apresuró a regresar al granero para contarle a María, pero ella estaba profundamente dormida. Decidió dejarla descansar. Cuando ella se despertó al mediodía, su rostro estaba pálido. Amamantó al niño y volvió a quedarse dormida. Mientras, José vigilaba la puerta.

Un viejo granjero sabía que estaban usando su granero como refugio. Les trajo café, frijoles y una cobija para el niño.

—¿Sabes algo acerca de las pandillas? —le preguntó a José.

María escuchó y se levantó del catre.

—Deberían irse, —les dijo el granjero.

Pero José quería esperar.

—Solo un día más, o dos. Hasta que estés más fuerte, —le dijo a María, aunque sabía que ella tenía suficiente fuerza para los dos. Nada la inquietaba. Este repentino viaje. El nacimiento en el establo. Ella era la fuerte.

Ella asintió con la cabeza y se estiró sentada sobre el catre. El sol se estaba ocultando y el frío empezaba a colarse entre las paredes. Él prendió una fogata en el suelo, se sentó junto a ella y apretó las rodillas contra el pecho. Se aventuró a tocar la mejilla de ella. Ella no se movió. Su largo cabello era como seda sobre su rostro. Tan joven. Tan confiada.

Él se estiró y cerró los ojos. El sueño tardó en llegar, pero finalmente lo envolvió. Un mensajero vino a él. Era alto y estaba lleno de luz. Era el mismo mensajero que había hablado con él nueve meses atrás, cuando la primavera estaba en el aire y había una boda en sus planes. Pero luego vino el misterioso embarazo de María. Si no hubiera sido por este visitante a medianoche, José la habría dejado.

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Esta noche, el mensajero vino de nuevo.

—El niño corre peligro. Se va a derramar sangre. Es hora de irse.

José se despertó sobresaltado. Sabía que no tenía opción.

Sacudió a María para despertarla:

—Toma tus cosas.

Sin decir palabra, ella se puso de pie. Agarró sus pocas pertenencias y las metió en la mochila. José levantó la tapa de una vieja caja de herramientas y sacó los regalos. Unos extraños los habían traído. Habían viajado desde muy lejos para ver a su hijo. Ahora, José viajaría tan lejos como fuera necesario para protegerlo. La amabilidad de esos extraños financiaría el viaje.

Empacó los regalos y miró al otro lado del granero. María se inclinaba sobre su hijo.

—Shhh, —le dijo, y lo cargó.

Momentos después los tres salieron por la puerta y corrieron por la calle estrecha. En pocos minutos llegaron al lecho del río, donde escucharon el estallido de los disparos. Una mujer gritó. Un bebé lloró. María tiró de la manga de José.

—¡Tenemos que irnos! —dijo ella.

Sí, ella tenía razón. El tiempo apremiaba. La seguridad se encontraba a varios kilómetros de distancia, si es que la alcanzaban. Se apresuraron. El cauce del río se convirtió en un camino de un solo carril. Vieron unos faros que se acercaban. José saludó con la mano. Una pick up se detuvo. José señaló la parte trasera. El conductor asintió. La joven familia se subió apretándose uno contra el otro.

El bebé lloró. María le dio leche. José miró al cielo mexicano. Las estrellas centelleaban como diamantes. Por un momento, no corría, estaba descansando. ¿Tendrían algún día una hacienda? ¿Una casa propia, al menos?

María dormitaba. Su cabeza cubierta con la capucha yacía inmóvil sobre su hombro. El camión cayó en un bache y ella despertó. Avanzaron sin decir palabra durante una hora. El cielo negro se tornó gris y luego dorado. A la primera luz del día, el camión se detuvo al costado de la carretera.

—Es lo más lejos que puedo llevarlos. Pasando la próxima colina está lo que buscan.

José le agradeció al hombre y le dio una moneda. Luego ayudó a su familia a descender. El rostro de María estaba entizado por el polvo de la carretera. Su hijo tenía los ojos abiertos, mirando al cielo y luego a su madre. Los tres partieron hacia el último tramo de su escape. Un paso cansado tras otro, los llevó a la cima de la colina. Cuando llegaron a la cresta, se detuvieron asombrados. El río debajo estaba bordeado de tiendas de campaña, fogatas y personas.

José tomó al recién nacido.

—Yo lo llevo el resto del camino.

María miró a los refugiados.

—¿Estaremos a salvo, José?

La miró por unos momentos antes de responder. El sol naciente le daba un tono naranja a su rostro.

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—Si Dios quiere, mi amor.

—Sí, —asintió ella—, si Dios quiere.

La familia se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la frontera.

***

“Cuando ya se habían ido, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo’” (Mateo 2:13).

Según la agencia para refugiados de la ONU, 70.8 millones de personas son desplazadas por la fuerza en todo el mundo, incluidos 25.9 millones de refugiados. En esta temporada, cuando los cristianos celebramos a la familia de refugiados más famosa, elevemos nuestras oraciones y ofrezcamos ayuda.

Max Lucado es pastor en San Antonio, Texas y uno de los autores con más éxito de ventas. Este cuento también está disponible en su blog.

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