Cuando piensa en la práctica de la meditación, ¿qué imagen le viene a la mente? Al igual que muchos, es posible que se imagine la caricatura de alguien sentado en la posición de loto, con los ojos cerrados y las manos extendidas, murmurando una serie constante de sonidos «om».

Es una caricatura con la que muchos cristianos no se identifican o incluso la rechazan abiertamente. El sentimiento predominante es que la meditación es para místicos y yoguis, no para los hijos de Dios.

Pero la meditación es, de hecho, una disciplina cristiana. No solo eso, sino que es una disciplina que debería caracterizarnos. Pero antes de que se ponga los pantalones elásticos y adopte la posición de loto para su tiempo de silencio, distingamos la práctica mística de la práctica de la meditación indicada en la Biblia. ¿Cuál es el objeto de la meditación cristiana? ¿Por qué debemos practicarla? ¿Y cómo podemos hacerlo?

En el Salmo 1, se nos dice que el que es llamado bienaventurado se caracteriza por deleitarse en la ley del Señor, «y en [ella] medita día y noche» (v. 2, LBLA). Cuando el salmista habla de meditar, el objeto de su reflexión es la ley de Dios (la Torá), las promesas de Dios, las obras de Dios y los caminos de Dios. El registro de estas cosas se encuentra en los escritos sagrados que actualmente conocemos como el Antiguo Testamento. Los seguidores modernos del único Dios verdadero entienden que el objeto de nuestra meditación incluye toda la Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

Así pues, el «objeto» de nuestra meditación son las Escrituras. Pero el «por qué» también es importante, y es diferente al porqué de la meditación de los yoguis. La meditación mística es el vaciado de la mente con el propósito de cesar. A los que buscan los beneficios de este tipo de meditación se les dice que se concentren en su respiración y aquieten sus pensamientos con el propósito de aliviar el estrés, la ansiedad u otras formas de angustia o confusión mental.

Por el contrario, la meditación cristiana es el llenado de la mente con el propósito de actuar. Es un medio de aprendizaje mediante la exposición repetida a las mismas ideas. Implica estudiar, reflexionar y contemplar. A diferencia de la meditación mística, la meditación cristiana ve el entendimiento como el resultado de pensar en todo lo que es virtuoso (Filipenses 4:8, NVI). La meditación cristiana no es un fin en sí misma, sino que pretende dar el fruto de una vida correcta. En Josué 1:8, Dios le dice a Josué: «Recita siempre el libro de la ley y medita en él de día y de noche; cumple con cuidado todo lo que en él está escrito».

Pero, ¿qué hay del «cómo» de la meditación cristiana? Los métodos de meditación mística a veces se introducen en la práctica cristiana: «Si leo un versículo y mantengo mi mente muy quieta y serena, el Espíritu llenará el espacio vacío con conocimiento». Aunque bien intencionado, este enfoque puede llevar a menudo a una interpretación errónea a gran escala. Tiende a omitir cualquier reflexión sobre el contexto de un pasaje, y promete en cambio un resultado inmediato a través de la aplicación o el estímulo.

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Sí, las Escrituras tienen un significado claro que el Espíritu ilumina, pero también despliegan niveles de comprensión cada vez más profundos cuando hacemos de ellas el objeto frecuente de nuestra reflexión. Dicho de otro modo, la contemplación engendra iluminación. El Espíritu responde a la ocupación diligente de la mente dándole conocimiento, sabiduría y entendimiento.

La meditación cristiana se adhiere a la bien conocida máxima de que la repetición es la madre del aprendizaje. Meditamos las palabras de Dios leyendo y releyendo.

Como tenemos el privilegio de vivir en una época de acceso sin precedentes a las Escrituras, podemos hacerlo de muchas maneras. Podemos leer primero en una traducción y luego en otra. Podemos escuchar la lectura de las Escrituras a través de una aplicación. Podemos escuchar las Escrituras cantadas y aprender a cantarlas nosotros mismos. Podemos copiarlas línea por línea en un diario, orando mientras escribimos. Podemos ilustrar lo que estamos leyendo en un margen. Podemos leerlas en voz alta en un grupo comunitario o en un entorno familiar, como una forma de «[hablar] de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes» (Deuteronomio 6:7).

Piense. Estudie. Reflexione. Contemple. Meditar en la ley de Dios, en sus promesas, en sus obras y en sus caminos nos capacita para pensar de acuerdo con ellos. Y nos impulsa a actuar como debemos. Puede que no prometa un estado Zen, pero promete algo aún mejor: la paz que sobrepasa el entendimiento, el fruto de una mente que se concentra en las cosas de Dios.

Jen Wilkin es autora y profesora de Biblia. Como defensora de la alfabetización bíblica, su pasión es ver a otros convertirse en seguidores de Cristo comprometidos y capaces de hablar de su fe. Puedes encontrarla en JenWilkin.net y en el podcast Knowing Faith.

Traducción por Sofía Castillo

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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