El año pasado fue un año marcado por otra vez. Cada nuevo día del 2020 nos preparamos para trabajar otra vez, para dar de comer y educar a nuestros hijos otra vez; las cifras de COVID-19 subían otra vez y otra vez nos preguntábamos “¿Cuándo terminará todo esto?”. A pesar de la llegada de la vacuna, y de la esperanza que trajo el nuevo año, nos despertamos un primero de enero para comenzar una larga espera por la vacuna, con resoluciones tímidas y la nueva cepa del virus llegando a los Estados Unidos. Nos quedamos contemplando cómo pasan los meses de invierno con una incansable monotonía en casa. Pero quizás estos meses intransigentes de la pandemia han revelado algo que no estábamos dispuestos a enfrentar: nuestras vidas están llenas de monotonía y repetición, y esto no cambiará.

Nos equivocamos cuando intentamos evadir una vida marcada por la repetición: esta es una realidad fundamental para el ser humano, y la pandemia simplemente nos hizo más conscientes de ello. Somos criaturas de otra vez; somos creados para el otra vez. Entonces, ¿por qué la repetición es percibida como una maldición en vez de una bendición?

El cristianismo explica esta aparente disonancia. Dios hizo que la creación comenzara a existir y floreciera en un patrón repetitivo (Génesis 1 y 2). Los cielos declaran su gloria, y el sol se regocija al correr su repetitiva carrera (Salmo 19:1-6, LBLA), los ríos baten palmas, y los montes cantan jubilosos (Salmo 98:8); la creación glorifica a Dios a través de su constancia, incluso los humanos, que son las criaturas más preciadas para Dios. Nuestros cuerpos no solo necesitan alimento y descanso diario; también fuimos hechos para encontrar un propósito en conocer y dar gloria a Dios una y otra vez.

Sin embargo, la Caída nos ha hecho resentidos e insensibles, nos ha quitado nuestro gozo en la repetición en vez de dárnoslo. Nos hallamos buscando una salida, aferrándonos a cualquier esperanza que nos prometa consuelo en medio de nuestras vidas monótonas. Debemos aprender a participar con nuestro Dios fiel e imaginativo para redescubrir el deleite de la repetición para la que fuimos creados.

En su libro Ortodoxia, G.K. Chesterton reprende a los adultos por nuestra visión desconectada de la realidad, y afirma que los niños comprenden el corazón de Dios mejor que nosotros. Así como los niños le piden a un adulto “¡hazlo otra vez!” para tener una nueva oportunidad para deleitarse, así el Creador se deleita en formar a una nueva persona, en hacer crecer un nuevo árbol, o en vestir un campo con margaritas una y otra vez, sin cansarse. “Porque la gente grande no es suficientemente fuerte para regocijarse en la monotonía,” escribe Chesterton. “Pero tal vez Dios sea lo bastante fuerte como para regocijarse en ella… porque nosotros hemos pecado y estamos envejeciendo, pero nuestro Padre es más joven que nosotros”.

El mundo de mis hijas gira completamente alrededor de la verdad básica de que yo les daré lo que necesitan, y porque ellas confían en mí, viven en su mundo despreocupadas. El espíritu libre que poseen los niños no es ingenuidad: es una seguridad certera que se nutre de una relación de confianza, el mismo tipo de relación a la cual Dios nos invita día tras día.

Aunque navegar a través de este mundo quebrantando sea parte de crecer, Jesús nos exhorta a que mantengamos un corazón como el de un niño: un corazón que confía en la provisión del Padre (Mateo 6:25-34). Él nos creó para que interactuemos con Él, le presentemos nuestras necesidades, deseemos tener comunión íntima con Él, y nos regocijemos cuando recibimos su provisión otra vez. Así es como mantenemos un corazón de niño: un espíritu libre y firme que confía en el Señor y se regocija en su invitación a confiar en Él otra vez.

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A menudo la edad adulta nos impide ser algo para lo cual fuimos creados: seres creativos que ven un mundo monótono a través de ojos imaginativos. Cuando perdemos el gozo de la rutina, reducimos nuestra capacidad de conocer y reflejar a nuestro Dios, quien se revela a sí mismo en los pequeños ritmos de la vida diaria. El otra vez es el lugar de transformación donde Él elige encontrarse con nosotros, perfeccionarnos y ofrecernos nuevas misericordias cada mañana (Lamentaciones 3:23). Fuimos creados para la repetición.

Aunque para la mayoría de nosotros el aburrimiento de la vida diaria sea devastador, Chesterton afirma que Dios es lo bastante fuerte como para regocijarse en la monotonía, porque se deleita en sostener lo invariable a la vez que crea algo nuevo. Toda la Biblia testifica que Dios se complace en proveer para su pueblo otra vez. Lo vemos en sus pactos, en su disposición para borrar nuestras transgresiones (Salmo 103:12), en sus profetas que, por amor, hablan palabras muy duras (Jeremías 35:15) y en el maná que hacía caer cada mañana (Éxodo 16:4). La culminación del deseo de proveer que tiene nuestro Padre es Cristo mismo.

Jesús pasó la mayor parte de su vida como carpintero, construyendo mesas y sillas, preparando la madera, anotando medidas. Estaba familiarizado con lo cotidiano, y quizás por esta razón los evangelios revelan a un hombre a quien no le molestaba que se le pidiera que sanara otra vez, que enseñara otra vez, que explicara quién era otra vez. Al contrario, nos encontramos con un maestro y sanador infinitamente creativo, entretejiendo parábolas, desplegando su poder a través de diferentes señales, y sanando según la necesidad de cada uno.

En Mateo 13, Jesús cuenta siete parábolas diferentes. Todas excepto una empiezan diciendo: “El reino de los cielos puede compararse a”... una semilla de mostaza, la levadura para la masa, un tesoro escondido. Cada ilustración enseña la misma lección desde una nueva perspectiva para que los oyentes pudieran escuchar y entender. Cuando Jesús sanó al hombre ciego en Marcos 8, escupió en los ojos del hombre, puso sus manos sobre ellos, y cuando la sanación todavía estaba incompleta, puso sus manos sobre sus ojos una vez más. Nuestro Dios ve cada sanidad como una oportunidad para que su reino venga de una manera nueva.

Jesús participó de la repetición de la vida humana a fin de sanar nuestra relación rota con ella. Por medio de su amor constante y paciente por los pecadores, Jesús nos brinda un ejemplo de cómo encontrar gozo y libertad aún en medio de vidas que podrían ser monótonas. Él es el pan de vida deseoso de alimentar cuando da de comer a los 5 mil (Mateo 14), a los 4 mil (Mateo 15), o a sus amigos en el aposento alto (Mateo 26:26). Por su Espíritu que hoy mora en nosotros, también nos capacita para afrontar nuestro trabajo, familias y circunstancias con una imaginación llena de vida nueva.

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A pesar de que mi esposo y yo nos podemos cansar de los otra vez que nos piden nuestras hijas, nuestro Padre no se cansa. Él no se molesta cuando confesamos los mismos pecados o cuando oramos por lo mismo una y otra vez. Él sabe que nos sentimos frustrados por pasar día tras día encerrados en casa, preocupados por la salud y las finanzas.

Después de negar a Jesús, Pedro no fue condenado por no tener fe: por el contrario, fue restaurado. Jesús le repitió tres veces la pregunta: “¿Me amas?” (Juan 21:16-17). Dilo otra vez, Pedro, ¿a quién amas? Jesús quiere escucharlo otra vez, y también eso desea nuestro Padre. Aun cuando ya lo hayamos hecho, quiere que otra vez vengamos a Él, que nos regocijemos en su bondad, que clamemos por su ayuda, y que mantengamos una imaginación avivada por la esperanza del evangelio. Una y otra vez.

Anne Kerhoulas vive en Asheville, Carolina del Norte, con su esposo y sus hijas mellizas, y escribe en Daily Discipleship.

Traducido por Sofía Castillo

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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