De vez en cuando, aparece un nuevo artículo que afirma que Jesús era racista.

La afirmación se basa en la historia de Jesús sanando a la hija de una mujer sirofenicia (Mateo 15:21-28; Marcos 7:24-30). Cuando la mujer le pide a Jesús que sane a su hija endemoniada, él le responde: «No está bien quitarles el pan a los hijos y echárselo a los perros». La mujer responde: «pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos», y entonces Jesús elogia su fe y sana a su hija al instante. Hasta este momento, prosigue el argumento, Jesús ha sido racista al tratar a los extranjeros como «perros». Supuestamente, este encuentro señala el error de sus caminos.

Podríamos responder a este argumento en varios niveles. Teológicamente, sabemos que Jesús nunca cometió pecado (Hebreos 4:15). A nivel exegético, el encuentro con la mujer sirofenicia es similar a muchas otras historias de sanación en los Evangelios que toman la misma estructura general: una petición de sanidad, seguida de un diálogo en el que Jesús hace una pregunta decisiva («¿Crees que puedo sanarlos?», «¿Quién me ha tocado?», «¿Está permitido o no sanar en sábado?»), seguido del milagro que completa la secuencia.

Canónicamente, debemos considerar que Cristo ya había sanado a muchos gentiles (Mateo 8:5-13, 28-34), sin mencionar su conversación con una mujer samaritana, la cual escandalizó a sus discípulos (Juan 4:1-42). E históricamente, hablar de «raza» en este periodo en primer lugar es anacrónico. También es inverosímil que Mateo, quien comienza su relato con los magos gentiles adorando al Rey recién nacido y termina con una comisión de ir y hacer discípulos en todas las naciones, incluya una historia destinada a mostrar a Jesús motivado por prejuicios étnicos.

Estos son argumentos sólidos en contra de la posibilidad de considerar a Jesús como un racista. Sin embargo, en última instancia, el mejor fundamento para refutar esta opinión es contextual. Cuando consideramos el encuentro de la mujer sirofenicia dentro del relato de Mateo (y Marcos) como un todo, nos damos cuenta de que la respuesta aparentemente áspera de Jesús está revelando un aspecto crucial sobre el alcance de su misión.

Gran parte de los capítulos 13 a 16 de Mateo trata sobre el pan. Hay parábolas sobre semillas, trigo, levadura y harina (13:1-43), seguidas de Jesús proveyendo pan para cinco mil personas (14:13-21) y un debate sobre lavarse las manos para comer (15:1-20). Luego viene la historia de liberación de la hija de la mujer sirofenicia, con sus imágenes de «pan» y «migas». A partir de ahí tenemos otra historia de Jesús proveyendo pan, esta vez para cuatro mil personas (15:32-39), y otro debate sobre el pan y la «levadura» de los fariseos y saduceos (16:5-12).

Juntos, estos pasajes utilizan la comida para explorar los límites del pueblo de Dios. ¿Están los gentiles contaminados por no guardar las leyes judías sobre los alimentos? ¿Son bienvenidos a comer las «migajas» que caen de la mesa judía? Las respuestas a ambas preguntas revelan el alcance cada vez mayor de la bienvenida que Dios brinda. Lo que limpia a las personas no es la comida que entra en el hombre, sino el comportamiento que sale de él (15:11). Y los gentiles que se acercan a Cristo con fe reciben lo que desean (15:28).

Las dos historias del pan milagroso ilustran los planes de Dios para un reino multiétnico. Los cinco mil en la primera comida eran israelitas y sobraron doce cestas, una para cada tribu. Por el contrario, la alimentación de los cuatro mil, que ocurre inmediatamente después de que Jesús sanara a la hija de la mujer sirofenicia, sucede en Decápolis, que es un territorio gentil (Marcos 7:31). Aunque Israel come primero, los gentiles también se alimentan. Se provee a los «hijos», pero los «perros» también reciben pan. Esto coincide con el mensaje de Mateo en su totalidad: la misión de Cristo es primero para los judíos (Mateo 10:5-6) y luego para los gentiles (28:19).

Vale la pena mencionar otro lado de esta historia. Jesús es el segundo ejemplo en las Escrituras de un profeta que huye del rey y la reina oficiales de Israel, que se encuentra con una mujer gentil desesperada, que tiene una conversación con ella sobre la comida, y que sana a su hijo. En el caso de Elías (1 Reyes 17:7-24), la mujer da alimento al profeta. Pero el Pan de Vida es diferente: Él mismo provee la comida, y no solo para una persona (o grupo de personas), sino para miles de personas hambrientas y, en efecto, para todo el mundo.

Andrew Wilson es pastor y maestro en King's Church London y autor de God of All Things . Síguelo en Twitter @AJWTheology.

Traducido por Sergio Salazar

Edición en español por Sofía Castillo y Livia Giselle Seidel

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