Juan Calvino expresó la conocida frase que dice que el corazón es una auténtica fábrica de ídolos. Yo solía pensar que esta era la típica misantropía calvinista, oscura e hiperbólica. Sin embargo, cuanto más pasa el tiempo, más me inclino a aceptar esta afirmación como una verdad seria. Los ídolos son nuestra especialidad. Producimos a un ritmo vertiginoso un surtido extravagante de dioses, deidades y espíritus falsos que hemos inventado a través de los siglos. Zeus, Odín y Marduk son algunos clásicos. Nuestra capacidad para autoengañarnos acerca de la divinidad es admirable, y es tan amplia como la creación misma.

Sin embargo, incluso más impresionante es nuestro panteón de imágenes falsas del Dios vivo y verdadero. No es casualidad que los Diez Mandamientos pasen rápidamente de prohibir la adoración a dioses falsos a reprender la adoración falsa del Dios verdadero. Si bien el primer mandamiento es el principal por una razón, el segundo mandamiento es el más insidioso y el que somos más propensos a quebrantar. Satanás ha sido un mentiroso y asesino desde el principio (Juan 8:44), y su primera treta fue engañar a Eva, haciéndole pensar que Dios era un mezquino (Génesis 3:4–5).

Con frecuencia, nuestros corazones aún caen en ese ardid satánico, y sin darnos cuenta pasamos de confesar “creo en Dios” a hablar “del Dios en el que creo”, hasta hacer la afirmación más atroz y pretenciosa de todas: “Yo nunca creería en un Dios que…”.

Por supuesto, lo más triste es que generalmente ese “Dios” no es más que nuestra propia sombra redimensionada proporcionalmente al tamaño de Dios. En ese sentido, Ludwig Feuerbach, filósofo del siglo XIX y ateo perspicaz, estaba hasta cierto punto en lo correcto cuando dijo que toda teología es en realidad una proyección, una manera indirecta de describir nuestros mejores pensamientos acerca de nosotros mismos.

Sin embargo, Feuerbach no puede llevarse todo el crédito. El apóstol Juan aborda esta tendencia al final de su primera carta con un mandato curiosamente abrupto: “Queridos hijos, apártense de los ídolos” (1 Juan 5:21, NVI). Este parece ser un pensamiento independiente, hasta que nos damos cuenta de que, en realidad, ese ha sido el tema principal de toda su carta. “Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad” (1:5). Juan sabe que la luz, que es Dios Hijo, “vino al mundo, pero la humanidad prefirió las tinieblas a la luz, porque sus hechos eran perversos” (Juan 3:19). Y esta es la forma en la que nos mentimos a nosotros mismos, ¡y en maneras tan variadas y diversas!

Juan sabe que algunos de nosotros queremos tomar el pecado a la ligera y, por tanto, creamos un Dios a nuestra propia imagen, que minimiza el pecado, que raramente juzga y que nunca castiga. Juan nos dice que dejemos de engañarnos. Tal Dios no existe: “Todo el que practica el pecado no lo ha visto ni lo ha conocido” (1 Juan 3:6). Dios es luz: luz pura, brillante, temible y santa que no tolerará la presencia de oscuridad en sus hijos.

A veces creamos un Dios lleno de odio con corazón de piedra, un juez inconmovible, un inspector al estilo de Javert en Los miserables, que lo único que busca es encerrarnos y deshacerse de la llave. Si Dios fuera así, ¿no sería mejor quedarnos en las sombras con nuestros pecados? Sin embargo, Juan también sabe esto y nos recuerda que “si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:9). Venga con humildad y será lavado con la sangre de Jesús. ¿Por qué? Porque Dios es misericordioso. Él es fiel. Él es justo.

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Una manera muy común de amoldar a Dios a nuestro gusto es convencernos de que él está de nuestro lado cuando nos erigimos en jueces sobre otros creyentes, los condenamos y cortamos toda comunión con ellos porque están equivocados acerca de este pequeño detalle doctrinal o de aquella causa social. Pero una vez más Juan nos recuerda que nos amemos los unos a los otros, incluso a los peores de nosotros, porque “el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan 4:8). Y mostró justamente eso en el Hijo, a quien envió para ser la propiciación en la cruz por nuestros pecados más escondidos, oscuros y atroces (v. 10).

Una y otra vez, Juan corrige las numerosas maneras en que somos tentados para desviarnos del Dios vivo y verdadero hacia los ídolos sin vida que hemos hecho de Él. Nos redirige al Hijo de Dios, quien vino a destruir las obras engañosas del diablo (1 Juan 3:8), y nos muestra que podemos conocer a Jesús como aquel que es “el Dios verdadero y la vida eterna” (5:20).

Aún así, el apóstol Juan termina su epístola diciendo: “apártense de los ídolos”. No se dejen engañar por su inclinación a inventar un Dios a partir de falsedades. Si dicen que no tienen pecado, hacen a Dios mentiroso (1:10). En cambio, háganse la pregunta: “¿Qué ídolo me veo tentado a hacer de Dios?” Confiesen con humildad ese pecado y esperen a que el Hijo los limpie. Dejen que la luz de Aquel que es la verdad brille sobre ustedes y disipe toda oscuridad.

Derek Rishmawy es ministro universitario de la Reformed University Fellowship en la Universidad de California en Irvine, y es candidato a doctorado en la Trinity Evangelical Divinity School.

Traducido por Sofía Castillo

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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