El Día de los Muertos es una fiesta mexicana que también se celebra en muchas comunidades estadounidenses. Tiene sus raíces tanto en las celebraciones católicas del Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos, así como en creencias indígenas mexicanas sobre los muertos.

Según la antigua religión de México, las tradiciones del Día de los Muertos (o Día de Muertos) ayudan a los espíritus de los difuntos a regresar a sus familias, los mantienen felices y previenen las dificultades que los muertos podrían infligir a los vivos. Las celebraciones varían según la región, pero tienen mucho en común: altares con ofrendas a los familiares difuntos, caramelos en forma de calavera, caléndulas (conocidas en México como «flores de cempasúchil»), incienso, veladoras y comida; cementerios a la luz de las velas; adornos de papel picado y calaveritas por doquier.

CT preguntó a algunos cristianos que sirven en el ministerio en lugares donde se celebra el Día de los Muertos: «¿Pueden los cristianos participar en esta celebración en buena conciencia? Si es así, ¿cómo?».

Sally Isáis (Ciudad de México, México): Los cristianos no deberían participar en absoluto, dada la naturaleza de la festividad.

Cada año, a finales de octubre y antes del Día de los Muertos, mis padres recibían una nota de mi escuela en la Ciudad de México que decía: «Si su hija no trae su parte para la ofrenda del salón, reprobará la clase de civismo».

Mi madre decía: «Lo siento, pero como cristianos evangélicos, no podemos ser parte de esta celebración, aunque eso signifique que Sally no apruebe el curso». Entonces le preguntaba a la profesora si había alguna forma de que yo pudiera compensar mi falta de participación. Algunos años simplemente no aprobaba el curso; otros, se me permitía presentar algún otro proyecto. A mis compañeros siempre les molestaba que no colaborara en la decoración del altar del Día de Muertos de la clase. Mis hijos tuvieron experiencias similares en las escuelas de la Ciudad de México.

Algunas personas ven el Día de los Muertos simplemente como una forma de arte cultural mexicana y una celebración familiar colorida, decorativa y dramática. Incluso algo romántica. Sin embargo, hay un lado espiritual oscuro en la festividad que ha venido creciendo constantemente y se ha vuelto más evidente y desenfrenado.

Al igual que otros evangélicos en México, creo que el Día de los Muertos consiste en honrar a la muerte —no solo a los muertos— y en participar (consciente o inconscientemente) en prácticas ocultas que Dios le prohíbe a su pueblo (Deuteronomio 18:10-14).

Pedí a otros líderes evangélicos mexicanos que opinaran, y fueron consistentes en su visión al respecto. No he encontrado a ningún cristiano evangélico en México que participe activamente en esta tradición en la que nuestra cultura, como la del profeta Daniel, nos empuja a comprometer nuestra adoración al único Dios verdadero.

«Bajo ninguna circunstancia un creyente verdaderamente nacido de nuevo debe celebrar el Día de los Muertos», dice Victoriano Báez Camargo, líder pastoral y exdirector de la Sociedad Bíblica Mexicana.

El pastor Cirilo Cruz, presidente de la Fraternidad Nacional Evangélica de México, afirma: «Todo altar de muertos tiene ídolos. Daniel decidió no contaminarse con las cosas que se les ofrecían».

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Gilberto Rocha y su esposa, Clara, pastores de la megaiglesia Calacoaya, dicen que la normalización del Día de los Muertos no debe ser un factor que cambie nuestra opinión: «Nuestra base debe ser la Palabra de Dios y no la cultura o lo que está de moda».

«Nuestra participación durante estos días debe ser de testimonio», dice Cruz. Muchas iglesias evangélicas celebran reuniones de oración que duran toda la noche y realizan esfuerzos de evangelización durante estos días especialmente oscuros.

En el centro de las objeciones de muchos cristianos mexicanos con respecto al Día de Los Muertos está su celebración de la muerte. «Esta celebración es en realidad el culto a la muerte. Jesús nos enseñó a celebrar la vida y que la muerte no tiene la victoria», dice Camargo.

Los Rocha señalan que «las Escrituras son muy claras con respecto a la muerte: es el último enemigo que será destruido (1 Corintios 15:26). No podemos celebrar a nuestro enemigo. Debemos elegir entre la vida (una bendición) y la muerte (una maldición)».

«La única muerte que celebramos los cristianos es la de nuestro Salvador y la vida que su sacrificio nos ha proporcionado. Celebramos a Jesús, el Pan de Vida, no a los muertos. Participamos en la mesa de Cristo, no en la de los demonios» afirma la pastora Edna Porras.

Los creyentes no deben participar en el Día de los Muertos. Hacerlo es jugar con fuego. Durante los días de la celebración del Día de los Muertos, los cristianos aprovechamos para celebrar y compartir la vida que Jesucristo —quien venció a la muerte— nos ofrece.

Sally Isáis es directora de Milamex, un ministerio sin fines de lucro que guía y empodera a los mexicanos en su llamado a caminar junto a la Iglesia y servir a Cristo en todas las áreas de la vida.

Heidi Carlson (San Diego, California): Los cristianos deben evitar el culto a los ancestros, pero podemos llorar con los que lloran.

No nací en una familia que participara en los rituales del Día de los Muertos. Así que, cuando me di cuenta de que tenía que preparar a mis hijos para las festividades en nuestro barrio de San Diego, el contexto en el que me basé principalmente fue mi crianza en África.

En nuestra comunidad de Sherman Heights, en San Diego, se celebran las festividades del Día de los Muertos más tradicionales de la región, en las que el centro comunitario local alberga una sala de altares y los residentes participan en una procesión a la luz de las velas. La gente monta altares en sus patios delanteros con velas, ofrendas y fotos. Estos altares, cuidadosamente elaborados, son más frecuentes en nuestros paseos nocturnos que las telarañas falsas u otras decoraciones de Halloween.

En Mozambique, donde crecí, el culto a los ancestros desempeñaba un papel importante en la vida de la gente. En el culto a los antepasados [enlace en inglés], no se honra simplemente a los muertos; el objetivo es apaciguar sus almas, ya que pueden mejorar o empeorar la vida de los vivos. Los antepasados son venerados como entidades espirituales que se comunican con su familia en la tierra y actúan como mediadores ante un dios lejano. Son una presencia en la vida cotidiana. El miedo es un tema común en el culto a los antepasados.

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Para la gente de todo el mundo, honrar a los antepasados puede convertirse en una religión llena de miedo. En las culturas en las que la veneración de los antepasados forma parte integral de la identidad cultural, los cristianos que no participan en los rituales a menudo se arriesgan a ser perseguidos. Su aparente falta de veneración a los antepasados puede traer vergüenza y mala fortuna a la familia. Es un aparente rechazo de su identidad cultural.

Teniendo esto en cuenta, mi instinto siempre fue permanecer alejada y no participar en ningún evento del Día de los Muertos en nuestro barrio. Pensé que estar presente en los eventos podría representar un conflicto en mi testimonio cristiano, pues hay quienes podrían pensar que apoyo tácitamente el culto a los ancestros si participo en esas actividades. Pero las personas que hacían estas celebraciones eran nuestros vecinos, nuestra comunidad. ¿Cuál era nuestra vocación en este contexto?

Una vez, durante un paseo nocturno, nos encontramos con un vecino sentado en el pórtico de su casa, preparando cuidadosamente un altar. Sus escalones delanteros estaban revestidos con un hermoso arreglo de flores y velas, intercalado con fotos familiares enmarcadas. Él nunca había hecho un altar, pero su padre había fallecido el año anterior, así que este año quería recordarlo. Con alegría, señaló fotos y compartió recuerdos. Para este vecino, el altar funcionaba como un monumento conmemorativo.

Me enteré de que para muchos residentes, el Día de los Muertos es una fiesta de recuerdo. Compartir historias y el acto de recuerdo comunitario puede ser un evento significativo. El Día de los Muertos en Sherman Heights es también un festival que celebra la herencia cultural.

La secularización y la comercialización han hecho que se pierda de vista su conexión con el ocultismo y el culto a los antepasados, del mismo modo que muchos de los que celebran Halloween no participan en un ritual pagano.

Sin embargo, no se puede negar el fuerte componente espiritual del Día de los Muertos. Algunas personas, incluso las que asisten a la iglesia, oran a sus familiares muertos y dejan ofrendas de comida, por temor a lo que ocurrirá si no lo hacen.

Mezclar el cristianismo con otras prácticas y llegar a creer que seremos salvos por las obras puede ser un sincretismo evidente cuando juzgamos a los demás. Pero hay formas en las que también puedo ser sincretista, confiando en Jesús y en otra cosa, que no son tan diferentes espiritualmente de una ofrenda a un familiar muerto.

No importa en qué lugar del espectro se encuentren quienes celebran el Día de Muertos o cómo lo celebren sus vecinos y su comunidad, esta no es una fiesta a la que se deba temer. Cuando veo la calavera sonriente, pienso en las palabras de Pablo: «“¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. ¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!» (1 Corintios 15:55-57, NVI).

Cuando el vecindario se engalana con calaveras de azúcar, velas y macetas de caléndulas, me involucro, preguntando a mis vecinos sobre los familiares queridos fallecidos y compartiendo la alegría de sus recuerdos.

Y quizás tenga la oportunidad de compartir con ellos la alegría y la seguridad que tenemos nosotros porque servimos al Dios de los vivos, no de los muertos; el Dios que nos acoge, no por los rituales que realizamos, sino por la obra que Él hizo en la cruz.

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Heidi Carlson es una escritora que ahora vive en el Reino de Bahrein con su marido y sus cuatro hijos.

Alexia Salvatierra (Pasadena, California): Este es un tema en el que los cristianos podemos estar en desacuerdo, siempre y cuando pongamos la salud espiritual de nuestros vecinos en primer lugar.

Pablo tuvo que enseñar a la iglesia primitiva más de una cuestión moralmente espinosa. En lugar de presentar una lista de lo que se debe y no se debe hacer, el apóstol planteó un principio teológico más fundamental: ¿Cómo afectará esta elección a tu prójimo?

«“Todo está permitido”, pero no todo es provechoso. “Todo está permitido”, pero no todo es constructivo. Que nadie busque sus propios intereses, sino los del prójimo» (1 Corintios 10:23-24).

Como luterana, entiendo las fiestas de la iglesia como recordatorios físicos de principios espirituales: útiles para las personas con cuerpo, para quienes el aprendizaje se refuerza con la experiencia física. El Día de Todos los Santos —una de las tradiciones de las que procede el Día de los Muertos— es un vehículo para transmitir el mensaje bíblico de que el cuerpo de Cristo es a la vez terrenal y celestial, proporcionando un momento de tranquilidad, un sentido de apoyo y un regalo de perspectiva.

Por supuesto, el Día de los Muertos no es el Día de Todos los Santos. Para algunos, es una forma de culto a los ancestros o una excusa para una fiesta de borrachera. Para otros, es un momento para recordar a los seres queridos y valorar el regalo de la familia.

Yo nací en Los Ángeles, en el seno de una familia que procedía de la tradición socialista y antieclesiástica de México, que consideraba que dicha fiesta fomentaba la superstición. Finalmente me convertí al cristianismo con el Jesus movement de los años 70.

Me uní a iglesias evangélicas de habla hispana que consideraban que la fiesta promovía una peligrosa distorsión de la vida después de la muerte, que distraía a la gente de las consecuencias eternas de aceptar o rechazar a Jesús como Señor y Salvador, y que fomentaba creencias paganas.

Cuando me convertí en pastora luterana, me encontré con un debate entre pastores que compartían la perspectiva anterior y otros que pensaban que la fiesta era una práctica cultural positiva por su énfasis en el valor de la familia y el respeto a los mayores, resaltando incluso su utilidad como herramienta de enseñanza.

¿Cómo deben responder los cristianos? ¿Participamos en los mejores aspectos de la fiesta e ignoramos los peores? ¿Nos ausentamos y la denunciamos? En el contexto luterano hispano, así como en la comunidad del Centro Latino del Seminario Teológico Fuller, podemos encontrar ambas perspectivas.

En última instancia, se trata de una cuestión de evangelismo: ¿Cómo podemos proclamar el Evangelio con palabras y hechos para que el amor de Cristo y el camino de Cristo sean experimentados y nombrados?

Por ejemplo, Martín Lutero utilizó la melodía de una famosa canción alemana para su himno característico «Una fortaleza poderosa es nuestro Dios», porque quería comunicar el concepto de Emanuel —Dios con nosotros— en medio de nuestras vidas, en cada rincón humano oscuro que necesita su misericordia y su luz.

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A veces, en el Libro de los Hechos, Pablo señaló la presencia de Dios en lo familiar y lo utilizó como señal para llevar a la gente al conocimiento salvador de Cristo. Otras veces, denunció el culto a los ídolos y las prácticas culturales pecaminosas.

En todas las culturas que conozco bien, la gente honra la memoria de sus familiares muertos. No puedo imaginar por qué consideraríamos eso en sí mismo como un pecado. En cuanto a los altares o santuarios del Día de los Muertos, construir un santuario es pecaminoso o no dependiendo de a quién se esté adorando allí. Si se adora a un ídolo, entonces es un pecado. Si se adora a Dios, no lo es.

Sin embargo, en el contexto latinoamericano, un cristiano tendría que hacer un trabajo intencional para aclarar que la imagen de un familiar en un santuario del Día de los Muertos no estaba siendo tratada como un ídolo.

Es posible utilizar el Día de los Muertos como una ocasión para predicar sobre la familia terrenal y la celestial, para hablar de la vida eterna, para preguntar qué se necesita para reírse de verdad de la muerte, y tal vez incluso para hacer todo eso en la mesa en la que celebran los «recaudadores de impuestos y pecadores» (Marcos 2:15-16).

También es posible utilizar el Día de los Muertos para hablar de cómo separarse del mundo y buscar una vida de pureza y fidelidad, encarnando la Palabra en la negativa a participar.

Participar o no en la fiesta es una cuestión de discernimiento en el contexto, utilizando el principio rector del amor al prójimo. Este es un ejemplo de lo que Martín Lutero llamó adiaphora, un tema sobre el que los cristianos fieles pueden estar en desacuerdo sin romper la unidad por la que Jesús oró.

Alexia Salvatierra es decana académica del Centro Latino del Seminario Teológico Fuller y pastora ordenada desde 1988.

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel

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