Cuando la hondureña llegó al apartamento de Alma Ruth en McAllen, Texas, tomó una ducha.

Ella tenía nueve meses de embarazo y era la primera ducha real que se daba en más de un año y medio desde aquel día de 2019 cuando ella, su esposo y su hijo pequeño huyeron de la violencia que se ha desatado en Centroamérica.

Ella dio gracias a Dios por el agua limpia y caliente, y por las personas que la habían ayudado en el camino.

“Dios siempre nos sorprende con sus milagros”, dijo a CT en español. “El resto de mi vida no será suficiente para agradecerle por todos los milagros que ha hecho por mi familia y por mí”.

La mujer, a la que se le permitió entrar a Estados Unidos en marzo, es una de los 68 000 solicitantes de asilo que ahora tienen permiso para esperar sus audiencias judiciales en Estados Unidos, tras la revocación de los “Protocolos de Protección Migratoria” (MPP, por sus siglas en inglés) de Donald Trump por parte del Presidente Joe Biden.

La política MPP del expresidente, mejor conocida como “Permanezcan en México”, fue suspendida en enero. La administración de Biden le puso fin oficialmente en la primera semana de junio, resultando en una victoria para los solicitantes de asilo, (incluida la mujer que se duchó, quién solicitó que no se utilizara su nombre porque su caso de solicitud de asilo sigue pendiente), y para sus defensores, como la dueña de la ducha, Alma Ruth.

Ruth, fundadora y presidenta de Practice Mercy, está preocupada por los nuevos retos que enfrentarán los solicitantes de asilo una vez en los Estados Unidos. “Terminan una vía dolorosa” dijo, “y comienzan otra”.

Los migrantes en el improvisado campo de refugiados en Matamoros, al norte de México, se encontraban en una especie de tierra de nadie, “ni de aquí ni de allá”, con pocos abogados, pocos trabajadores sociales y pocas misiones cristianas y grupos de apoyo que les ayudaran mientras esperaban para solicitar asilo. Ahora, cuando finalmente salen del campamento y entran a Estados Unidos, ¿caerán aún más en las grietas que hay entre los ministerios cristianos?

La necesidad en los campamentos

Originalmente, Ruth se sintió llamada a ejercer el ministerio alrededor del mundo, trabajando en Cuba y Jerusalén. Con nacionalidad mexicana, se trasladó a la ciudad fronteriza de McAllen en 2012 y empezó su trabajo con la comunidad internacional.

Cuando el programa “Permanezcan en México” comenzó en 2019, Ruth pronto se dio cuenta de que la necesidad en su patio trasero era demasiado grande como para ignorarla. Comenzó a visitar los campamentos a medida que aumentaban de tamaño. Ayudaba a las familias a adquirir artículos de primera necesidad y oraba con los muchos cristianos que estaban desesperados por recibir ánimo espiritual.

Según Ruth, la mayoría de los hispanohablantes que buscan asilo son creyentes. Aquellos que viven en los campamentos han empezado a formar sus propias iglesias, reuniéndose en tiendas de campaña. Pero mientras Ruth iba y venía cruzando la frontera, empezó a preguntarse: ¿dónde estaba la iglesia?

A veces las iglesias y los ministerios donaban artículos más grandes e incluso los visitaban, pero en lo que respecta a una presencia cristiana continua en el campamento de Matamoros, dijo Ruth, la participación era escasa. Esta comunidad desordenada y transitoria no parecía encajar en la mayoría de los planes ministeriales.

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“Se pueden contar con los dedos las organizaciones religiosas que estuvieron involucradas en ayudar al campo de refugiados de Matamoros”, dijo Ruth. “Muchas oportunidades para tomar fotos, pero personas de fe sirviendo semanalmente… se pueden contar con los dedos”.

Una vez en los Estados Unidos, hay más ministerios cristianos que cuentan con sistemas para ayudar a los inmigrantes y sus familias; se reúnen con ellos en las estaciones de autobuses, los contactan con servicios comunitarios y, en algunos casos, ofreciendo ministerios en su propio idioma. Pero para aquellos que están fuera del país, la ayuda ha sido escasa.

Durante la pandemia por COVID-19, incluso las pocas iglesias que visitaban y las misiones a corto plazo dejaron de asistir. Sin embargo, aquellos que estaban comprometidos con los campamentos continuaron yendo y viniendo a diario, orando, entregando alimentos y realizando monitoreos de salud.

Ruth buscó a mujeres y niños, dando especial atención a las mujeres embarazadas, quienes eran especialmente vulnerables durante la pandemia, el intenso calor del verano, las inundaciones provocadas por el huracán Hanna y las peligrosas condiciones de la tormenta invernal Uri. Una mujer dio a luz fuera del campamento. Otra cruzó el río Grande en un colchón de aire durante el parto y tuvo al bebé en una celda de la patrulla de aduanas y fronteras.

Unas cuantas mujeres fieles

La mujer de Honduras cruzó a Estados Unidos con su esposo y su hijo pequeño a finales del 2019. La joven familia esperaba encontrar seguridad y protección en Estados Unidos y vivir cerca de los familiares de su esposo en Minnesota.

De acuerdo con la ley estadounidense, ellos tenían que estar en el país para solicitar asilo, así que cruzaron la frontera, pero la mujer y su familia fueron enviados de vuelta a México con otros miles de solicitantes de asilo donde se sumaron a una masa de gente apiñada y en constante crecimiento, y se les dijo que esperaran.

“Soportamos hambre, frío, calor y racismo durante mucho tiempo” dijo la mujer. “Sufrimos muchas injusticias”.

La poca ayuda recibida no provenía de organizaciones humanitarias bien financiadas, ministerios internacionales o grandes iglesias estadounidenses, sino de personas que habitualmente permiten que sus vidas sean interrumpidas para colarse en las grietas y puntos ciegos que tiene la iglesia, y van en busca de aquellos que están en riesgo de ser olvidados.

Ruth inició Practice Mercy, una organización cristiana sin ánimo de lucro que le permitió recibir apoyo financiero de las iglesias estadounidenses. Ella dice que la iglesia cristiana debe cambiar su forma de pensar acerca de la forma en que ministra a aquellos atrapados en el caótico sistema de inmigración del país, en el que la planificación y la previsibilidad son un lujo.

Cuando la tormenta de invierno Uri cubrió las templadas ciudades fronterizas de hielo y nieve, Ruth trajo mantas a los migrantes. Cuando la mujer de Honduras quedó embarazada, la “hermana Alma” estuvo allí para ayudar.

“Agradezco a Dios por ponerla en nuestro camino” dijo ella. “Ella fue y continúa siendo un ángel para nosotros”.

Cuando el gobierno de Estados Unidos empezó a trasladar a los solicitantes de asilo a Texas, a principios de año, Ruth comenzó a trabajar para llevarlos a su destino. Las donaciones permitieron que su ministerio cubriera los gastos de alquileres de Airbnb mientras los inmigrantes esperaban los preparativos para su viaje. Ocasionalmente, les permitía ducharse en su apartamento.

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“Para muchos de ellos, era la primera vez que tomaban una ducha real en dos años”, dijo Ruth.

Pronto quedó claro que, con la terminación de la política “Permanezcan en México”, habría necesidades adicionales. Los solicitantes de asilo suelen tener familia o amigos que los esperan en una ciudad de destino, pero muchos de ellos son también inmigrantes recientes. Cuando la pandemia devastó el sector de los servicios y la hostelería, muchos de los recién llegados se encontraron en situaciones financieras precarias.

Pocos podían permitirse pagar un viaje en avión o en autobús para toda una familia que necesitaba trasladarse de Texas a Minnesota o a cualquier otro lugar de Estados Unidos, dijo Ruth. “Nos dimos cuenta de que esas redes de apoyo son extremadamente frágiles”.

En las redes sociales, Practice Mercy empezó a difundir peticiones de ayuda en las ciudades estadounidenses de destino de las mujeres y los niños solicitantes de asilo. Ruth pedía ayuda para el viaje de los migrantes, y también que se les brindara apoyo una vez que llegaran.

Cuando a la mujer embarazada de Honduras se le permitió volver a entrar a Estados Unidos en marzo, Ruth se enteró de que estaba a punto de tener a su bebé y que necesitaría un apoyo real, no solo una comida, o un traslado a un albergue. Ruth acogió a la familia en su apartamento y empezó a trabajar para que llegaran a su destino en Minnesota lo antes posible.

Esta vez, Ruth no confió en Instagram, sino que llamó a una colaboradora, Melissa Carey, quien casualmente vivía en la zona de las Twin Cities [Las ciudades gemelas de Minneapolis y Saint Paul].

“Como creyente, estás llamado”

Carey emigró de Perú con su familia a los 10 años. Ella recuerda la sensación de nerviosismo que conlleva recibir el estatus legal temporal. Ella y sus hermanos no se inscribieron en los programas de almuerzo gratuito en la escuela, incluso cuando tenían hambre, porque temían que de alguna manera esto fuera contrario a los términos de su visa.

“Cuando lo has experimentado tú mismo, conoces ese pavor de intentar hacerlo todo bien para que no te echen”, dijo Carey. “Eso controla tu vida”.

Mantener su cabeza agachada es ahora su segunda naturaleza, pero cuando Carey se convirtió en ciudadana hace 11 años, se sintió obligada a defender a aquellos que viven con miedo.

“Como creyente”, dijo ella, “estás llamado a ser la voz de los que no tienen voz”.

Ella comenzó a trabajar como voluntaria y se involucró en una campaña para que los migrantes indocumentados pudieran obtener permisos para conducir. Descubrió que, como cristiana con muchos valores conservadores, podía hablar con algunos legisladores de una manera que otros no podían, y pronto empezó a trabajar con el movimiento de inmigrantes de Minnesota.

Carey, voluntaria y también madre a tiempo completo, ha encontrado un nuevo nicho ayudando a las personas en crisis. Ella responde con regularidad a llamadas de emergencia, ayudando a familias a conseguir comida o refugio para pasar la noche, mientras se pone en contacto con una red de comunidades religiosas para ver si es posible conseguir un apoyo a largo plazo. Cuanta más gente ayuda, más probable será que reciba la siguiente llamada.

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Las emergencias de inmigración no se producen según un calendario, explicó. No hay una base de datos de necesidades y oportunidades regulares que alguien pueda consultar cuando le resulte conveniente. Por el contrario, aquellos que están comprometidos a ayudar deben estar disponibles en todo momento. Tienen que ser constantes en medio de la inconsistencia.

“Debes tomar la decisión de involucrarte en una comunidad y acudir a ellos continuamente”, dijo Carey. “Gran parte del servicio y la ayuda consiste en tener comunión con tus vecinos”.

En marzo, una de esas llamadas de emergencia fue de Ruth, a quien Carey había estado siguiendo y apoyando desde lejos. Ruth le contó a Carey de la mujer embarazada y su familia, y Carey comenzó a buscar ayuda. Llamó a la iglesia Faith City en Saint Paul para ver si ellos podrían cubrir los gastos de los vuelos. Aceptaron hacerlo, y además se comprometieron a seguir apoyando a la familia mientras se instalaba.

Llevó más tiempo encontrar parteras que hablaran español y pudieran brindar a la mujer la atención que necesitaba después de haber pasado todo su embarazo en un campo de refugiados improvisado sin atención prenatal. A Carey no le bastó con encontrar a alguien que le hiciera una revisión médica, dijo. “Ella necesitaba que la cuidaran”.

Carey estableció una conexión justo a tiempo para que las parteras guiaran a la mujer hondureña en un parto difícil que habría sido peligroso tanto para la madre como para el niño sin la experiencia y los conocimientos de las parteras.

“Nosotros, los privilegiados, no nos damos cuenta de los recursos que tenemos”, dijo Carey.

Preocupados por el futuro

Madre e hijo están sanos y salvos, y viven en Minnesota mientras esperan a que el gobierno escuche sus argumentos acerca de por qué no sería seguro para ellos regresar a Honduras.

Los campamentos de larga duración a lo largo de la frontera se han desocupado en su mayor parte, pero siguen existiendo campamentos más pequeños, así como refugios llenos de personas que esperan entrar mientras el gobierno de Biden intenta regular los procedimientos de entrada, que hasta ahora han sido irregulares. La solicitud de asilo es también una parte habitual de la frontera sur de Estados Unidos, y las personas más necesitadas seguirán subiendo a los aviones y autobuses que salen de McAllen, El Paso, San Diego y otras ciudades para empezar una nueva vida en el país.

Ruth y Carey afirman que la iglesia debe desempeñar un papel más activo tanto en las crisis agudas como en el caos a largo plazo del proceso de asilo, donde los retrasos en los tribunales y las prácticas de detención mantienen a las familias en un limbo de desconexión durante años.

Dicen que aquellos que quieran participar en el ministerio a los “más pequeños” tienen que ser flexibles y fieles, próximos y consistentes, conscientes de las necesidades y recursos de la comunidad, y dispuestos a hacer llamadas solicitando ayuda.

Para la mujer embarazada, bastaron unos cuantos cristianos fieles para marcar la diferencia.

“Doy gracias a Dios por las hermosas personas que nos han ayudado tanto y siguen haciéndolo”, dijo. “Dios siempre nos sorprende”.

Traducción por María Stephania Vélez

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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