Mi madre, Young Kim, nació en Corea en 1948 cuando la nación estaba al borde de la guerra civil. Para cuando cumplió cinco años, el país se había dividido en dos: Corea del Norte y Corea del Sur. Su familia, que una vez había disfrutado de la prosperidad, lo había perdido todo. Sus dos padres murieron cuando ella era apenas una adolescente. También perdió a sus dos hermanos mayores algunos años después. Más tarde, mi madre sufrió también las dificultades de un matrimonio con problemas. Se separó de mi padre y, cuando tenía poco más de 30 años, emigró a los Estados Unidos como madre soltera con una bolsa de ropa al hombro, unos dólares en una mano y yo en la otra, que en ese momento era un niño pequeño. Su vida ha sido una historia de lucha, dolor y pérdida. Y sin embargo, a pesar de los desafíos, siempre ha sido la persona más llena de esperanza que conozco.

Si usted tuviera la oportunidad de preguntarle, ella le diría sin la menor duda o vacilación que Jesús es la única fuente de su esperanza. Ella le diría que desde el día en que se encontró con el Cristo resucitado hace casi 40 años, las circunstancias han pasado constantemente a un segundo plano, teniendo siempre a la vista algo mucho más inmutable y permanente. Pero este no es un sofisticado o prístino cuento de hadas utópico construido sobre pensamientos felices o sobre fantasías de una vida libre de problemas. La esperanza de mi madre consiste en aferrarse valiente e incansablemente a algo mucho más sustantivo; en asirse con determinación y sin titubeos de lo que ya ha sucedido y lo que sucederá.

En Primera de Pedro 1:13 leemos: “Por eso, con la mente preparada para actuar y siendo sobrios, pongan su esperanza completamente en la gracia que les es traída en la revelación de Jesucristo” (RVA-2015). En el griego original, la palabra traducida como “preparada para actuar” (anadzonumi) es un término que describe la preparación física. Se deriva de una práctica bastante común en el antiguo Oriente Próximo: las personas recogían su larga prenda exterior y se la ceñían para prepararse para la acción física, ya fueran agricultores dirigiéndose al campo, soldados que iban a la batalla o atletas que querían correr libremente y sin obstáculos.

Me pregunto si Pedro estaba pensando en uno de sus primeros encuentros con el Cristo resucitado cuando escribió estas palabras en su primera epístola. Al final del evangelio de Juan, leemos la historia en la que Jesús, después de haber resucitado, se le apareció a sus discípulos junto al mar de Galilea. Pedro y los demás estaban pescando, pero tan pronto como reconocieron a Jesús llamándolos desde la orilla, Pedro “se ciñó el manto, pues se lo había quitado, y se tiró al mar” (Juan 21:7). Se ciñó el manto: su prenda exterior. Es la misma palabra e imágenes que usa en Primera de Pedro 1:13. Cuando Pedro vio a Jesús en las costas de Galilea, inmediatamente se ciñó el manto y se preparó para actuar. Varias décadas después, [en su epístola], Pedro invita a los primeros seguidores de Jesús —y a nosotros también— a emprender la misma acción hacia la esperanza que tenemos en la gracia que nos es traída en la revelación de Jesucristo.

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Expectativa y acción

Algunos lingüistas sugieren que la palabra esperanza en inglés (hope), comparte raíces etimológicas con la palabra salto (hop), lo que transmite la idea de que tener esperanza es dar un salto con expectativa, saltar hacia la posibilidad de algo. Cierto o no, la idea plantea un punto interesante. En nuestros días, la idea de esperanza ha sido cooptada por la pasividad, privándola de su naturaleza orientada a la acción. Esperamos quelas colas parapagar enla tienda noseandemasiado largas. Esperamos un buen diagnóstico. Esperamos que todo salga bien.

Hoy en día, esperar se considera a menudo como una versión adulta de desear. Por eso, cuando nuestras esperanzas parecen un poco extravagantes, podemos llamarlas “ilusiones”. Pero la esperanza cristiana no es una ilusión. La esperanza cristiana es un salto hacia delantellenode expectativa. Actuamos. Vivimos en movimiento. En la paráfrasis de la Biblia realizada por Eugene Peterson llamada The Message [El mensaje], él pone Primera de Pedro 1:13 en estas palabras: “Así que remángate”. La esperanza cristiana se trata de remangarse y poner manos a la obra. Es una especie de esperanza del trabajador que nos prepara y nos permite estar dispuestos a ensuciarnos las manos, a trabajar y esforzarnos en nuestro camino hacia la expectativa y la promesa.

Esta naturaleza radicalmente contraintuitiva de la esperanza cristiana está moldeada por una resiliencia y fortaleza que lamentablemente falta en las representaciones populares de la esperanza. La esperanza cristiana no rehuye, sino que se apresura hacia el sufrimiento y el dolor en nuestro mundo. Tim Keller afirma: “Mientras que otras cosmovisiones nos llevan a sentarnos en medio de los gozos de la vida, previendo los dolores venideros, el cristianismo empodera a su gente para sentarse en medio de los dolores de este mundo, saboreando el gozo venidero”. La esperanza cristiana no se deja engañar por las promesas que el mundo ofrece de comodidad y tranquilidad en esta vida, mientras espera con ansiedad el siguiente golpe. En cambio, la esperanza cristiana encuentra su lugar en la experiencia humana de lucha, con fuerza y ​​determinación. Sí, hay dolor y sufrimiento en esta vida, pero la esperanza cristiana nos permite mantenernos erguidos con cada gramo de imago Dei [la imagen de Dios de la que somos portadores] posible.

Pienso en mis amigos Landon y Sarah Baker. Nuestra comunidad se regocijó cuando compartieron la noticia de que estaban esperando un bebé; pero cuando nació la bebé, hubo complicaciones. En medio de una pandemia global, entré en la unidad de cuidados intensivos neonatales del hospital con una mascarilla sobre mi rostro para dedicar a una hermosa niña cuya vida en la tierra duraría menos de tres días. Con lágrimas en los ojos, los jóvenes padres oraron por su hija y la abrazaron mientras ella exhalaba por última vez y entraba en la eternidad. Leyeron los Salmos sobre ella y cantaron acerca de su amor por Jesús. Aún en medio de su dolor, su esperanza nunca vaciló.

Pienso en mi amigo Darren Johnson, que pasó más de un año sin trabajo. Con una familia que mantener y facturas que pagar, la situación era desesperada. No estaba desempleado por no intentar obtener un empleo. Las cosas simplemente no estaban funcionando y no entendía por qué. Pero, en su confusión, él continuó orando, adorando, guiando a su familia con valentía y sirviendo a su comunidad. Estaba convencido de que Dios todavía estaba trabajando y moviéndose incluso en los detalles más pequeños de sus desconcertantes circunstancias, aunque no sabía cómo. En su incertidumbre, fue un ejemplo de fe monumental. Su esperanza nunca vaciló.

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Pienso en mi amiga Christina Tang. Una talentosa compositora de poco más de 20 años de edad. Había estado trabajando en una colección de canciones cuando recibió la noticia de que tenía cáncer de estómago, y era agresivo. Se sentía la tristeza y la confusión por todas partes. Pero después, ella mostró determinación. Incluso mientras su cuerpo se debilitaba, Christina continuó escribiendo y grabando. Encontró fuerza para dirigir el tiempo de adoración en la iglesia de vez en cuando. Cuando sus manos ya no podían tocar la guitarra, reclutó amigos músicos para tocar. Un par de semanas después de su muerte, les dimos a todos en la iglesia una copia de su nuevo álbum: seis canciones originales escritas y grabadas minuciosamente en sus últimos meses de vida. Su esperanza nunca vaciló.

Este es el rostro de la esperanza cristiana. No ignora el miedo, la ansiedad o la duda: los afronta. Se mantiene firme, aferrada a la paz en medio del caos. A través de las muchas tormentas traicioneras de la vida, ya sean pandemias, divisiones políticas, disturbios sociales o luchas personales, la esperanza cristiana se ve impulsada por algo más grande que ya ha sucedido y algo más grande que va a suceder nuevamente.

Él regresará, así que remángate

El Adviento es nuestro gran recordatorio de todo esto. Hacia fines de noviembre, comenzaremos a ver los patios de las casas convertirse en nacimientos. Pero esta temporada en la que estamos a punto de entrar no es simplemente un viaje a la historia: en más de un sentido es un viaje hacia el futuro. El Adviento viene del latín adventus que significa ‘llegada’, y es nuestra mirada larga y firme hacia adelante, iluminada por la historia. La luz de la historia navideña irrumpe en la oscuridad de nuestra culpa pasada, nuestro dolor presente y nuestras ansiedades futuras, apuntando a un futuro más brillante.

En Hechos 1:11, cuando los primeros seguidores de Jesús presenciaron su ascensión al cielo, se les recordó que: “Este Jesús, quien fue tomado de ustedes arriba al cielo, vendrá de la misma manera como le han visto ir al cielo”. Él volverá. Esta es la promesa que celebramos y recordamos durante el Adviento, y es la roca firme que sustenta la esperanza cristiana. Recuerde las palabras de Pedro: “Pongan su esperanza completamente en la gracia que les es traída en la revelación de Jesucristo”. Nos remangamos y seguimos con la obra de la esperanza cristiana porque Cristo viene de nuevo. Podemos afrontar cualquier cosa con resiliencia, fortaleza y paciencia porque el Adviento nos recuerda cómo termina la historia. Por eso Pablo escribe: “Porque considero que los padecimientos del tiempo presente no son dignos de comparar con la gloria que pronto nos ha de ser revelada… Porque fuimos salvos con esperanza; pero una esperanza que se ve no es esperanza, pues ¿quién sigue esperando lo que ya ve? Pero si esperamos lo que no vemos, con perseverancia lo aguardamos” (Romanos 8:18, 24–25).

Mi madre cumplió 70 años hace un par de años. Visitar Hawái había estado en su lista de deseos durante mucho tiempo, así que fuimos. Nos alojamos cerca de la playa de Waikiki, y desde la ventana de nuestro hotel podíamos ver la toba volcánica de Diamond Head, una de las caminatas más populares y extenuantes de la isla. Le pregunté a mi madre si quería intentarlo. Sin dudarlo, ella dijo que sí. El recorrido a pie en Diamond Head es de 1.6 millas (2.5 km) de ida y vuelta, casi en línea recta, subiendo casi 600 pies (182 m) desde el comienzo del sendero hasta la cima. Inmediatamente lamenté haberle preguntado: no estaba seguro de que pudiera hacerlo a su edad.

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A la mañana siguiente, conducimos hasta el acceso al sendero. Le pregunté de nuevo si realmente quería intentarlo, y le aseguré que, si quería, podíamos regresar e ir a disfrutar de unos deliciosos poke bowls en la playa. Ella sonrió y comenzó a caminar. Aproximadamente a la mitad del camino, al ver su agotamiento y estando agotado yo mismo, le pregunté de nuevo si quería volver. Me miró, sonrió y se remangó. Seguimos hacia adelante y finalmente disfrutamos de la espectacular vista desde la cumbre. Por supuesto que lo logramos. Así es como funciona la esperanza para mi madre. Y así es como funciona la esperanza cristiana. Nos remangamos y damos un paso agotador tras otro hasta llegar.

Una vez que regresamos al hotel para descansar, usamos FaceTime para llamar a mis hijos, sus nietos, que estaban en casa. Mi madre sonreía mientras le contaba a su nieto recién nacido todo sobre su conquista de Diamond Head. Él había nacido solo tres meses antes y ella le había dado su nombre coreano: So-Mahng, que significa ‘esperanza’. Por supuesto.

Jay Y. Kim es pastor principal de enseñanza en la iglesia WestGate Church, maestro residente en Vintage Faith Church y autor de Analog Church. Vive con su familia en Silicon Valley.

Traducido por Livia Giselle Seidel

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