Mientras la pandemia COVID-19 trajo sufrimiento y muerte a tantos alrededor del mundo en las últimas semanas, los cristianos anticipaban ansiosamente el Domingo de Pascua con su promesa de una nueva vida.

Ahora que la celebración ya ha pasado, los cristianos podrían verse tentados a cambiar de tema. Con la amplitud del sufrimiento en todo el mundo, y las proyecciones advirtiendo que lo peor no ha terminado, sería fácil dejar de lado cualquier alegría y esperanza de Pascua. Pero la resurrección de Jesús no está reservada para un solo domingo. Puede que la Pascua haya pasado, pero la esperanza de la resurrección es nueva cada mañana porque Jesús ha resucitado físicamente de entre los muertos.

Jesús murió por nuestros pecados, se levantó físicamente de entre los muertos, y se apareció a muchos testigos como se relata en los Evangelios y a través de las Epístolas. En el Nuevo Testamento, la palabra esperanza significa una expectativa confiada de que Dios ha cumplido y cumplirá sus promesas de redención para su pueblo y para el mundo en Su Hijo, Jesucristo.

Los cristianos especialmente necesitan recordar esta palabra en tiempos de sufrimiento. Como el mismo Pablo lo atestigua, porque hemos sido justificados por la fe en Jesucristo, tenemos paz con Dios y esperanza en Dios cuando sufrimos (Rom. 5:1–5 NVI). Esta esperanza "no nos defrauda" (v. 5).

Entiendo que puede ser difícil mantener la Resurrección en primer plano cuando la muerte nos amenaza a nosotros mismos, a nuestras comunidades y a quienes amamos.

En 2018, mi amada tía, quien me crió como si fuera su propio hijo, murió una muerte horrible. Fue la culminación de una larga y dolorosa batalla con múltiples enfermedades, y la esperanza parecía desesperanza.

Al cuidarla en esas últimas semanas, a menudo sentí que la esperanza de la resurrección de Jesús era una verdad bíblica y teológica que yo afirmaba intelectualmente, pero que no me estaba sosteniendo en esas circunstancias. Parecía imposible hacer otra cosa que caer en la desesperanza en esas habitaciones de hospital cuando mi tía elevaba a Dios su clamor por ayuda mientras sufría, o en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) cuando estaba en coma, o en el hospicio, cuando la vi pasar lentamente de esta vida a la siguiente un par de semanas antes de Navidad.

Esta pandemia nos recuerda a todos que la vida es incierta, frágil y demasiado corta. Junto con el resto de la creación, los cristianos debemos gritar con gemidos agonizantes, con quebrantamiento, con decepciones y temores, mientras anhelamos que cesen las infecciones, las enfermedades, el sufrimiento y la muerte. Sabemos que no es así como las cosas deberían ser (Rom. 8:18).

Lamentamos la situación actual del mundo. Sin embargo, no renunciamos a la alegría del Domingo de Resurrección, con sus himnos triunfantes proclamando un Salvador resucitado. Nuestras lágrimas brotan de corazones con lamento esperanzado. Esperamos ansiosamente a que Dios, en Cristo, efectúe la redención de la creación de su esclavitud al pecado, la enfermedad, la muerte y el sufrimiento, mientras trabajamos y anhelamos el florecimiento de todos los portadores de la imagen [de Cristo] en este tiempo (Rom. 8:19–21, Gal. 6:10).

Todavía podemos tener esperanza en medio de una pandemia, e incluso celebrar mientras nos lamentamos, porque creemos en un Dios que probó que la enfermedad y la muerte no tienen la última palabra (1 Cor. 15).

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Incluso ahora mismo, Dios está actuando en nuestro favor porque Jesús ha resucitado de entre los muertos. El Espíritu acompaña los gemidos de lamento de la creación con oraciones de gemidos que no pueden expresarse con palabras mientras nos ayuda y ora por nosotros cuando no sabemos qué pedir porque nuestro sufrimiento actual es insoportable (Rom. 8:26–27). Las oraciones del Espíritu garantizan que Dios hará que nuestro sufrimiento sea para nuestro bien debido a su obra redentora en Jesucristo (Rom. 8:28–30).

Hace poco más de un año, cuando mi tía estaba en la UCI—esas alas de hospital ahora llenas de frágiles pacientes luchando contra el Coronavirus—el Señor le mostró a nuestra familia la esperanza de la resurrección de Jesús. Antes de que mi tía muriera, después de 22 años de orar por ella y de compartir el evangelio con ella, tuve el privilegio de guiarla a la fe en Jesucristo.

Y Dios ha continuado su obra. Un año más tarde, tuve el privilegio de guiar a mi madre (su hermana) a la fe en Jesucristo, y luego a mi hijo de 11 años. No conozco el propósito del sufrimiento y la muerte de mi tía a la edad de 59 años, y todavía lamento su muerte. Pero debido a la muerte y resurrección de Jesús, mi familia tiene esperanza.

El sufrimiento que inevitablemente acompaña a esta pandemia—la muerte, la enfermedad, el miedo, la pérdida, el aislamiento y las dificultades financieras—será difícil de soportar. Parecerá abrumador e inexplicable. Y sin embargo, es incomparable a la gloria que Dios revelará en nosotros cuando libere toda la creación de su esclavitud al pecado (Rom. 8:18).

Incluso durante este tiempo inexplicable de sufrimiento como nunca antes habíamos visto, cuando la muerte parece abarcar el mundo entero y acechar incluso junto a nosotros, los cristianos debemos recordar que somos más que vencedores a través de Cristo, quien nos amó (Rom. 8:31–39). Estamos unidos al amor de Dios en Jesucristo por la fe, porque murió por nuestros pecados, se levantó de entre los muertos y está sentado a la diestra de Dios reinando en la victoria triunfal sobre el poder del pecado y la muerte (Col. 1–2).

Y así como reina, Jesús también ora por nosotros en anticipación de aquel gran día en que sus redimidos reinarán con él en la tierra en un mundo glorificado (Ap. 19:1–22:21).

Mientras tanto, vivimos con la esperanza de la Resurrección, y practicamos una ética del amor que nos obliga a amar bien y sabiamente a nuestros vecinos y a buscar el bien común de todas las personas, aun cuando eso signifique que debemos practicar el distanciamiento social y permanecer en casa. Soñamos con nuevas maneras de compartir el mensaje de la salvación de Dios—y mostrar el amor de Cristo—con nuestra familia y vecinos, para quienes el Domingo de Pascua fue solo otro día en el calendario. A medida que crece el sufrimiento que nos rodea, oramos para que el Evangelio y el reino de Dios continúen avanzando.

El Domingo de Pascua ya vino y se fue, y lo que está por venir es desconocido incluso para los mejores pronosticadores, estadísticos y científicos. Pero la verdad de la Resurrección no ha cambiado, y nuestra esperanza en Jesús todavía es segura porque !Él ha resucitado de entre los muertos!

Jarvis J. Williams es profesor asociado de interpretación del Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Bautista del Sur (The Southern Baptist Theological Seminary) en Louisville, Kentucky. Es autor de numerosos libros, incluyendo un comentario reciente del libro de Gálatas.

Traducido por Livia Giselle Seidel

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