Este artículo fue adaptado del boletín [en inglés] de Russell Moore. Suscríbase aquí.

En mis años más jóvenes, celebraba Festivus. Esto no era por elección, sino porque trabajaba en un lugar donde todos los años, en cualquier fiesta de celebración, siempre sabíamos que un tipo que se pasaría todo el tiempo «ventilando quejas» con el resto de nosotros. Uno de mis compañeros de trabajo me decía: «¿Ya estás listo para el Festivus de este año?».

Por supuesto, se refería a la famosa historia de la vieja comedia de televisión Seinfeld, en la que el padre de George Costanza, Frank, celebraba su propia festividad inventada, con un poste de aluminio, demostraciones de fuerza y, por supuesto, la ventilación de agravios. Siempre me reía de la broma de mi compañero de trabajo porque, después de todo, Festivus era divertido, producto de la imaginación de Jerry Seinfeld o de algún escritor de comedia.

Excepto que no era el caso.

The Daily Beast grabó un episodio de su podcast, Fever Dreams, en el que el exescritor de Seinfeld, Dan O’Keefe, explicó los orígenes de Festivus en la vida real. (Tenga cuidado con el lenguaje usado en el episodio). Ahí compartió que la festividad no era ficticia —al menos no en la casa donde creció—, y que era todo menos divertida.

O'Keefe dijo que su padre, editor de Reader's Digest y «alcohólico severo y bipolar no diagnosticado», inventó Festivus. Lo hizo con un reloj en una bolsa colgada en la pared. El famoso poste de aluminio no formaba parte de la celebración, pero la ventilación de agravios definitivamente lo era.

«Era simplemente un escenario formal para gritarnos», dijo en Fever Dreams. «Sí; mientras crecíamos, mis dos hermanos y yo sufrimos un tipo de abuso infantil que aún no era reconocido como tal por el estado de Nueva York, y que incluía rituales estacionales».

O'Keefe habló sobre su infancia con algunos compañeros escritores, quienes le dijeron que ellos, junto con Jerry Seinfeld, querían adaptar el ritual de Festivus para Frank Costanza, pero sin el comportamiento abusivo y el trauma infantil.

Mi primer pensamiento fue: «Eso es tan sombrío». Pero después pensé: «¿Cómo es que nunca escuché esa historia hasta ahora?» Me pregunté cuántos otros de mis momentos favoritos de las series cómicas habrían comenzado de esta manera. ¿Hubo una historia de terror detrás de los premios Dundie o los funerales de los adorados mini caballos? No quería saberlo. Pero luego me pregunté si Festivus es la fiesta de este momento cultural.

Hace más de una década, James Davison Hunter advirtió que el involucramiento cristiano en la cultura y la política había fracasado en parte debido a lo que Friedrich Nietzsche llamó ressentiment. Es una palabra francesa que va más allá del resentimiento, argumentó Hunter, e incluye «ira, envidia, odio, rabia y venganza como los motivos centrales de la acción política».

El ressentiment, escribió Hunter, se basa «en una narrativa de daño o, al menos, de daño percibido; una fuerte creencia de que uno ha sido o está siendo agraviado». Esto es especialmente cierto, sostuvo, cuando el grupo tiene un sentido de derecho a un mayor respeto, a un mayor poder, a un lugar en el grupo mayoritario. Esta postura, advirtió, es una psicología política que se expresa a sí misma con «la condena y denigración de los enemigos en el esfuerzo por subyugar y dominar a los culpables».

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En la explicación de Hunter, la Iglesia (al menos en su papel de activista en la guerra cultural) no resistió esta tendencia, sino que se lanzó dentro de ella de cabeza. Por lo tanto, terminamos con el lenguaje de «recuperar» a los Estados Unidos o «recuperar el control de la cultura». Resulta que todo se reduce a ventilar agravios y hacer demostraciones de fuerza.

Antes de decir: «No hay nada de malo en eso», debemos considerar lo que nos ha hecho, no solo como país sino, lo que es aún más importante, como Iglesia.

En Lucas 4:20-30 (NVI), encontramos ese momento crucial en el que Jesús anuncia su misión. [Debemos preguntarnos], para el resto del mundo, para nuestros propios hijos, ¿nos parecemos más al que pregona las buenas nuevas del «año del favor del Señor», o a las multitudes indignadas ante la sugerencia de que el reino era más grande que su etnia y fronteras nacionales? ¿Nos parecemos más a las turbas que «se enfurecieron» y buscaron venganza al borde del acantilado, o a Aquel que «pasó por en medio de ellos», caminando tranquilamente hacia adelante, con el rostro firme mirando hacia la cruz?

Las acciones de Cristo no tienen sentido en un mundo donde las «demostraciones de fuerza» son necesarias para protegerse de las amenazas. Para una persona que no cree en el Dios viviente, el Sermón del Monte parece débil y la protección de Faraón parece fuerte (Isaías 30:1–2). Si no hay un tribunal, entonces «ventilar los agravios» (apresurándose con estridencia y teatralidad) es la manera de asegurarse de que «Mía es la venganza; yo pagaré» (Romanos 12:19).

Todo lo que tenemos que hacer es redefinir lo que significa «venganza» y a quien se refiere «yo». Entonces podremos evitar nuestro llamado como embajadores de la reconciliación (2 Corintios 5:18-21) y abrazar una misión diferente: una que se sienta mejor, intimide más, recaude más dinero y movilice más multitudes.

Seguro, termina en el camino a la muerte (Proverbios 14:12), pero falta mucho para llegar a la muerte.

¿No es así?

Y, sin embargo, aquí estamos con las Escrituras que se abren paso incluso en algunos de los villancicos que suenan en la tienda de comestibles o en el centro comercial. Herodes es el que «se turbó, y toda Jerusalén con él» (Mateo 2:3). Su rabia y resentimiento no era un signo de fuerza, sino de lo amenazado que se sintió, y de lo asustado, enojado y miserable que se sentía. Él, como el viejo espíritu del Edén, avanzaba «lleno de furor» porque sabía que le quedaba «poco tiempo» (Apocalipsis 12:12). El viejo Herodes todavía habla hoy, con la misma ira y miedo, y con la misma hambre de poder, todavía dice: «ven y sígueme».

Pero nosotros tenemos algo diferente. Se nos ha transmitido una palabra que nos dice: «No tengan miedo. Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo» (Lucas 2:10). Y la señal está en un comedero. La señal está en la mesa de las palomas en los patios del templo (vv. 22–35). La señal es un cuerpo presente en una estaca de ejecución imperial y un cuerpo ausente de una tumba prestada. La señal es lo que parece débil, tonto e «irreal». Ahí es donde está la sabiduría, el poder y la realidad.

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Pero eso requerirá un tipo de poder diferente al de la fuerza darwiniana que nos haga llamar la atención del faraón o césar que queremos que nos proteja. Requerirá un tipo de pertenencia diferente al que surge de odiar a aquellos a quienes las personas de nuestros círculos más cercanos nos dicen que odiemos. Requerirá que seamos personas que realmente crean que lo que llevamos son noticias, que son buenas y que son para todas las personas.

Las demostraciones de fuerza y la ventilación de agravios son agotadoras y desmoralizadoras. Miremos los frutos. ¿Estamos más conectados o más s

olos? ¿Es la luz del evangelio más o menos visible? David Foster Wallace nos advirtió sobre esto: «Adora el poder y te sentirás débil y asustado, y necesitarás cada vez más poder sobre los demás para mantener el miedo a raya».

Tal como sucede con el Festivus, todo parece divertido hasta que observamos el trauma detrás de ello.

Quizás lo que necesitamos no sea una nueva festividad (real o metafórica) para «el resto de nosotros». Quizás lo que necesitemos sea descanso. Quizás lo que anhelamos es el tipo de descanso que no necesita demostrar su capacidad por su autoprotección e influencia. Quizás lo que necesitamos es un testimonio diferente, uno más antiguo, uno que realmente sea buenas nuevas en un mundo donde siempre es Festivus y nunca es Navidad.

Russell Moore dirige el Proyecto de Teología Pública en Christianity Today.

Traducción por Sergio Salazar.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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