¿Recuerdas la víspera de Año Nuevo, cuando pensamos que 2020 sería nuestro año? Debates y memes similares iluminaron las redes sociales cuando el mundo se detuvo en los meses posteriores. Nuestro anhelo del pasado ahora impregna los rincones más mundanos de la vida, desde hacer una parada rutinaria en la cafetería o revisar las puntuaciones deportivas antes de ir a la cama, hasta ver los estantes apilados con papel higiénico en los supermercados. Extrañamos incluso las molestias diarias: los empujones para entrar al metro en hora pico, estar varado en el tráfico, y hasta el escándalo de la música de la fiesta de los vecinos.

Tampoco podemos evitar notar la devastación de nuestra nueva normalidad: individuos que viven solos, soportando largos periodos de tiempo sin contacto humano, o personas que pierden a sus seres queridos sin poder celebrar un funeral apropiado. Sin la calidez de la conexión directa, nos sentimos incapaces de compartir los momentos de alegría y de luto en la vida de las personas que nos rodean. Tal vez esa es la verdadera razón por la que nos sentimos nostálgicos: porque extrañamos regocijarnos con los que se regocijan y llorar con los que lloran, estando presentes en carne propia.

Desde los tonos cálidos de nuestros filtros de Instagram, la moda retro en nuestros escaparates, hasta los eslóganes políticos que capturan el imaginario colectivo, el anhelo nostálgico recorre la gama de experiencias humanas. En su forma común y corriente, la nostalgia puede proporcionar un tipo agradable de sensación de cierre: piense por ejemplo en las fotografías presentadas en una graduación o una boda. Pero esa misma nostalgia puede desenterrar sentimientos de pérdida que aún no hemos resuelto, y hacerlo de tal forma que nos sintamos tentados a recrear una versión arreglada y distorsionada del pasado. El anhelo de tiempos más sencillos emerge sin dificultad durante este presente tan disfuncional. Sin embargo, si no es atendida a tiempo, esa nostalgia puede desviarnos de forma alarmante.

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Después de ser milagrosamente liberada de la esclavitud en Egipto, la casa de Israel había hecho un juramento solemne ante Dios de que obedecería los Diez Mandamientos, los cuales prohibían la adoración de otros dioses y de imágenes grabadas. Varias semanas más tarde, el pueblo acorraló a Aarón, el sumo sacerdote, y le exigieron que fabricara nuevos dioses para que ellos los veneraran (Ex. 32:1). ¿Cómo sucumbieron tan rápido a la idolatría?

¿Habían dejado de creer en Yahweh? Esto parece improbable. Los israelitas habían sido testigos de señales maravillosas una tras otra: las diez plagas, la separación de las aguas en el Mar Rojo y pilares de nubes y de fuego guiando su camino. Ellos habían visto el poder de Dios. ¿Actuaron por miedo? Habían pasado 40 días desde que Moisés había subido al monte Sinaí. Nadie sabía cuándo volvería —o si volvería—. Tal vez la perspectiva de enfrentarse al desierto sin su líder los llevó al límite. Sin embargo, cuando Moisés reveló por primera vez los Diez Mandamientos, el pueblo sintió tal terror ante la presencia de Dios que temían por sus vidas (Ex. 20:20). Tenían razones para temer a Dios más que al desierto.

Hay una explicación más prosaica para esta traición desconcertante: el pueblo de Israel había sido consumido por la nostalgia. A medida que la euforia de cruzar el Mar Rojo se hundió y la realidad de la vida en el desierto se asentó, el pueblo comenzó a anhelar el pan y los ollas de carne que tenían en Egipto. Así que Dios les dio maná (Ex. 16:3). A medida que comían maná día tras día, su antojo se hizo más fuerte y más específico: pescado, pepinos, puerros, cebollas, ajo (Núm. 11:4-5). Así que Dios les dio codornices (Ex. 16:12-13; Núm. 11:31-32). Pero su anhelo culinario había despertado algo más profundo. Languidecían por los ritmos estables y predecibles de la vida que habían conocido durante cuatrocientos años. Este anhelo los consumió hasta el punto de perder de vista por qué necesitaron ser liberados en primer lugar.

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Entonces Moisés desapareció en el monte Sinaí. Su ausencia presentó la oportunidad de recrear [en su imaginación] esa vida anterior lo mejor que pudieron: la fiesta, la celebración, las costumbres religiosas. Aarón, el sumo sacerdote, recogió baratijas doradas que le dio la gente y que asociaban con Egipto, y las convirtió en un ídolo. Al día siguiente, la gente se perdió tan estridentemente en la juerga ante el becerro de oro, que el compañero de Moisés, Josué, confundió el ruido con el sonido de la guerra (Ex. 32:17).

La debacle del becerro de oro fue el producto de memorias distorsionadas intencionalmente. Es comprensible que la casa de Israel extrañara la familiaridad, la rutina y los otros aspectos buenos de la vida que habían construido en Egipto. Su viejo mundo se había ido, y su nuevo mundo era un desierto de incertidumbre. Pero la nostalgia los consumió a tal grado que olvidaron cuatrocientos años de servidumbre, y rompieron el primer y el segundo mandamiento para conjurar un pasado idealizado y distorsionado. Perdieron su orientación moral a tal grado que Dios consideró desaparecerlos antes de la intervención de Moisés (Ex. 32:11-14).

Y todo empezó con el anhelo de una buena comida.

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¿Cómo puede algo tan aparentemente inofensivo como la nostalgia resultar tan peligroso espiritualmente? C. S. Lewis observa en Cartas del diablo a su sobrino que la obra del Espíritu [Santo] se desarrolla en el presente. Responder al Espíritu requiere “obedecer la voz presente de la conciencia, llevar la cruz presente, recibir la gracia presente y dar gracias por el placer presente.” Una de las características definitorias del pecado, por lo tanto, es que rompe nuestra conexión con el presente. Lewis señala que la mayoría de los vicios, como el miedo, la ambición o la lujuria, nos tientan a obsesionarnos con el futuro. La nostalgia, en cambio, está orientada hacia el pasado. Puesto que nos empuja en la dirección opuesta de la mayoría de los otros vicios, tendemos a verlo como inocuo en comparación. Pero espiritualmente hablando, el hecho de que perdamos el contacto con el presente es más importante que cómo lo hacemos. Cuanto más tiempo un vicio nos impida enfrentarnos a los desafíos y apreciar las bendiciones de nuestro presente, más espiritualmente corrosivo se vuelve. Y precisamente porque se siente agradable e inofensiva, la nostalgia puede ser devastadoramente eficaz para sacarnos de sincronía con la obra del Espíritu durante largos períodos de tiempo.

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En pequeñas dosis, la nostalgia puede reponernos: ¿quién no se ha sentido renovado después de recordar a viejos amigos? Pero la nostalgia desenfrenada nos hace aferrarnos al becerro de oro que nos recuerda el pasado, en lugar de reconocer los pilares de nube y fuego que nos guían a través de nuestro presente incierto. Como el salmista nos recuerda acerca de los ídolos: “Tienen boca, pero no pueden hablar; ojos, pero no pueden ver; tienen oídos, pero no pueden oír; ¡ni siquiera hay aliento en su boca!" El pasaje cierra con una advertencia: “Semejantes a ellos son sus hacedores y todos los que confían en ellos” (Salmo 135:16-18). La esposa de Lot se transformó en un pilar de sal porque miró hacia atrás en Sodoma (Gén. 19:26). Se volvió tan inerte y tan suspendida en el tiempo como el pasado imaginario que anhelaba. Espiritualmente hablando, arriesgamos el mismo destino cuando idolatramos un pasado mal recordado.

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¿Cómo evitar que la nostalgia nos paralice espiritualmente? Debemos empezar por ser honestos con nosotros mismos. Lo que sea que nos dijimos que era “la vida normal” antes de 2020 ya no existe. Terminó cuando la epidemia se convirtió en pandemia; tal como Ahmaud Arbery, Breonna Taylor, y George Floyd exhalaron su último aliento. Ningún milagro económico u orden ejecutiva puede traerlos de vuelta, así como tampoco pueden devolvernos nuestro sentido de seguridad, ni nuestros ritmos y rutinas.

Enfrentar esta realidad puede ser doloroso. Debemos darnos espacio para procesar nuestra pérdida colectiva. El Espíritu puede transfigurar ese dolor en “tristeza divina” que lleve al arrepentimiento y a la salvación. Pero debemos estar abiertos a la obra del Espíritu, para no sucumbir al “dolor mundano” que trae la muerte (2 Cor. 7:10).

Como Lewis enfatiza, esta apertura al Espíritu es un proceso activo. ¿Cómo podemos poner en práctica “obedecer la voz presente de la conciencia, llevar la cruz actual, recibir la gracia presente y dar gracias por el placer presente”?

En nuestro entorno actual, las cruces son obvias. Los placeres pueden ser más difíciles de discernir, pero espiritualmente hablando, resulta vital reconocerlos y apreciarlos. He encontrado esos placeres al reconectar con viejas amistades a través de la pantalla de la computadora, o en los paseos diarios que mi esposa y yo tomamos para evitar la claustrofobia en nuestra pequeña ciudad de Nueva Jersey. Mientras deambulamos por las calles cercanas, nos detenemos y charlamos con los vecinos con mucha más frecuencia que antes. Ahora veo a los trabajadores del sector de servicios con nuevos ojos: a los empleados del supermercado, al cartero, a los conductores de camiones, a los recolectores de basura. Siento un nuevo aprecio por la forma en que hacen posible la vida moderna. Estoy aprendiendo a disfrutar de tareas cotidianas como cocinar y trabajar en el jardín. Estos nuevos placeres variarán de persona a persona, pero bien pueden ser el maná que nos sustente.

En tiempos como estos, las comunidades de fe pueden ofrecer algo mucho más edificante que la nostalgia: ofrecen esperanza. La esperanza, en su pleno sentido bíblico, surge de las dificultades: “el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza”. Esta esperanza perdura precisamente porque es obra del Espíritu: “Esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado” (Rom. 5:3-5). La esperanza echa raíces cuando el pueblo de Dios sigue la inspiración del Espíritu para enfrentar las pruebas presentes. La nostalgia, por el contrario, puede traer la tentación de deleitarnos en fantasmas de un pasado idílico en lugar de enfrentarnos a las dificultades del presente. Ceder ante las fantasías del pasado engaña al pueblo de Dios, robándole la oportunidad de cultivar la esperanza que vence la desesperanza.

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Nuestra vida cómoda y estructurada ha dado paso a una nueva temporada en el desierto. El desierto nos inquieta profundamente y nos obliga a enfrentarnos con la incertidumbre de nuestra vida. El maná que Dios proporciona en temporadas como estas no sabe a lo que estamos acostumbrados. Pero nos nutre de maneras que la rica comida de nuestra vida anterior no podría. A medida que nuestras crisis actuales continúen, nos veremos muy tentados a recrear un pasado idealizado y selectivamente recordado, en lugar de atender las necesidades e inquietudes del presente. Sin embargo, el pueblo de Dios debe disciplinarse para poner su enfoque en el aquí y el ahora, porque ahí es donde se desarrolla la obra del Espíritu, haciendo todas las cosas nuevas.

Jeremy Sabella es profesor de religión en Dartmouth College. Es autor de An American Conscience: The Reinhold Niebuhr Story (Eerdmans, 2017).

Traducido por Livia Giselle Seidel

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