El apóstol Pablo es el más grande apóstol y misionero plantador de iglesias que el mundo haya conocido. Decidió levantar iglesias en todo lugar donde no se conociera el nombre de Cristo. Con gran riesgo para su persona, entraba en ciudad tras ciudad para proclamar el evangelio y organizar a los conversos en iglesias.

Sin embargo, el gran apóstol no logró todo esto solo. Pablo siempre trabajó en equipo. Para deleite de algunos y consternación de otros, los equipos de plantación de iglesias de Pablo incluían mujeres. Cuando escribió a los cristianos de Filipos, les indicó que ayudaran a Evodia y Síntique. Pablo describe a Evodia y Síntique como mujeres que “que han luchado a mi lado en la obra del evangelio, junto con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida” (Filipenses 4:3, NVI).

Si bien Pablo no especifica su función exacta, estas mujeres trabajaron lado a lado como iguales con Pablo, y su trabajo no era auxiliar ni de apoyo, sino trabajo en el evangelio. Pablo las consideraba con el mismo título que a menudo usa para referirse a sus compañeros masculinos en el ministerio: “colaboradores” (Romanos 16:3; 1 Corintios 3:9; Filemón 1:24).

Como observa Michelle Lee-Barnewall en Ni complementaria ni igualitaria: “El enfoque en la autoridad, el liderazgo, la igualdad y los derechos tiende a conducir a respuestas de sí o no que no provocan cuestionamientos más profundos”.

A medida que los cristianos continúan debatiendo [enlaces en inglés] el papel de la mujer en el ministerio, debemos preguntarnos por qué la iglesia de hoy no tiene más equipos compuestos de hombres y mujeres como los de Pablo. Necesitamos preguntarnos por qué los debates típicos sobre las mujeres y sus roles terminan con mujeres excluidas de áreas de servicio que la Biblia no prohíbe en ninguna parte. Necesitamos hacer preguntas más profundas sobre cómo consideramos a las mujeres que sirven en equipos ministeriales.

Me temo que los debates contemporáneos oscurecen una verdad vital: las mujeres son esenciales para cumplir la Gran Comisión. Sus vidas y ministerios no son agradables, pero son necesarios, como bien lo ha observado con frecuencia la maestra bíblica Jen Wilkin. O como Aimee Byrd sostiene en No Little Women [Ningunas mujercitas], nuestras hermanas son “aliadas necesarias” en la obra que Dios le ha dado a la iglesia. Sin duda, las últimas palabras del Señor en Mateo 28:19–20 se aceptan como un mandato para toda la iglesia, tanto mujeres como hombres.

Quizás muchas de nuestras iglesias son ineficaces en el avance de la Gran Comisión precisamente porque hemos dejado de lado a la mitad del Cuerpo de Cristo. En 2011, comencé a interceder por la participación sustancial de las mujeres en el trabajo ministerial. En ese momento, creo que veía los problemas con más claridad que lo que veía cualquier solución. Pero después de años de escándalos de abuso sexual e infantil y de respuestas evangélicas cada vez más misóginas, patriarcales y mezquinas hacia las mujeres, ese primer diagnóstico ahora parece anticuado. La necesidad de aumentar las oportunidades de liderazgo de las mujeres me parece más urgente que nunca.

Así que cuando plantamos la iglesia Anacostia River en 2015, nuestro primer ministerio como ancianos fue reunirnos mensualmente con las mujeres mayores de nuestra congregación, no solamente para discipularlas en el espíritu de Tito 2:1-3, sino también para darles la oportunamente de influir sobre nuestras vidas y ministerios.

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Su sabiduría e intuición bíblicas han demostrado ser invaluables. Fueron las mujeres mayores las que sugirieron que los ancianos asistieran a las reuniones de mujeres para que estas pudieran tener un mayor acceso a los pastores. Asistimos no como maestros, sino como estudiantes y hermanos, beneficiándonos del compañerismo y los dones de nuestras hermanas. Las mujeres constituyen la mayoría de nuestros diáconos y brindan una guía invaluable a la iglesia. Nos hemos comprometido, Dios mediante, a hacer que nuestro próximo par de miembros del personal sean mujeres con salarios equitativos, la primera de las cuales debería ser contratada este verano.

No tenemos todo resuelto todo aún, pero los pastores y la congregación han tratado de hacer del florecimiento de nuestras hermanas una prioridad teológica y práctica. Eso ha significado deshacerse de las dudas basadas en el miedo que nos inclina más a restringir a las mujeres que a promoverlas. También ha significado tomar en serio cuán culturalmente influida está gran parte de la enseñanza del complementarismo, y recuperar las perspectivas de las mujeres en las comunidades de iglesias negras y morenas.

A decir verdad, nuestras hermanas suelen estar al frente del avance del Evangelio donde el trabajo es más difícil. Eso es cierto en el campo misionero, ya que diversos grupos, desde Misión para el Interior de África hasta YWAM [conocida como JUCUM, Juventud con una Misión en los países de habla hispana], informan que las mujeres constituyen el 80 por ciento de las personas solteras dispuestas a ingresar en el servicio misionero. También es cierto en los barrios negros y morenos más desfavorecidos, donde la membresía en las iglesias locales es predominantemente femenina, y muchas iglesias plantadas están encabezadas por mujeres.

En The Crete Collective [El Colectivo de Creta], una red de plantación de iglesias que se lanzó el año pasado para llegar a los barrios negros y morenos olvidados, también tomamos la decisión de priorizar el liderazgo de mujeres piadosas. Creemos que esta prioridad es una corrección necesaria a años de restricción extrabíblica en espacios cristianos conservadores, restricciones que a veces superan hogares e iglesias y se extienden a casi todas las áreas del esfuerzo cristiano.

Nuestra primera contratación a nivel ejecutivo es Dennae Pierre, quien no solamente aporta experiencia en la plantación de iglesias y el liderazgo de redes, sino también su perspectiva como latina cristiana e inmigrante. Dar prioridad al liderazgo de las mujeres también significa incluir más mujeres en la junta directiva a medida que crecemos. Y significa enfocar nuestra capacitación en equipos que invitan y dan la bienvenida a mujeres en lugar de apuntar únicamente a pastores masculinos y plantadores líderes.

Muchos esfuerzos de plantación de iglesias asumen un molde cultural blanco de clase media, pero cuanto más profundamente llevamos el evangelio a las comunidades pobres, olvidadas, negras y morenas, menos aporta ese modelo o satisface las necesidades de esas comunidades. En realidad, si no se examinan los supuestos culturales y de clase, incluso plantadores e iglesias bien intencionadas pueden dañar a las comunidades y verse obstaculizadas en sus esfuerzos por evangelizar y servir a sus comunidades.

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En una época de problemas sociales y políticos marcadamente divisivos, necesitamos desesperadamente más liderazgo de las partes más diversas del Cuerpo de Cristo, especialmente de mujeres negras y morenas, de las comunidades de inmigrantes y de los pobres de entre nosotros.

Mujeres líderes como Christina Edmondson y Michelle Reyes han ayudado a que la plantación de iglesias sea más consciente y sensible a la salud mental, la competencia cultural, el antirracismo, la justicia y la misericordia, tanto dentro de sus iglesias locales como en la iglesia en general. Y un sinnúmero de mujeres que no tienen seguidores a nivel nacional han realizado el trabajo de evangelización, han dirigido el culto público, han brindado consejería bíblica, han ofrecido diversas formas de capacitación, han usado sus dones administrativos y simplemente se han puesto a disposición dondequiera que haya necesidades.

La presencia, la fe, el coraje y la perseverancia de nuestras hermanas en contextos difíciles proporciona el punto de apoyo más seguro que tenemos para llegar a las personas ignoradas. Nuestras hermanas pueden llegar mejor a los hogares encabezados por mujeres solas, que existen en gran número en los Estados Unidos. Pueden proporcionar un liderazgo y una atención más empática en comunidades llenas de traumas complejos y agudos. Y en un ambiente eclesial plagado de escándalos de alto perfil entre pastores, nuestras hermanas pueden ser una fuente muy necesaria de conocimiento, responsabilidad y salud en nuestra cultura de liderazgo.

Las disparidades actuales de financiación en la plantación de iglesias afroamericanas e hispanas también podrían apuntar a la necesidad de tener más mujeres en el liderazgo. Puede ser que el liderazgo y las habilidades, a veces no reconocidas y no remuneradas, de las mujeres negras y morenas proporcionen un subsidio oculto a la fundación de iglesias en contextos étnicos y, a veces, desatendidos.

Podemos beneficiarnos del liderazgo de las mujeres de todas estas formas y más, creamos o no que las mujeres puedan o deban ocupar el cargo de pastoras. El florecimiento de la mujer es bueno para el florecimiento de la iglesia y la comunidad.

Nuestras hermanas tienen mucho que enseñarnos si las escuchamos y les damos oportunidades genuinas de liderazgo. Apolos aprendió de Priscila y Aquila, los compañeros de ministerio y colaboradores de Pablo. La iglesia romana aprendió de Febe, a quien Pablo elogió como diaconisa y benefactora (Romanos 16:1-2). ¿De qué mujeres estamos aprendiendo hoy?

Thabiti Anyabwile es pastor de la iglesia Anacostia River y presidente de la junta de The Crete Collective.

Traducción por Iván Balarezo

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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