Mi historia comienza en la región del Golfo Pérsico, donde mi tribu me crió como musulmán devoto. Cuando era niño, mi padre me despertaba a las 5 de la mañana para que pudiéramos asistir a la oración de la mañana en la mezquita. Todos los días, me sentaba con mis tíos para leer y estudiar el Corán. A los 10 años ya había memorizado la mayor parte del libro, puesto que los miembros de mi familia me premiaban con 100 dólares por cada capítulo que podía recitar.

Durante mi infancia y adolescencia realizaba mis oraciones obligatorias en la mezquita, e incluso me despertaba cada noche para orar durante una hora más. Estaba orgulloso de ser tan celoso de mi fe. Quería obtener las bendiciones y el favor de Dios, así como el aprecio de mi familia.

El primer punto de inflexión importante en mi vida ocurrió cuando mi familia se mudó a un país de habla inglesa. Odiaba ese lugar. Pasamos de ser ricos a tener que dividir un apartamento de dos habitaciones entre seis miembros de la familia. Casi nadie compartía nuestra fe o cultura. Recuerdo haber tenido una conversación con mi abuela, quien me advirtió: “Ten cuidado con los infieles, y no te hagas amigo ni te asocies con ellos; son una enfermedad para la sociedad”.

En la escuela, formé un grupo islámico que trabajó agresivamente para hacer que todos a nuestro alrededor se ajustaran a nuestra religión. Exigimos que la escuela sirviera comida halal exclusivamente. Durante el Ramadán, forzábamos a otros alumnos a orar con nosotros. En una ocasión, cuando otro estudiante criticó nuestro comportamiento, un amigo musulmán lo golpeó con la cabeza, rompiéndole la nariz. Todos estábamos asombrados de que uno de nosotros hubiera tenido el valor de castigar a este infiel por su falta de respeto.

Mientras tanto, yo oraba por la muerte y destrucción de judíos y cristianos, los “ateos” que eran impuros, iguales a los cerdos y los perros, y que no debían ser tocados. Hasta este momento nunca había conocido a un cristiano, pero supuse que odiaban a los musulmanes porque estaban celosos de la grandeza del Islam. Cuando un hombre cristiano dijo que quería visitar nuestro apartamento, nos opusimos fuertemente. Temíamos que su sola presencia contaminaría tanto nuestro hogar como nuestras almas.

El consuelo del Padre

Mi primera conversación con un cristiano fue con ese mismo hombre. Vino a nuestra casa trayendo regalos: ropa para nuestra familia y un auto para mi padre. Me habló con amor y bondad. Incluso pidió orar por nosotros. Inclinando la cabeza, dijo: “Padre en los cielos, oro por tus bendiciones sobre esta familia. Muéstrales tu amor, misericordia y gracia.” Me sorprendió mucho verlo orar de esta manera mientras que yo oraba por su castigo.

Con el tiempo, formé amistades con cristianos, pero los cuestionaba sin descanso sobre su fe, con la esperanza de exponer su cristianismo como irracional. Pero a pesar de mis esfuerzos, no lograba disuadirlos de confiar en Cristo. Parte de mí admiraba su reverencia por Dios, pero seguía viendo el cristianismo como una religión de confusión y fábulas.

Mis amigos cristianos sabían que me estaba resultando difícil adaptarme a mi nueva vida, que extrañaba a mi familia y a mi antigua comunidad. Me invitaron a un servicio de su iglesia para orar y apoyarme. Al principio me negué, pero finalmente acepté ir. Al entrar en la iglesia experimenté una extraña sensación: Cuando la gente comenzó a alabar a Dios, sentí una oleada abrumadora de emoción y caí de rodillas. Me sentía indefenso y débil, pero también sentía como si alguien me estuviera asegurando que todo saldría bien. No entendía lo que estaba pasando, pero mis amigos estaban seguros de que esta sensación de consuelo había venido de Dios.

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Después del servicio, recibí una Biblia y un formulario de contacto. Tenía miedo de proporcionar cualquier detalle, porque sabía que mi familia podría desconocerme si alguno de ellos descrubiese que había visitado una iglesia. Decidí tomar la Biblia y llenar el formulario con información falsa. Días después, comencé a leer el Nuevo Testamento y me enamoré del carácter de Jesús. Como musulmán, sabía de Jesús, pero no estaba familiarizado con los milagros que había realizado, ni con las afirmaciones que había hecho sobre su condición de ser el Hijo de Dios.

En cuestión de meses, había leído la Biblia en su totalidad. Después la leí unas cuantas veces más. Cuanto más leía, más veía a Dios como mi verdadero y amoroso Padre. La Palabra de Dios hablaba a todas las situaciones difíciles de mi vida, a mis muchos temores y ansiedades. Sabía que cada vez que abriera la Biblia, sentiría el consuelo de Dios.

Un día subí a mi habitación, cerré la puerta, caí sobre mi rostro y oré a Dios. Le dije que pondría mi confianza en Cristo como Señor y Salvador. Quería compartir esta decisión con mi familia, pero me aterrorizaban las repercusiones. Recuerdo haber llamado a mi tía favorita —quien era como una madre para mí. Le pregunté: “Si yo creyera en Cristo, ¿qué pensarías?” Ella respondió: “Se te darían tres oportunidades de regresar al Islam o ser ejecutado”. Después de esa conversación, decidí mantener mi fe oculta.

Empecé a despertarme todos los domingos por la mañana para asistir a la Iglesia, pero mi familia notó estas extrañas ausencias. También se dieron cuenta de que no había estado rezando o leyendo mi Corán. Cuando mi madre y mis hermanos encontraron mi Biblia, tenían pruebas de que me había convertido en cristiano. Una noche, alrededor de las 2 a.m., recibí una llamada de mi abuelo, el jefe de nuestra tribu. Mientras hablábamos de mi fe, se enojó cada vez más, y gritó: “¡Ya no eres parte de la familia! ¡Cambia tu nombre, estás muerto para nosotros!”

Le envié una imagen de la Cruz y un pasaje del Sermón del Monte: El mandato de Jesús: “Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen” (Mateo 5:44). Pero esto no pareció tener poder contra su ira. Mi tío me llamó con una advertencia: “Reúne a tu familia, empaquen sus maletas y múdense de la casa”, dijo, “porque tu abuelo va a contactar grupos terroristas, y si te encuentran, matarán a cada persona en la casa”.

Soltar el orgullo

Mi familia me desconoció, y yo decidí desconocerlos también. Mi orgullo por mi nueva fe me hizo aislarme. Por lo que a mí concernía, ellos representaban el Islam y el pecado, mientras que yo representaba a Cristo y a la justicia.

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Mirando hacia atrás, puedo ver que el espíritu jactancioso que había desarrollado como musulmán se había trasladado a mi nuevo cristianismo. Incluso cuando intentaba defender las doctrinas bíblicas y explicar la naturaleza de la Trinidad, lo hacía principalmente para demostrar mi superioridad espiritual. Necesitaba soltar mi orgullo para poder amar a mi familia musulmana y a mi comunidad. Me hacía falta entender que no estaba abandonando a Cristo al participar en sus eventos y celebraciones.

En 1 Corintios, Pablo escribe: “Entre los judíos me volví judío, a fin de ganarlos a ellos… Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles” (9:20, 22). De su ejemplo aprendí que puedo conservar mis tradiciones y honrar a mis ancianos, y seguir siendo un seguidor de Cristo, adaptándome a la cultura árabe para alcanzar para Cristo a los que están dentro de ella. Adoptar esta mentalidad ha mejorado mi relación con mi familia, algunos de los cuales ahora han escuchado el Evangelio con corazones cálidos.

Hoy trabajo para un ministerio que comparte el amor de Dios con los musulmanes, presentando a Cristo de una manera que conecta con su origen cultural y les habla de temas que son de gran importancia para ellos: vergüenza y honor. Al igual que Pablo, “Todo esto lo hago por causa del evangelio, para participar de sus frutos” (1 Cor. 9:23).

Zaine Abd Al-Qays (un seudónimo utilizado por razones de seguridad) es el fundador de Al Haqq Ministries.

Traducido por Livia Giselle Seidel

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