Hace años, yo era parte del equipo editorial de una revista publicada por una organización cristiana conservadora. Debido a que el nombre de la organización estaba en la cabecera, la reputación de la misma estaba asociada con las ideas y los autores que aparecían dentro de sus páginas. Algunos de nuestros lectores también eran donantes que, de vez en cuando, se quejaban cuando el «pedigrí» de un autor o la naturaleza de las ideas expresadas no parecían estar en línea con la perspectiva teológica que distinguía a la organización.

El resultado era bastante predecible. Algunos de mis amigos bromeaban diciendo que nuestro lema debía ser: «La revista que no tienes que leer para saber lo que va a decir».

A los escritores, al igual que ocurre con compositores u otros artistas, se les regaña cuando se repiten mucho. Especialmente hoy en día, cuando se trata de expresión creativa, la novedad es valorada por encima de todo lo demás.

Sin embargo, enfocarse en exceso en la originalidad hace que perdamos de vista un principio básico de lo que posibilita la originalidad en primer lugar: concretamente, los fundamentos. Esa es la razón por la que los chelistas más destacados siguen practicando horas de escalas y otros ejercicios técnicos y la razón por la que Michael Jordan practicaba tiros libres hasta que podía encestarlos con los ojos cerrados. Solo por medio de la confianza que se construye a través de la repetición infinita los grandes intérpretes se sienten libres para improvisar melodías o para deslumbrar en la ofensiva de maneras que demuestran sus dones únicos e individuales.

En lo que respecta a la fe, la repetición también es una virtud. Esto es precisamente lo que las Escrituras demandan de la iglesia. En Primera de Corintios 1:10, el apóstol da un mandamiento: «Les suplico, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos vivan en armonía y que no haya divisiones entre ustedes, sino que se mantengan unidos en un mismo pensar y en un mismo propósito» (NVI).

En griego, la idea es que deberíamos «hacer todos lo mismo». Este lenguaje, sacado del ámbito político, no nos llama a hablar al unísono, sino que llama a la armonía a través de un acuerdo con la verdad. En la fe existen ciertos fundamentos, y nosotros hemos de trabajar juntos para interiorizarlos y reforzarlos si queremos que la iglesia ejerza su efecto en el mundo a mayor escala.

En una era que celebra la diversidad, eso podría parecer una desventaja. Sin embargo, difícilmente sería un nuevo correctivo. En Si Dios no escuchase (Cartas a Malcolm), C. S. Lewis se queja de que las iglesias en aquellos días estaban demasiado interesadas en la innovación. «Creo que, como legos, nuestro trabajo es tomar lo que nos es dado y sacar lo mejor de ello», dijo Lewis. «Y creo que [nuestra labor] nos resultaría mucho más fácil si aquello que se nos diera fuera siempre y en todo lugar la misma cosa».

Doctrinas de diseñador

Esta capacidad para decir las mismas cosas está en el núcleo de la noción bíblica de la unidad de la iglesia. Pero, para hacerlo, la iglesia primero debe escuchar las mismas cosas. Aunque es cierto que una buena enseñanza a veces imparte nueva información, a menudo consiste más en que se nos recuerde y se nos muestre cómo aplicar cosas que ya sabemos. La directriz de Pablo a Timoteo fue: «No dejes de recordarles esto» (2 Timoteo 2:14).

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En la cultura contemporánea hemos llegado a ver la unidad como una emoción en vez de una convicción. Buscamos maneras de tener buenos sentimientos hacia todo el mundo. No obstante, cuando Pablo les dijo a los corintios que estuvieran de acuerdo unos con otros, no estaba escribiendo acerca de un sentimiento, sino más bien de una confesión. El llamado bíblico a la unidad es un llamado a estar en paz, sí, pero no paz a cualquier precio. Aquellas cosas en las que se espera que la iglesia esté de acuerdo ya están definidas: son cuestiones que tienen que ver con la verdad.

Cualquier llamado a la unidad basado en el acuerdo con la verdad es difícil de vender en estos días. La verdad ampliamente aceptada en la modernidad es que la gente puede cultivar su propia verdad. Aceptamos o rechazamos «verdades» basándonos en cómo nos sentimos con respecto a ellas. Si una nos hace sentir cómodos, la aceptamos; si no, la consideramos falsa.

Como resultado, ya no pensamos en términos de teología, sino de teologías. No celebramos «una sola fe» como lo dice Efesios 4:5. En cambio, hemos visto la fragmentación de la iglesia en innumerables teologías. En vez de apreciar la belleza de una fe común sostenida por personas de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, como se describe en Apocalipsis 7:9, la iglesia contemporánea ha invertido el énfasis: una teología para cada tribu, identidad sexual e interés político.

En consecuencia, nuestra celebración de la diversidad dentro de la iglesia está en peligro de desintegrarse en facciones, cada una con su versión de «fe de diseñador». En el esfuerzo por reconocer y celebrar la diversidad, la iglesia corre el riesgo de olvidarse de aquellas áreas cruciales en las que se le ha encomendado ser lo mismo.

Esta tendencia hacia una visión subjetiva e individual de la verdad fue lo que dio inicio a mi primera crisis de fe como recién convertido. Aunque crecí en el área de Detroit con valores judeocristianos nominales, nuestra familia no se identificaba con una denominación en particular. Cuando llegué a la fe a comienzos de la década de 1970, algunas enseñanzas cristianas me hacían sentir incómodo. Me disgustaba especialmente la doctrina de la iglesia sobre el infierno, así que decidí ignorarla. Acepté los mensajes bíblicos del amor de Dios, la esperanza de la cruz e incluso acepté considerarme un pecador. Pero deseché las enseñanzas sobre el castigo eterno. Mi visión era tan peculiar que, durante un breve tiempo, creí tanto en la salvación a través de la fe en Jesús como en la reencarnación.

Si se está preguntando cómo podía reconciliar estas visiones contrapuestas, la respuesta es que no lo hacía. Ni siquiera sentía la necesidad de hacerlo. En las primeras etapas de mi fe, mis perspectivas teológicas no se basaban en el fruto de una cuidadosa reflexión acerca de la verdad, sino que se encontraban más en una decisión emocional. Yo creía lo que me gustaba y rechazaba lo que no.

Sin embargo, cuanto más asistía a la iglesia, más escuchaba las predicaciones y más leía la Biblia por mi cuenta, más veía que Jesús hablaba una y otra vez de algunas de las cosas que yo quería rechazar. Me di cuenta de que, si iba a aceptar a Jesús, también tendría que aceptar todo lo que Él enseña. No tenía la libertad para escoger solo aquellas enseñanzas que eran de mi gusto.

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El gozo de los límites

Los cristianos, al igual que los artistas, inevitablemente operan dentro de la esfera de la tradición. Una de las conjeturas fundamentales de la doctrina cristiana es la de que esta no se origina en nosotros (1 Corintios 14:36; 2 Tesalonicenses 3:6). Nosotros creemos y enseñamos cosas que hemos recibido como legado. Pero esto no significa que no haya espacio para la creatividad o la originalidad. Aquí hay un paralelo con el trabajo de un músico, tanto en términos del peligro que supone la monotonía, como el de trabajar con materiales que existen dentro de un orden dado.

En su libro Resounding Truth: Christian Wisdom in the World of Music [Verdad que resuena: La sabiduría cristiana en el mundo de la música], Jeremy Begbie observa: «[A los músicos] no se les da una vocación de repetición idéntica, recreando el pasado». Begbie menciona la música improvisada para mostrar que puede existir una libertad considerable dentro de los límites dados y defiende que la iglesia debe hacer algo similar. «La iglesia necesita improvisar con imaginación, es decir, tener tan aprendidos estos textos y tradiciones escriturales que pueda (por fuerza de hábito, idealmente) actuar de modo que sea veraz con los textos y aun así involucrarse con el mundo tal cual es ahora, respondiendo de un modo fresco y fructífero a cualquier cosa que la vida nos envíe».

Begbie también invoca a Johann Sebastian Bach, quien escribió dentro de unas reglas específicas establecidas y desarrolló temas sencillos con una variedad extraordinaria. Begbie explica: «Una aria simple, como la que empieza las Variaciones Goldberg, o incluso el material de apertura aún más corto de la “Chacona” de la partita para violín en Re menor, renace repetidamente, en efecto, a través de unas variaciones elaboradas de manera sorprendente, pero sin dejar la impresión de que las posibilidades se han extinguido».

Del mismo modo los teólogos, los predicadores y los maestros son libres para realizar su trabajo dentro de un orden dado que podemos caracterizar como la consistencia de la verdad. Ellos deben reflejar la antigua verdad que ha sido revelada en las Escrituras y a su vez hablar hacia nuestro contexto presente, extendiendo sus implicaciones para el pueblo de Dios incluso en circunstancias muy lejanas a aquellas a las que se referían los escritores originales. Esta libertad permite diferencias de estilo e, incluso, una clase de personalidad que permite que la fe de todo el mundo se exprese de muchas maneras, de tal modo que podamos decir lo mismo, pero no siempre del mismo modo.

En resumen, la ortodoxia no es una camisa de fuerza, sino un regalo. La fe que se le entregó a la iglesia es una herencia, no una carga.

A menudo se encuentra un gran consuelo en lo familiar. Lo notamos siempre que releemos un libro que amamos, vemos una película clásica por décima vez o escuchamos nuestra música favorita. Pero el consuelo que obtenemos de la ortodoxia bíblica es más que una cuestión de estética o incluso del placer de revisitar lo familiar. La ortodoxia bíblica define la zona de seguridad para las creencias y las prácticas de la iglesia.

En 2006, los arquitectos paisajistas de la Universidad Estatal de Mississippi llevaron a cabo un sencillo estudio [enlaces en inglés] para determinar los efectos que tenían las cercas o vallas —a menudo consideradas un elemento restrictivo u opresivo en la vida de los niños— sobre los preescolares. Durante el recreo, los profesores llevaron a los niños a una zona de juegos de la localidad que no estaba cercada, donde los niños estuvieron intranquilos merodeando alrededor del profesor. Más tarde llevaron al mismo grupo a una zona de juegos similar a la primera, pero que incluía un límite vallado. Los niños se sintieron libres para explorar.

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Los límites responsables son esenciales para la libertad y la creatividad. La repetición de la ortodoxia define los límites dentro de los cuales podemos expresar de forma única nuestra fe y practicarla. Solo cuando nuestra fe opera dentro de estos límites podemos hablar legítimamente de una perspectiva teológica culturalmente distintiva, o lo que Leonora Tubbs Tisdale, profesora de Yale, ha denominado «teología local».

Que diga ¿qué?

Si se supone que tenemos que seguir repitiendo lo mismo acerca de lo que la iglesia cree, ¿qué es exactamente lo que debemos decir? No tendría sentido negar que hay muchas diferencias doctrinales entre los cristianos. Algunas son menores; otras, no tanto. No obstante, en Segunda de Timoteo 1:13-14 Pablo da un mandato: «Con fe y amor en Cristo Jesús, sigue el ejemplo de la sana doctrina que de mí aprendiste. Con el poder del Espíritu Santo que vive en nosotros, cuida la preciosa enseñanza que se te ha confiado». Al menos, Pablo sentía que el corazón de la fe cristiana era suficientemente claro como para encargarle a Timoteo que lo preservara. Y, más aún, el estándar que el apóstol estableció para la ortodoxia fue aquel basado en su propia enseñanza.

Esto significa que podemos usar los resúmenes que hizo Pablo del núcleo de la doctrina cristiana para identificar lo que al final resulta elemental en esta «preciosa enseñanza».

Primero, es cristocéntrica. Lo que hace que la iglesia sea cristiana no es solo sus enseñanzas acerca de Dios y la moralidad, sino lo que tiene que decir acerca de la persona y la obra de Jesucristo. Es el Evangelio, o las «buenas nuevas» acerca de Jesucristo (Romanos 15:19; 2 Corintios 9:13; Filipenses 1:27). El resumen que Pablo hace de este mensaje descansa invariablemente en la encarnación de Cristo, su muerte redentora y su resurrección (1 Corintios 15:3-4). Segundo, es una promesa de perdón y transformación que llega como un don por la fe. La palabra para esto es gracia. Pablo vio claramente que cualquier concesión en este punto era una perversión de la verdad (Gálatas 1:6-7). Tercero, descansa en las implicaciones de la obra de Cristo para aquellos que creen. Esta es la promesa, no solo del perdón, sino de la vida nueva. En cierto sentido, este es el mensaje de todas las epístolas del Nuevo Testamento.

Es casi imposible orientar nuestras vidas hacia esta clase de enseñanza sin la institución de la iglesia y las reuniones de alabanza. Esto se debe a tres prácticas que han sido elementales en la formación y la preservación de la ortodoxia: la instrucción, el canto y la acción.

La Biblia claramente enfatiza la importancia primordial del ministerio educativo de la iglesia para transmitir la verdad a las siguientes generaciones. Pero también la iglesia tiene un rico legado dentro de las artes, sobre todo en su tradición cada vez más contracultural del canto comunitario. Debido al poder que ejerce la música sobre la mente y el corazón, es una herramienta muy útil para mucho más que la mercadotecnia o la determinación de nuestro estado de ánimo: la iglesia primitiva la veía como una forma de instrucción (Colosenses 3:16).

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La iglesia también se apoya en las prácticas repetidas cuyo significado práctico y simbólico refuerza las verdades explícitas que la iglesia expresa en la enseñanza y la música. Algunas de esas tradiciones, como la observancia de la Santa Cena, son universales y están prescritas en las Escrituras. Otras son más personales y permiten a la congregación expresar la fe que es común a todos en su propio contexto único. Ya sea que se trate de recitar las oraciones programadas del oficio diario o incluir una invitación [a tomar una decisión de fe] al final de cada servicio, cada congregación observa su propio estilo de liturgia.

Estas liturgias, tanto las grandes como las pequeñas, permiten que la iglesia demuestre sus verdades más importantes. Como destaca James K. A. Smith, «no son solo cosas que hacemos», sino prácticas «que hacen algo por nosotros». Refuerzan lo que la iglesia enseña al convertirse en «hábitos del corazón» que dan forma al modo en que vivimos.

Restricciones que nos hacen libres

Parece paradójico defender que la ortodoxia —limitada por naturaleza— sea un camino hacia la exploración, la creatividad y la libertad. Normalmente pensamos en la libertad como lo opuesto. No obstante, Jaroslav Pelikan, historiador de la iglesia, observó que una de las características de una ortodoxia auténtica es la aceptación y la dependencia de una exploración libre y responsable.

En un discurso de 1966 en la Universidad de Valparaíso, Pelikan señaló el debate que surgió en el siglo IV y que dio como resultado la articulación de la doctrina de la Trinidad por parte de la iglesia. «Sin esa exploración, ni el credo de Nicea ni la teología de San Atanasio hubieran sido posibles», explicó. La ortodoxia invita al examen y a la investigación porque expresa la verdad. «La tradición ortodoxa, pues, no tiene ninguna razón para temer una exploración libre y responsable», afirmó. «Pero sí tiene razones para temer el sentimentalismo, la trivialización y la indiferencia».

La libertad que la ortodoxia ofrece es una libertad de restricción. En contraste, nuestra era es la era de gritos sin restricción. Es una recreación moderna del improductivo proyecto de Babel: voces por todos lados reclamando nuestra atención, nuestra lealtad y acción, a menudo contradiciéndose entre sí. Quienes hablan de la rúbrica de la libertad con la voz más alta a menudo emplean esa retórica para contradecir las simples enseñanzas de la Biblia.

La ortodoxia bíblica proporciona un filtro para saber qué voces ignorar. Nos muestra cuáles de las «nuevas» comprensiones acerca de la conducta personal, el deseo, la sexualidad y la moralidad no son más que viejas mentiras de la Serpiente con ropajes modernos.

Sin embargo, si todo lo que necesitáramos fueran límites, la ley de Moisés nunca habría dado paso al evangelio de Cristo. Los límites son un punto de partida esencial para la libertad, pero no son suficientes. Jesús advirtió que para ser verdaderamente libres necesitamos más. Necesitamos a aquel que está en el núcleo de toda la ortodoxia bíblica. La verdad en este sentido no es solo personal. Es una persona. Para aquellos que creen en Él, Jesús hizo esta promesa: «Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Juan 8:31-32).

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La liberación que Jesús promete implica más que una lista de verdades que afirmar. Es perdón, emancipación de la esclavitud del pecado y la capacidad de vivir una nueva vida. Es tener un lugar permanente en la casa de Dios. «Si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres» (Juan 8:35-36). Esta es la libertad de la que hablaba G. K. Chesterton cuando señaló: «Es solo desde que conocí la ortodoxia que he conocido la emancipación mental». Pero Chesterton continuó señalando que, debido a que esta ortodoxia se encarnó en la persona de Jesús, esto también le concedió un don más grande: el gozo. Tal y como Chesterton lo expone, «el gozo, que es la pequeña publicidad del pagano, es el gigantesco secreto del cristiano».

Las diferencias teológicas, las facciones culturales y los desacuerdos no son algo peculiar de la iglesia del siglo XXI. La iglesia ha batallado con estas cosas desde sus comienzos. Pero esta historia no debería hacernos sentir satisfechos. Si nos tomamos en serio las advertencias del apóstol Pablo, el mayor riesgo al que nos enfrentamos hoy no es a la amenaza que representa el mundo incrédulo, sino a aquel que se alza desde nuestra propia falta de vigilancia en el área de la doctrina (Hechos 20:29-31; 1 Timoteo 4:1).

La iglesia no necesita suprimir su diversidad innata para ser veraz con respecto a la fe. Las Escrituras dejan claro que ambas cosas pueden coexistir. Pero Judas 1:3 también deja claro que, para ser fieles a su mensaje, la iglesia debe luchar por la fe «que Dios ha confiado una vez y para siempre a su pueblo santo» (NTV). Hace mucho que lo sabemos. Lo que no esperábamos era tener que luchar con nosotros mismos.

John Koessler es profesor emérito del Instituto Bíblico Moody. Su último libro es Dangerous Virtues: How to Follow Jesus When Evil Masquerades as Good.

Traducción por Noa Alarcón

Edición por Livia Giselle Seidel

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