Mientras escribo esto, mi corazón se siente abatido. Acabo de pasar el segundo domingo de Cuaresma en mi sala de estar con mi esposa, viendo la transmisión del culto de adoración de mi iglesia. La iglesia estaba vacía porque el viernes pasado, el Departamento de Salud Pública del Condado de King en el estado de Washington envió un aviso a las organizaciones religiosas, recomendando cancelar todas las reuniones con 50 o más personas. Casi todas las iglesias en el área de Seattle ya han suspendido sus cultos de adoración presenciales y la mayoría de las otras actividades de la iglesia. Como la iglesia evangélica a la que asisto tiene más de 1,500 miembros, en cuatro cultos cada domingo, transmitimos nuestros cultos de adoración en vivo. Al mismo tiempo que este artículo se prepara para su publicación, el gobernador Jay Inslee llevó las medidas a otro nivel al prohibir las reuniones de más de 250 personas en tres condados metropolitanos, y la OMS declaró que COVID-19 es una pandemia.

Pero mi corazón no está afligido porque no pude reunirme con otros para adorar (por más que aprecie la alabanza congregacional). Está afligido porque puedo ver hasta dónde nos llevará la epidemia de COVID-19, mientras que la mayoría de los que están en nuestra sociedad e iglesias no lo ven. Hace diecisiete años estaba trabajando para la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Beijing, cuando estalló la epidemia de coronavirus del SARS en China. Terminé liderando gran parte del apoyo de la OMS a China y trabajé 24/7 durante más ...

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