A veces, los momentos más ordinarios de la vida permanecen en nuestra memoria para siempre. Recuerdo que cuando yo (Jennifer) tenía siete años, solía hacer mandados con mi madre. Una vez fuimos al banco y, como era costumbre en los Estados Unidos en ese entonces, mi madre dio su nombre como “Señora”, seguido por el nombre y apellido de mi padre. La combinación del término “Señora” con el nombre de mi padre me pareció extraña y comencé a reír a carcajadas con verdadero asombro. “Mamá, ese el nombre de papá”, dije desconcertada, “¡tú tienes tu propio nombre!”. Todavía recuerdo la mirada de sorpresa tanto de ella como del cajero. Esta escena resultó ser una pequeña muestra del cambio de perspectiva generacional que estaba teniendo lugar en los Estados Unidos en el siglo XX.

Mucho antes de que la cultura estadounidense comenzara a lidiar con cuál sería la mejor manera de usar los nombres de pila de las mujeres, las Escrituras ya estaban bastante adelantadas en este tema. De hecho, las Escrituras desafían constantemente las prácticas culturales de su propia época, pues a lo largo de sus páginas existen registros de nombres de mujeres ordinarias. Este registro de nombres de mujeres ordinarias en la gran historia de la creación y redención de Dios es uno de los ejemplos más importantes y poco conocidos de la coherencia textual de la Biblia.

Naturalmente, algunos de los relatos sobre mujeres en las Escrituras son más accesibles que otros. Si no se cuenta con experiencia previa en el Nuevo Testamento, cualquier mención de “Febe” (Romanos 16:1–2) dentro de nuestro contexto cultural suele relacionarse más con la adorable y despistada música de cabello rubio del programa de televisión de la NBC, Friends, que con la mujer de la que se habla en Romanos. La fe que busca el verdadero entendimiento siempre estudiará el texto de forma profunda y detallada. ¿Quién era Febe, y cuál fue su relación con esta influyente carta?

El Evangelio más puro de todos

Es cierto que toda la Escritura es inspirada por Dios, pero no todos los libros de la Biblia han tenido el mismo nivel de aceptación e influencia en la historia de la Iglesia que el libro de Romanos. Es difícil calcular el impacto que ha tenido esta carta en la teología de la Iglesia y en la formación de sus líderes. La lectura de Romanos nunca ha sido apta para los débiles de corazón.

En la historia del cristianismo hay evidencia de que la epístola a los Romanos ha tenido un papel especial en la transformación de algunos de los líderes más influyentes de la Iglesia. Cuando Agustín escuchó las palabras “toma y lee”, en el famoso episodio que le cambió la vida, abrió la Biblia en Romanos 13:13. La Escolástica medieval se formó con base en el libro de Romanos por medio de Los cuatro libros de sentencias de Pedro Lombardo, el libro de texto teológico por excelencia durante la época medieval hasta la llegada de Tomás de Aquino.

El creciente interés en las cartas paulinas durante la Reforma tuvo como resultado la publicación de más de 70 comentarios tan solo sobre el libro de Romanos, gracias al beneficio de la imprenta. La experiencia transformativa de Martín Lutero se vio influenciada por su lectura de Romanos 1:17 sobre el tema de la virtud. Él señaló el significado de la carta en el siguiente prefacio:

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Esta carta es la verdadera parte principal del Nuevo Testamento y el evangelio más puro. Es digna de que todo cristiano, no sólo la sepa de memoria palabra por palabra, sino también de que se ocupe en ella como su pan cotidiano del alma. Pues nunca puede llegar a ser leída o ponderada lo suficiente; y cuanto más se la estudia, tanto más preciosa y apetecible se vuelve… en sí misma es una luz brillante, casi suficiente para iluminar toda la Escritura. [Trad. por Carlos Witthaus]

Siglos después, tras escuchar el prefacio a la carta a los Romanos de Lutero, en Aldersgate Street, el 24 de mayo de 1738, el corazón de John Wesley se sintió “extrañamente conmovido”, y su fe fue profundamente transformada. Más adelante, el teólogo suizo Karl Barth pasó del protestantismo liberal a el “extraño nuevo mundo de la Biblia” encapsulando su experiencia en su libro Römerbrief, el cual ha sido famosamente descrito como “una bomba en el campo de juegos de los teólogos”.

Cuando se piensa acerca de Romanos, el libro suele asociarse con titanes de la historia de la Iglesia, desde Agustín hasta Barth; sin embargo, la primera persona en interpretar y explicar la carta a los Romanos fue aquella a quien la carta fue encomendada. Su nombre era Febe.

Abriendo los caminos romanos

La mujer a la que Pablo le confió esta tarea tan importante es mencionada solamente en dos versículos del Nuevo Testamento, pero en esa referencia única, Pablo nos deja una valiosa perspectiva sobre la comunidad cristiana antigua.

Al final de su poderosa carta teológica, el tono de Pablo se vuelve increíblemente personal. Menciona a 29 personas: saluda a 28 y recomienda a una: Febe. Recomendar a alguien es avalarlo, apoyarlo, asegurar que se puede confiar en esa persona. Pablo pone su peso apostólico detrás de Febe.

De acuerdo con lo que Pablo dice, tal parece que Febe probó ser digna de tal confianza. Es una creyente en Cristo (Pablo la llama “nuestra hermana”), una miembro de la comunidad “en el Señor”, y digna de ser recibida como una santa. Pablo nos brinda detalles específicos acerca de la fe de Febe al describirla con dos títulos: diakonos y prostatis.

¿Qué significan estos términos? ¿Cuál era el papel de Febe?

El primer término, diakonos, del cual obtenemos la palabra ‘diácono’, es la forma masculina de la palabra ‘sirviente’ o ‘persona que está al servicio de’, e indica que Febe se dedicaba a ayudar a los demás de una manera constante, tal y como Jesús lo indicó (Marcos 9:35; 10:43), y como Él mismo también lo demostró (Romanos 15:8). Este término también podría indicar que Febe tenía el cargo de diácono en la iglesia de Céncreas, una ciudad porteña ubicada a unos cuantos kilómetros al este de Corinto. Pablo utiliza el mismo término en Primera de Timoteo al describir los requisitos para este papel tan importante (3:8-13). Ya sea que la traducción de la Biblia al español que usted tiene en sus manos diga “sirviente” o “diácono”, la única traducción que no corresponde con lo que dice el Nuevo Testamento en griego es “diaconisa”. Una versión femenina, ya sea del rasgo de carácter o del cargo eclesial, no existe en la literatura bíblica. Diversas teorías que fueron desarrolladas posteriormente y que posicionaron el papel de una diaconisa mujer como subordinado al de un diácono varón jamás tuvieron su fundamento en las Escrituras. Todos los diáconos y sirvientes, ya sean hombres o mujeres, siguen de igual manera los pasos de Jesús, quien vino a servir a todos.

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El segundo término, prostatis, aparece únicamente aquí en el Nuevo Testamento; sin embargo, era bastante conocido en el mundo grecorromano. De acuerdo a la forma en que fue utilizado en la versión griega del Antiguo Testamento podría significar ‘líder’. No obstante, Pablo menciona que Febe fue una prostatis para él y, por lo general Pablo era bastante firme acerca de su posición de coliderazgo con otros, bajo Dios. El hecho de que Pablo haya usado este término puede significar algo tan simple como que Febe ayudaba a otros; sin embargo, la mayoría de los eruditos afirma que Pablo está usando el término en la forma en la que era más comúnmente utilizado en los libros seculares de su época: Febe era una benefactora; una persona que hacía uso de su riqueza e influencia social para abogar por los demás.

Lo anterior nos lleva a otra pregunta: ¿cuál fue específicamente el papel de Febe en Roma?

Los eruditos concuerdan ampliamente en que, al ponerla al inicio de su lista, Pablo presenta a Febe como la portadora de la carta. En nuestro contexto, si bien estamos agradecidos por el servicio que prestan los empleados del servicio postal, no necesitamos conocer sus antecedentes para confiar que podemos recibir el correo que nos entregan. El hecho de que Pablo dedique varias oraciones para describir a Febe, y que utilice numerosas frases empáticas para exhortar a los cristianos en Roma a que la traten bien indica que ella es más que solo la mensajera encargada de entregar el pergamino. Febe desempeñará algún papel en la manera en la que ellos recibirán la carta, por lo que Pablo quiere asegurarse de que confíen en ella.

Una corriente de pensamiento, popularizada por N.T. Wright, dice que Febe, como portadora de la carta, también habría sido su lectora. Wright dice, “Usualmente, el portador de la carta también la leería en voz alta a los destinatarios y les explicaría su contenido”.

Algunos eruditos como Peter Head han cuestionado la primera parte de la conclusión de Wright. En su análisis de cartas antiguas, Head sugiere que hay poca evidencia de que el mensajero de la carta fuera también su lector. Por el contrario, eran los destinatarios quienes la leerían en voz alta.

¿Esto le resta importancia al papel de Febe y la convierte de nuevo en una mera ayudante silenciosa?

En lo absoluto. Head reconoce que, aún cuando él considera poco probable que Febe haya leído la carta en voz alta, lo más probable es que ella “sí tuvo un papel en la explicación del contenido de la misma a los romanos”. Ella habría estado presente como representante de Pablo para responder a toda pregunta respecto a la carta. A través de la historia, las personas han tenido varias interrogantes acerca de la carta a los Romanos —por decirlo de forma amable—, y Febe hubiera sido una de las primeras personas en responder a esas preguntas.

La incertidumbre acerca de las palabras utilizadas para describir a Febe no debe oscurecer el consenso existente sobre la importancia de su papel. Debatir acerca de los posibles puestos eclesiales que ocupó Febe nos distraen de la realidad más significativa de estos versos: el hecho de que Pablo confió en ella para explicarles la carta a los Romanos. ¿De qué podríamos perdernos cuando no reconocemos la importancia del papel de Febe?

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De Roma a la Reforma

A pesar de que Pablo le asignó a Febe el término ‘sirviente’ (diakonos) en su forma masculina, la tradición de la iglesia rápidamente la sustituyó por la versión femenina ‘diaconisa’. Es importante resaltar que tanto Juan Crisóstomo como Orígenes de Alejandría interpretaron la mención de Febe en la epístola a los Romanos como evidencia de que las mujeres eran ordenadas con el cargo de diáconos en las iglesias.

El diaconado femenino permaneció entre los cargos de la iglesia en distintas formas hasta el siglo VI. Radegunda (entre los años 520-587 d.C.), quien contribuyó a la expansión del cristianismo entre los francos en el siglo VI, fue una de las últimas mujeres ordenadas con el cargo de diácono por un obispo. En la época medieval, el cargo de diácono perdió su distinción tras subsumirse en el proceso de ordenación dentro del sacerdocio católico romano (masculino).

Durante la Reforma, Febe de nuevo ganó relevancia, en parte gracias a que el libro de Romanos llamó la atención de los comentadores bíblicos de forma desproporcionada. Además, las tradiciones de la iglesia en las que los predicadores exponían las Escrituras verso por verso (modelo conocido como lectio continua) se aseguraban de abordar a Febe directamente. Finalmente, fue la Reforma en Ginebra de Juan Calvino la que abrió el camino a la restauración del diaconado femenino en la tradición protestante.

El liderazgo de la iglesia en cuatro figuras (pastor, anciano, diácono y doctor) representaba el pilar de la eclesiología de Calvino y, de acuerdo con su obra La institución de la religión cristiana, las mujeres no estaban excluidas de estos cargos dentro del contexto del diaconado. Los diáconos se diferenciaban de los ancianos (presbíteros) por ser “ministros eclesiásticos laicos”. Además, Calvino adoptó de Romanos 12:8 la idea de dividir el diaconado en dos papeles distintos: dar (a los pobres) y mostrar compasión (entendido como el cuidado de los pobres y enfermos). Calvino asignó el primer papel como responsabilidad a las viudas, de acuerdo con su interpretación de Primera de Timoteo 5:9-10, pasaje que en la tradición católica romana se usa como base para sustentar los votos monásticos. El establecimiento de un diaconado abierto a las mujeres fue de gran beneficio para Ginebra, pues la ciudad buscaba la forma de atender a los miles de refugiados que pasaban por ella a causa de la persecución religiosa, provenientes de toda Europa, pero principalmente de Francia.

Dado que la reforma liderada por Calvino en Ginebra incluyó la clarificación de las responsabilidades de sus distintos líderes, así como su distinción de los líderes políticos, el diaconado era un cargo eclesiástico que, según la interpretación de Calvino, debía incluir a las mujeres. Si bien las “mujeres diácono” no eran exclusivas de Ginebra, el trabajo de Elsie Mckee ha señalado que “el diaconado de la reforma calvinista fue la única orden eclesial protestante o anabaptista que incluyó la enseñanza (mas no siempre la práctica) de una posición (subordinada) para las mujeres en los cargos comunes del ministerio”. Por lo tanto, la Reforma de Ginebra de Calvino es un modelo y un caso atípico de lo que significa tomar en serio a Febe.

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La importancia de Febe se destacó aún más en las Biblias reformadas francesas. Al final de cada epístola del Nuevo Testamento se incluyeron colofones para proporcionar información sobre la autoría y la geografía de cada carta. Desde el siglo XVI y hasta el siglo XVIII, el papel de Febe en relación con la carta a los Romanos se describe en esos colofones como mensajera, sirviente o diaconisa de la iglesia. Ella es la única mujer que fue reconocida de esta manera en la tradición de los colofones reformados del Nuevo Testamento.

Pasemos el mensaje

Aunque la disputa sobre la importancia de Febe persiste entre los eruditos hasta la actualidad, el amplio consenso sobre su papel como mensajera apunta hacia conclusiones claras que no pueden ser ignoradas. Por un lado, se descarta la conclusión de que Pablo excluyó a todas las mujeres de la discusión teológica y exegética, e incluso de la instrucción. La forma en la que esto se pone en práctica tendrá matices distintos en diferentes iglesias e instituciones de distintas tradiciones; sin embargo, la historia de Febe no deja espacio para que ningún cristiano que busque comprender las Escrituras en su contexto histórico crea que ser mujer descalifica a alguien del ámbito de la teología. Si Pablo no menospreció la capacidad de las mujeres para conversar sobre los documentos teológicos más intrincados, nosotros tampoco debemos hacerlo.

La inclusión del nombre y el papel de Febe como portadora del Evangelio es otro recordatorio para la iglesia actual sobre cómo las Escrituras destacan a las mujeres como contribuyentes integrales y fieles al plan de redención de Dios a través de su Hijo, Jesucristo. Cuando Pablo presentó a Febe a la iglesia de Roma y animó a los creyentes a recibirla con honor, también nos la presentó a nosotros el día de hoy. A nosotros también se nos pide que demos la bienvenida a lo que ella trae. Como escribe Calvino, “hubiera sido algo deplorable en los servidores de Cristo, el no dispensarla [con] este honor y no comportarse humanamente con ella. Ciertamente es necesario amar a todos los creyentes; pero, sobre todo, rendir reverencia y honrar a los que ocupan algún cargo público en la Iglesia”. [Trad. por Claudio Gutiérrez Marín]


Además, al confiarle a Febe la comunicación de esta carta, Pablo estableció un precedente que seguimos hasta el día de hoy cada vez que escuchamos a alguien leer o explicar las Escrituras, lo reconozcamos o no. Con frecuencia escuchamos la Palabra de Dios proclamada a través de las voces de otros, de la misma forma en la que Febe habló y explicó las palabras de Pablo a la iglesia en Roma. Cualquiera que tome el libro de Romanos y lo comparta con los demás, está siguiendo los pasos de Febe, su primera intérprete.

¿Qué está comunicando Pablo en esta epístola? Su objetivo es responder a los problemas de la iglesia local (el desafío de integrar a judíos y gentiles) y a la vez presentar nuevas ideas (proclamar el Evangelio con fidelidad); sin embargo, logra atender ambos aspectos con la misma afirmación: Dios es digno de toda nuestra confianza.

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La epístola a los Romanos es reconocida por su imponente verdad espiritual: podemos confiar en Dios respecto a nuestro problema con el pecado, la amenaza de la muerte y la salvación final. Dado que esto es verdad, Pablo argumenta en esta carta que a Dios también se le pueden confiar las realidades más mundanas, tales como la división y la ansiedad. El mensaje de Romanos es que podemos confiar en que Dios puede lidiar con todo esto.

Y este mensaje resuena con su mensajera. Dios es digno de confianza, por tanto, Pablo puede confiar en alguien hasta cierto punto sorprendente para que entregue este, su mensaje más influyente. Pablo no argumenta sobre Febe ni defiende su habilidad o sabiduría. Su presentación es poderosa pero concisa. No es necesario que haga una petición especial. Él confía en Febe porque ella confía en Dios, y esto es más que suficiente. Cuando nosotros, sin importar quienes seamos, confiamos en el Dios que es fiel y digno de confianza, tal y como lo hizo Febe, entonces también nosotros podemos transmitir el mensaje.

La verdad es que todo aquel que ha puesto su fe en Cristo tiene la responsabilidad de transmitir las Buenas Nuevas. Al hacerlo, el cual es el sacerdocio de todos los creyentes, vivimos lo que realmente significa estar conectados a través del tiempo el uno con el otro en el cuerpo de Cristo, por medio del poder del Dios viviente. Tanto nuestras hijas como nuestros hijos deben estar equipados para conocer la esperanza que yace en ellos, pues Dios los enviará como portadores del evangelio, en donde serán llamados a responder preguntas difíciles sobre nuestros textos sagrados.

Cuando transmitimos las Buenas Nuevas, no sólo estamos viviendo el legado de escritores como Mateo, Marcos, Lucas y Juan. También estamos viviendo el legado de María Magdalena al aposento alto, el de Priscila a Apolos, y el de Febe a la iglesia en Roma.

Nosotros también actuamos como mensajeros dentro de una cadena apostólica que se puede rastrear hasta el don de la revelación de Dios, el cual es la base del testimonio de la esperanza que tenemos en la muerte y la resurrección de Jesucristo.

Jennifer Powell McNutt es la investigadora Franklin S. Dyrness en Estudios Bíblicos y Teológicos en Wheaton College, asociada parroquial en la Primera Iglesia Presbiteriana de Glen Ellyn, Illinois y cofundadora de McNuttshell Ministries Inc.

Amy Beverage Peeler es profesora asociada de Nuevo Testamento en Wheaton College y rectora asociada de la Iglesia de San Marcos en Geneva, Illinois.

Traducido por Alexa Arzate y Livia Giselle Seidel

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