San Agustín dijo que hay una manera de verificar o comprobar si comprendemos o no la Biblia. Si la lee bien, dijo, producirá “un amor doble: a Dios y al prójimo”.

De hecho, “quien encuentre allí (en la Biblia) una lección útil para la edificación de la caridad, aun si no ha dicho exactamente lo que el autor tenía la intención de demostrar en ese lugar, de ninguna forma se ha engañado, ni está mintiendo de ninguna manera”. [Caridad o amor, en referencia a 1 Corintios 13:1-3. Algunas traducciones dicen amor, otras caridad.]

Leí estas palabras en su libro Sobre la doctrina cristiana en el otoño del 2008 y supe que tenía un problema. Había pasado los dos años anteriores estudiando Exégesis Bíblica en Wheaton College Graduate School, y no estaba seguro de que toda mi formación en hebreo, griego y exégesis hubiera fomentado ese “doble amor” en mí. Entendía la importancia de la Escritura, sabía que era inspirada por Dios, pero ¿había permitido que me influenciara de la manera en que debía?

No pensaba que el problema fuera mi griego o hebreo. Sabía que tampoco lo eran las Escrituras mismas. Sospechaba que era mi teología.

Me enseñaron todos los versículos que explican cómo la Palabra es inerrante, infalible, inspirada y más cortante que una espada de dos filos, pero estas palabras parecían estériles y estáticas al describir el libro que sabía que era diferente a todos los demás libros. Las pruebas de la inspiración bíblica eran lo suficientemente sólidas, pero no tenía una imaginación social dinámica para animar mi vida cristiana hacia el estudio y la devoción.

Agustín tenía razón: debería amar más a Dios y a mi prójimo después de leer las Escrituras. Entonces, ¿cómo sería esto? ¿Habría un paradigma bíblico —y no solo versículos que sirvieran para fundamentar doctrina— que pudiera ayudarme? Encontré un camino a seguir en Juan 5.

En Juan 5:1-18, Jesús sana a un hombre en Betesda que estuvo enfermo durante 38 años. Fue en sábado, lo que generó controversia. Jesús respondió dando testimonios de quién es Él realmente. No testificó sobre sí mismo, ya que “Si yo testifico en mi favor, ese testimonio no es válido” (Juan 5:31, NVI). En cambio, como lo requiere Deuteronomio 19:15, llamó a testigos.

Primero, está Juan el Bautista, que “él dio un testimonio válido” (Juan 5:33). En segundo lugar, la “tarea que el Padre me ha encomendado que lleve a cabo... es la que testifica que el Padre me ha enviado” (Juan 5:36). En tercer lugar, Jesús dijo: “el Padre mismo que me envió ha testificado en mi favor” (Juan 5:37).

Finalmente, Jesús dijo que las mismas Escrituras apuntan a Él. Aquí, creo, Jesús ofrece un ajuste importante a mi punto de vista, (y creo que el punto de vista evangélico estándar) de lo que significa “entender correctamente las Escrituras”.

Él dice: “Ustedes examinan las Escrituras porque piensan tener en ellas la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio de Mí! … Porque si creyeran a Moisés, me creerían a Mí, porque de Mí escribió él” (Juan 5:39 y 46, NBLA).

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No es suficiente decir simplemente que la Escritura es infalible. Debemos entender su propósito y referente último. Jesús está diciendo en este texto que sus contemporáneos no pudieron entender su ministerio, porque entendieron mal la naturaleza referencial de las Escrituras. Se trata de Él. Moisés y todos los profetas escribieron sobre Él. De la misma manera, malinterpretamos las Escrituras si pasamos por alto el hecho de que están testificando acerca del Cristo que vino, murió y resucitó.

Somos tan propensos a malinterpretar el propósito de la Escritura como las personas en el primer siglo, (o tal vez más).

Necesitamos recuperar el testimonio de la Biblia. Cualquier uso de la Palabra que no concuerde con su propósito testimonial será insuficiente, puesto que no alcanzará el propósito mismo de las Escrituras.

Recuperar esta teología de la Escritura como testimonio de Cristo podría cambiar nuestra vida cristiana de dos maneras. Primero, podría recordarnos que amamos la Biblia porque amamos a Jesús, y animarnos a sumergirnos de nuevo en las Escrituras.

Una marca distintiva de los cristianos que dan prioridad a la naturaleza primaria de las Escrituras como testimonio será su inmersión en las Escrituras porque aman a aquel de quien testifican. Somos increíblemente privilegiados de tener el testimonio escritural completo de la persona y obra de Cristo, incluidos los evangelios y el testimonio apostólico completo del Nuevo Testamento. Como Thomas Cranmer oró con elocuencia hace tanto tiempo, debemos “leer, marcar, aprender y digerir internamente” las Escrituras.

En segundo lugar, podríamos seguir los pasos de Juan el Bautista, quien fielmente dio testimonio de Cristo como dijo Jesús en Juan 5:33.

Recuerdo el famoso retablo de Isenheim, pintado por Matthias Grünewald. En él, Juan el Bautista está representado en la crucifixión (una imagen descabellada y maravillosamente anacrónica, ya que Juan fue decapitado mucho antes de la muerte de Cristo), y él está de pie a un lado, con un dedo huesudo apuntando a Jesús. Allí encontramos las palabras: “Él debe crecer, pero yo debo disminuir”.

¿Qué hay en su otra mano? Una Biblia abierta. Este, creo, es el patrón que se supone que debemos imitar. Como Juan, con las Escrituras en una mano y señalando a Cristo con la otra, somos hechos para dar testimonio de Cristo. Toda nuestra lectura, estudio, lucha, debate, vida y hasta nuestra muerte puede estar animada por esta tarea: testificar de Cristo.

Y luego, como nos enseña Agustín, es fácil comprobar si hemos comprendido bien las Escrituras: ¿Tengo un doble amor por Dios y por mi prójimo?

Si no tengo caridad…

Traducción por Sergio Salazar

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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