Los Juegos Olímpicos siempre deparan sorpresas, y la primera semana de competencia en Tokio no ha sido la excepción. El martes, Simone Biles, capitana del equipo olímpico de gimnasia femenina de Estados Unidos, y la gimnasta estadounidense más galardonada de todos los tiempos, se retiró de la competencia por equipos tras haber tenido actuaciones poco habituales tanto en su rutina de salto como en la de suelo.

El miércoles, Biles también se retiró de la competencia individual, argumentando la necesidad de prestar atención a su bienestar mental. Con una posibilidad casi garantizada de dominar los juegos, la decisión de Biles es el ejemplo de algo inusual tanto en el deporte de competencia como en la cultura en general: la humildad y el coraje de decir «ya es suficiente».

Aunque muchos apoyaron la decisión de Biles, otros vieron su elección como un fracaso. Algunas voces conservadoras de los medios de comunicación, como Charlie Kirk, Matt Walsh y Jenna Ellis [enlaces en inglés], la consideraron una desertora y equipararon su deseo de priorizar su «salud mental» con una debilidad de carácter o una falta de fortaleza emocional. Llegaron al punto de acusarla de haber fallado a su equipo e incluso a su país. Otros recordaron el valiente salto en la barra de Kerri Strug en 1996, en el que la atleta se sobrepuso a una evidente lesión para realizar un segundo intento y finalmente llevó a su equipo al oro.

Después de todo, ¿no es el objetivo del deporte de competencia llevar el cuerpo humano a sus límites, o más allá de lo que creemos que son sus límites? Incluso el apóstol Pablo invoca la metáfora de someter el cuerpo a una rigurosa disciplina, cuando escribe en Primera de Corintios 9 que «todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. [...] Golpeo mi cuerpo y lo domino, no sea que, después de haber predicado a otros, yo mismo quede descalificado« (vv. 25-27, NVI).

Aunque estamos llamados a disciplinar nuestro ser físico (y también espiritual), llevar el cuerpo humano a sus límites no significa que los límites no existan. Estamos llamados a tener tanto la sabiduría como la humildad de respetar nuestras limitaciones.

Pero usted no sabría esto si se guiara por la cultura general de la Organización de Gimnasia de EE.UU. (USAG, por sus siglas en inglés). Durante décadas, la USAG ha negado deliberadamente tales límites, optando en cambio por tratar a los atletas como desechables, matando de hambre y empujando a los cuerpos de los jóvenes hasta un punto de ruptura, y luego deshaciéndose de ellos cuando ya no son útiles para el objetivo del equipo.

De hecho, fue dentro de esa cultura abusiva donde Strug logró su ahora famoso segundo salto. Fue en esta misma cultura donde los entrenadores de la USAG, Bela y Marta Karolyi, dirigieron su notorio «rancho» (una instalación de entrenamiento oficial cerrada a raíz de acusaciones de abuso) [enlaces en inglés]. Fue esta misma cultura la que entregó a gimnastas vulnerables y doloridas al médico del equipo y pedófilo Larry Nassar. Fue esta misma cultura la que encubrió los abusos de Nassar, permitiéndole seguir agrediendo a cientos de otras jóvenes gimnastas, incluida la propia Biles.

Ha costado décadas, pero la voluntad y la capacidad de Biles de decir no a esa cultura representa un cambio abismal. Como tuiteó la ex atleta olímpica y compañera de equipo de Strug, Dominique Moceanu, «la decisión [de Biles] demuestra que tenemos voz y voto a decidir sobre nuestra propia salud, una voz que nunca sentí que tuviera como atleta olímpica».

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En los mismos Juegos Olímpicos que hicieron que Strug pasara a la historia, Moceanu, de catorce años, se golpeó la cabeza en la barra de equilibrio y se cayó. En lugar de ser evaluada inmediatamente por un médico, siguió compitiendo. Mientras tanto, la propia lesión de Strug en la barra de equilibrio pondría fin a su carrera gimnástica a los dieciocho años.

Estas historias contrastan con la de Oksana Chusovitina, la gimnasta uzbeka que fue celebrada la semana pasada por la longevidad de su carrera. Chusovitina se retiró finalmente a la edad de cuarenta y seis años, después de competir en la asombrosa cifra de ocho Juegos Olímpicos. Comenzó en 1992, cinco años antes de que naciera Biles. Y aunque los comentaristas pueden atribuir la longevidad de Chusovitina a su amor y compromiso con la gimnasia artística, me pregunto si la respuesta es mucho más sencilla. Tal vez las gimnastas disfrutarían de carreras más largas si no se abusara de ellas hasta el punto de no poder seguir compitiendo.

Eso es lo que me parece que no ven los críticos de Biles. Poco después de su retirada, la realidad de su historia se hizo más clara, y esa historia es mucho más oscura de lo que sugieren sus detractores.

Al mencionar la necesidad de priorizar su «bienestar mental», Biles mencionó que estaba experimentando episodios de «bloqueo mental», es decir, un fallo en la conexión mente-cuerpo que es esencial para realizar maniobras complejas. La desorientación aérea hace que la gimnasta pierda el sentido de su posición en el aire y pueda causar graves lesiones. También es una condición que puede ser provocada por un estrés y traumatismo extremos, como los que ha soportado la propia Biles.

«El problema de la expresión “salud mental” es que es una abstracción que permite minimizar lo que le ocurrió a Simone Biles y, en cierto modo, de lo que le sigue ocurriendo», escribe Sally Jenkins, columnista del Washington Post. «Hasta el día de hoy, los funcionarios olímpicos estadounidenses siguen traicionándola. Niegan que hayan tenido el deber legal de protegerla a ella y a otras personas del violador y pornógrafo infantil Larry Nassar, y siguen evadiendo la responsabilidad con maniobras judiciales. Para ella, el abuso es un problema vigente».

Digamos la verdad: Simon Biles es una atleta que compite bajo los efectos combinados de un trauma mental, emocional, sexual y físico. El hecho de que su conexión mente-cuerpo haya elegido este momento para fallar no debería sorprender a nadie.

Pero como atleta consumada y mujer madura que es, Biles también entiende el peligro que supone una mente desorientada. En lugar de seguir adelante, tuvo el valor de rechazar una cultura que busca ganar a cualquier precio y decir: «Ya basta».

Lo que es condenable es cómo muchos de nosotros confundimos su humildad y su valor con la humillación, la preservación egoísta o la idolatría al bienestar personal. Ninguno de nosotros puede conocer los motivos de Biles. A menudo ni siquiera entendemos los nuestros. Pero lo que sí podemos observar es la forma en que respondió a las limitaciones humanas en una cultura que habitualmente abusa de ellas. Cuando nos enfrentamos a dilemas similares, ya sea en nuestros trabajos, ministerios o relaciones, también podemos tener la humildad de aceptar nuestra propia fragilidad humana, y el valor de hablar con sinceridad sobre ella.

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La encarnación de Cristo nos da un modelo de cómo honrar los mismos cuerpos que tan a menudo despreciamos. En última instancia, fue Su voluntad de aceptar los límites de nuestra carne —la debilidad, la enfermedad, la desorientación— lo que hizo posible nuestra salvación. No debería sorprendernos, pues, que abrazar nuestros propios límites nos lleve también a la libertad y a la vida.

Pablo dice en Filipenses 4:13: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Esa frase se invoca a menudo para celebrar el triunfo de la voluntad, pero podríamos aprender a leerla bajo otra luz, porque en el siguiente versículo, Pablo escribe lo siguiente: «Sin embargo, han hecho bien en participar conmigo en mi angustia».

Si la humildad nos enseña a aceptar nuestros límites, el valor nos libera para compartirlos con los demás. Como resultado, nos permite romper los ciclos de abuso y recibir el cuidado que necesitamos. El miércoles por la noche, después de lo que los críticos consideraron su mayor fracaso, Biles tuiteó: «La avalancha de amor y apoyo que he recibido me ha hecho ver que soy más que la gimnasia y todos mis logros, algo que nunca había creído de verdad».

Que todos tengamos presente lo mismo.

Hannah Anderson es autora deMade for More, All That's GoodyHumble Roots: How Humility Grounds and Nourishes Your Soul.

Traducción por Sofía Castillo

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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