La Navidad de este año promete ser más que memorable debido a la pandemia por coronavirus. Los adoradores celebrarán la encarnación de Jesús confinados en sus casas, mientras que sus viajes y reuniones familiares se verán restringidos. En Nochebuena, la Plaza del Pesebre en Belén probablemente resonará con una tranquilidad similar a la de innumerables iglesias donde la "noche de paz" tendrá más que ver con la angustia global que con la paz celestial. Los villancicos y sermones serán en línea, al igual que todas las compras de Navidad.

Las esperanzas y temores del 2020 encuentran su respuesta en Jesús en esta Navidad. Dios, hecho carne, nos fue nacido con todos los límites que la Encarnación impone. ¿Podría Jesús haber contraído un virus? Como era completamente humano, podemos presumirlo. Pero, como era completamente Dios, asumimos también que cualquier virus solo habría tenido poder sobre Él si le hubiera sido concedido desde arriba (Juan 19:11). Presumimos también que Jesús podría haber repelido cualquier virus de la misma forma en la que resistió a Satanás; sin embargo, Jesús evitó el uso del poder divino para beneficio personal (Mateo 26:53; Marcos 15:30; Lucas 4:23).

Entre nosotros, meros humanos, la COVID-19 continúa su propagación como fuego en un bosque seco, sin discriminación. Arde junto a acalorados disturbios civiles, agitados discursos públicos, y una situación política profundamente dividida alrededor del mundo. Las pandemias no muestran parcialidad; sin embargo, la discriminación ocurre entre las cenizas. Los pobres en todo el mundo, los que no tienen acceso a buenos servicios de salud, los ancianos y los que ya están enfermos, las minorías y los marginados, los trabajadores esenciales, y los que necesitan trabajos más arriesgados para llegar a fin de mes se hunden bajo las cenizas. Es posible que esta no sea nuestra última Navidad con coronavirus. Una vacuna resulta prometedora, pero no erradicará inmediatamente la amenaza de este virus, especialmente si la disponibilidad o el cumplimiento con la misma no es universal, o si el virus muta en una cepa más mortífera.

Cualquier belleza que surja de las cenizas al final de todo esto, será por obra del Espíritu Santo (Isaías 61:3). Las disparidades exacerbadas por la pandemia entre privilegiados y pobres son aquellas que Jesús nació para confrontar (Isaías 61:1). Tal como María cantó acerca de Dios en la concepción de su Hijo: "... desbarató las intrigas de los soberbios. De sus tronos derrocó a los poderosos, mientras que ha exaltado a los humildes. A los hambrientos los colmó de bienes, y a los ricos los despidió con las manos vacías" (Lucas 1:51–53, NVI).

Aun así, en el espíritu de humildad de la encarnación, Jesús insistió en que cada uno de nosotros debía tomar su propia cruz para seguirlo. La pérdida es el camino seguro a la vida real. Pero el orgullo humano, un vicio viral, empuja enérgicamente contra estas cruces declarando autonomía y control. El orgullo se niega a aceptar la mera humanidad con sus limitaciones y quebrantamiento, afanándose por construir una fachada falsa de soberanía divina, independiente, desprendida y plenamente en control. Trabajamos por la autosuficiencia material y emocional como si quisiéramos eliminar todo rastro de vulnerabilidad. Nos esforzamos por ser como un Dios que en realidad no existe.

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El verdadero Dios que nació para nosotros en Navidad, el Dios que adoramos, tomó un cuerpo humano real, uno sujeto al envejecimiento y al error genético, a la flacidez de la piel y a la vista cansada, a las arterias obstruidas, a la pérdida de memoria y a la muerte. La encarnación ocurrió en medio de la pobreza, el escándalo, la opresión y la incertidumbre. Jesús lloró cuando era un bebé y pasó por la adolescencia. Vivió una vida justa y murió una muerte injusta por nosotros, llevando una corona de espinas (la cual, algunos predicadores han mencionado recientemente por su semejanza al coronavirus).

El nacimiento humano de Jesús en Navidad, en toda su indignidad, precedió la resurrección de su cuerpo; pero aun después de haber resucitado, Jesús conserva sus cicatrices (Juan 20:27). Los cristianos creemos que Él es completamente Dios y completamente humano, y en ningún otro aspecto la humanidad queda de manifiesto como en la muerte. La decadencia y el deterioro siempre están trabajando en nosotros, dando testimonio constante de nuestra necesidad.

Al pasar esta Navidad en confinamiento, tengamos una conciencia renovada acerca de los límites que la Encarnación conlleva, mismos que celebramos en Jesús, quien no consideró su igualdad con Dios como algo a qué aferrarse (Filipenses 2:6). Que esta conciencia alimente nuestra preocupación y nos lleve a orar por nuestros hermanos cristianos, así como por todas las personas en el mundo que se encuentran amenazadas y frustradas por esta pandemia. Cada época navideña denuncia su propia comercialización y busca reafirmarse en su verdadero significado. Si perder nuestras vidas y nuestros cómodos estilos de vida nos abre a la verdadera humanidad que compartimos con los más pequeños, los últimos y los perdidos en todo el mundo y, por tanto, nos reconecta significativamente los unos con los otros, entonces digo Feliz Navidad.

Daniel Harrell es el editor en jefe de Christianity Today.

Traducción por Jenilee Rebarber

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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