Soy una afroamericana de 38 años que tuvo su primer (y último) beso apenas unos días después de cumplir los 34. Y no estoy sola. Con los años, algunos amigos me han confiado la soledad, las penas y las dudas que plagan su soltería.

Desarrollar un catecismo me ha animado a meditar en la bondad de Dios —y en su Palabra— tanto en los días tristes como en los días felices. Mi esperanza es que estos principios se puedan leer como el brazo de Dios extendido sobre un hombro caído y, para los que se sienten sobrecargados, como un abrazo de apoyo y consuelo.

Sección 1: La soberanía de Dios sobre mi estado civil

1. ¿Cuál es el objetivo principal de mi soltería?

Que mi alma esté tan consumida por el deleite de amar y ser amada por Dios, y tan hipnotizada por su singular suficiencia para saciar mi profunda sed de amor, aceptación, pertenencia y significado, de tal forma que testifique ante el mundo las excelencias preeminentes de Dios como Señor, amante y amigo.

Salmo 27:4; 63:3; 73:25–26; Isaías 29:13; 54:5–6; Jeremías 29:13; Salmo 37:4

2. ¿Cuál es nuestra única recompensa en la soltería o en el matrimonio?

Que podamos conocer mejor a Cristo. No tengo otra recompensa. La libertad de la soltería y la intimidad del matrimonio no son más que restos y desechos sin su supremacía sobre ellos. Ambos estados florecen o trastabillan en la medida en que podemos conocer a Cristo a través de ellos.

Salmo 16; Filipenses 3:7–11

3. ¿Cuál es nuestro llamado seguro?

Bienaventurados somos de ser llamados a aquello que también satisface nuestro deseo más profundo; de no tener otros dioses delante de Dios y de amarlo con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas. Bienaventurados somos de no tener otra lealtad sino lealtad hacia el Altísimo; de no buscar otro fin para nuestras acciones más que hacer visible su gloria; de no tener mayor afecto que aquel que es por Cristo, quien es nuestra vida. Sean cuales sean nuestras circunstancias, todos tenemos que cumplir con este llamado a través de nuestro conocimiento de Él, quien nos ha llamado por su propia gloria y bondad.

Y el segundo llamado es similar a este: amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Éxodo 20:3; Mateo 22:39; Lucas 10:27; 1 Corintios 10:31; 1 Pedro 1:6–7; 2 Pedro 1:3; Colosenses 3:4; Mateo 5:16

4. ¿Qué ocurre cuando convertimos el matrimonio en un ídolo?

Hemos sido dominados por nuestro deseo de tener un matrimonio cuando no podemos concebir ningún bien aparte de obtenerlo, si estamos dispuestos a ir deliberadamente en contra de la voluntad de Dios para asegurárnoslo, o si usamos el matrimonio o la búsqueda de él para que sirva para nuestra gloria en vez de la suya. Al hacerlo, afligimos a nuestro Amado, que es celoso de nuestros corazones, y nos exponemos a una decepción innecesaria, porque las penas se multiplican para aquellos que siguen a otros dioses. Pero una de las mayores misericordias que Dios puede tener hacia nosotros es enseñarnos la diferencia entre Dios y todo lo que no es Dios y, así, hacernos conocedores de lo divino con un sabor de lo eterno.

Salmo 96:7; Isaías 41; 44:9; 57; Jeremías 8:19; Salmo 16:3; Lucas 12:7; Santiago 1:14; 1 Corintios 6:12

5. ¿Cómo puedo crecer sin una pareja?

La belleza de la salvación y del crecimiento es que ambos dependen de un solo hombre y nada más: Cristo. Tenerlo a Él es tener todo lo que necesitamos. Y yo, como parte de su iglesia, estoy comprometida con Aquel que pagó mi dote a un precio desorbitado para que yo fuera hecha santa y fuera limpiada por su palabra. Su celo y su compromiso con mi crecimiento van mucho más allá de los míos propios, y su amor no deja ningún instrumento sin uso —incluyendo la soltería— a fin de hacer que me presente ante Él gloriosa, sin mancha ni tacha.

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Gálatas 3:3; Efesios 5:27

Sección 2: La soberanía de Dios sobre mi autoestima

6. ¿Cuál es mi verdadero valor?

He sido hecha a imagen de Dios, redimida por la perfecta sangre de Cristo, y soy el lugar donde actualmente reside el Espíritu Santo de Dios. Fui adoptada por la Familia más Real de todas las familias reales, fui buscada y traída de vuelta al rebaño por el Buen Pastor, y disfruto de la compañía del Espíritu de consuelo, libertad y verdad. Puede que otros me rechacen, pero aun así he sido elegida y soy preciosa a los ojos de Dios, coheredera con Cristo, quien reina sobre la vida y la muerte. Estoy coronada con gloria y honor, y soy sostenida como una diadema real en la palma de mi Dios.

Génesis 1:26; Efesios 1:5–7; 1 Corintios 3:16; 6:19–20; Lucas 15:4; Salmo 8:5; Romanos 8:17; Juan 14:16; 2 Corintios 3:17; Juan 16:13; Isaías 62:3–5

7. ¿Alguien me ve?

Cuando lloramos con el alma agotada «¡Hazme caso! ¡Mírame! ¡Ámame!», Dios se inclina hacia nosotros, nos cubre con su manto, nos acerca a Él y nos susurra con ternura: «Lo hago, querida mía, lo hago. Yo soy El Roi, el Dios que ve. Mis ojos están abiertos día y noche sobre ti, porque he puesto mi nombre sobre ti». Pero a menudo sucede que nosotros, después de haber recuperado el aliento sentados en su regazo, nos damos la vuelta para buscar la afirmación del mundo, como un niño que persigue las burbujas, mientras nos perdemos la dicha de escuchar su llamado a nuestras espaldas: «¡Hazme caso! ¡Mírame! ¡Ámame!».

Salmo 18:35; Ezequiel 16:8; Salmo 34:18; Oseas 2:14; Génesis 16:13–14; 22; 29:32; 31:42; 2 Crónicas 6:20; Salmo 11:4

8. ¿Por qué no he sido elegida?

No se debe a que sea deficiente, sino a que la sabiduría íntima y trascendente del Dador de todo don bueno y perfecto encontró que esto era lo mejor para mí. Puedo confiar en que Aquel que conoce el número tanto de las estrellas en el cielo como de los cabellos de mi cabeza, y ante el cual todos mis anhelos yacen abiertos a plena luz, me concede una porción placentera. Porque yo he confiado mi ser a Aquel que me eligió a mí primero y mejor, y cuyo libro contiene todos mis días.

1 Pedro 2:9; Deuteronomio 7:6; Salmo 33:12; Hageo 2:33; Colosenses 3:12; 1 Tesalonicenses 1:4; Apocalipsis 17:14; Efesios 1:4; Salmo 38:9; Santiago 1:17; Salmo 139:16

9. ¿Soy digna de ser amada?

El matrimonio no es el único contexto en el que uno es amado, así que no es sabio fusionar la idea de ser amado con la de estar casado. El amor de los humanos nunca nos hace dignos: es periférico en el mejor de los casos. Pero en Cristo podemos entender el orden correcto del amor y la dignidad: no somos dignos de ser amados, sino que somos dignos porque somos amados. La dignidad es un privilegio inalienable y una realidad irrefutable que se nos ha conferido en Cristo. ¿En dónde más podemos encontrar un amor emancipador como este?

Romanos 5:5–8; 1 Juan 3:1; Gálatas 4:7; Romanos 8:30; Efesios 2:3, 8; Deuteronomio 7:6–9; 1 Corintios 1:26–30; Salmo 8:4

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10. ¿Qué es la alabanza que proviene del ser humano?

Una trampa y un engaño. Nosotros mismos somos testigos de que, como seres finitos, volubles y cortos de vista, a menudo alabamos de forma incorrecta: alabamos de más aquello que no merece la pena, alabamos de menos lo que es realmente digno y alabamos superficialmente: distrayéndonos por lo externo y perdiéndonos la sustancia.

Gálatas 1:10; Proverbios 29:25; 1 Samuel 16:7

11. ¿Qué es lo que me hace una persona completa?

Solo la asombrosa cruz de Cristo.

Sección 3: La soberanía de Dios sobre mi dolor

12. ¿Cuánto más, oh Señor?

Si sufro otro tiroteo de preguntas en Navidad de parte de mis bien intencionados familiares; si soy la última soltera que queda entre mis amigos; si debo desechar mis esperanzas de tener un hijo, o si mi anhelo de tenerlo golpea mi fe hasta el límite, que Yahvé avive mi corazón para regocijarme del todo en Él aun desde el valle. Él se levantará para calmar mi dolor crónico, para eliminar mi sensación de vergüenza, y para ser mi paciente camarada en la batalla. Benditos aquellos que esperan en Él. Mientras el día y la noche sigan su curso, las misericordias necesarias para cada día me saludarán de nuevo cada mañana.

Salmo 13; 119:22–23; Isaías 54:1; Habacuc 3:18; Jeremías 33:20; Lamentaciones 3:22–23; Isaías 30:18

13. ¿Qué poder tenemos frente a los pensamientos de desesperanza?

Que el Dios que escucha cada uno de mis gritos de aflicción y discierne mis pensamientos desde lejos ha provisto consuelo para los asaltos que provienen no solo desde fuera, sino también desde dentro. Porque Él desea la verdad en los lugares más íntimos, y que yo conozca su descanso, Él me ha empoderado divinamente para tomar cautivo cada pensamiento rebelde, que niega la esperanza, distorsiona la verdad y oscurece a Dios, y traerlo a la obediencia de Cristo por medio del Espíritu que habita en mí, y quien me guiará a toda la verdad.

Salmo 51:6; 139:2; 2 Corintios 10:5; Salmo 94:11; Juan 16:13; Efesios 6:16

14. ¿Le importa a Dios mi dolor?

Difícilmente se menciona en las Escrituras alguna aflicción que Dios no vea o escuche de cerca. En realidad, Él conoce nuestro dolor aun antes de que nuestras vidas pasen siquiera por ese marco. Antes de que llamemos, Él responde; en medio de nuestro clamor, Él inclina su oído. Es imposible que Dios no se sienta conmovido por nuestras heridas, porque son suyas. Él llevó nuestro dolor y soportó nuestra pena antes de que nosotros supiéramos siquiera que teníamos necesidad. Barramos cuidadosamente los escombros de los demás apegos de nuestro corazón para que esté despejado el camino para que Él pueda venir rápidamente en nuestra ayuda para liberarnos de la desesperanza y la duda.

Isaías 65:24

15. ¿Qué poder tiene el pecado sobre nosotros?

Ninguno, excepto aquel que nosotros le concedemos a través de la desconfianza en el carácter y las promesas de Dios. El vencedor sobre el pecado ha llegado, y en Cristo somos nuevas criaturas. Lo viejo ha pasado. El pecado ya no es nuestro señor.

Romanos 8; Santiago 1:14

16: ¿Qué he de hacer con mis deseos incumplidos?

La invitación a depositar nuestras preocupaciones en el Señor no tiene fecha de caducidad. Así pues, no nos cansemos de traerlas a sus pies. Si somos pacientes con un amigo nuestro que nos pide oración una y otra vez, cuánto más paciente será el Señor que soporta nuestras cargas junto con nosotros.

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1 Pedro 5:7; Filipenses 4:6–7; Lucas 11:7–8; Salmo 5:3

17: ¿Dónde está mi bendición?

Cristo murió para que nuestro vacío fuera llenado, para que nuestros ojos pudieran ver, para que nuestras mentes se pudieran iluminar, para que pudiéramos hallarlo glorioso, para que nuestros corazones se ablandaran, y para que el amor por Él pudiera palpitar por todo nuestro ser. Nuestra bendición se encuentra en un espíritu pobre, en el duelo, en la mansedumbre, en el hambre y la sed de justicia; en la muestra de misericordia, en un corazón puro, en ser pacificadores, y en soportar dificultades por honor a Cristo. Si no podemos encontrar bendición ahí, no la encontraremos en ningún otro sitio, porque, aunque Dios nos haya dado todas las cosas para que las disfrutemos, todas ellas se estropearán en nuestra boca si nuestros corazones no están llenos de Él en primer lugar.

Mateo 5:3–11; 1 Timoteo 6:17; Números 11

Sección 4: La soberanía de Dios sobre mi futuro

18. ¿En qué podemos poner la esperanza para nuestro futuro?

En el Señor quien, al ver todos los días de mi vida antes de que cada uno de ellos llegue a ser, dirige mis pasos para que sus buenos propósitos prevalezcan. Él ha afirmado mi suerte. Al igual que proveyó maná para los israelitas en el desierto, también proveerá para mí el pan diario. Ya sea que me case o no, Cristo me ha prometido una vida de abundancia, y su palabra no regresa a Él vacía.

Salmo 71:3; Proverbios 16:9; 19:21; Isaías 55:11

19. ¿Qué puedo agradecer mientras espero?

Dios llevó a Israel por el desierto como un padre lleva a su hijo después de escuchar su clamor por misericordia, y los liberó de la opresión de Egipto con mano poderosa y brazo extendido, y con grandes señales y maravillas. Los guió a salvo con una nube de día y con luz de fuego en la noche. El Señor convirtió las aguas amargas de Meribá en agua dulce para calmar su sed. Para su hambre, ordenó a los cielos que abrieran sus puertas e hicieran caer para ellos el maná que habían de comer, dándoles pan del cielo. Comieron pan de ángeles. Y lloraron porque no había carne, diciendo: «¡No vemos nada que no sea este maná!».

Números 11:6; 14:11; Deuteronomio 1:31; 26:8; Éxodo 20:2; Salmo 78:14, 23–25

20. ¿Realmente puede ser bueno el plan de Dios para mí si no incluye el matrimonio?

Es bueno dar gracias cuando Dios responde con un a una oración, y es encomiable confiar cuando Dios nos hace esperar; pero lo que evidencia más claramente el triunfo de la presencia del Altísimo en nuestro corazón es cuando hacemos sacrificio de alabanza frente a un no. La confesión más pura que podemos hacer es la de que Él no fue hecho para nosotros, sino nosotros para Él. Lo alabamos cuando para el mundo nuestras copas están vacías, aunque sabemos que en realidad están rebosando. Él es nuestra gran recompensa y ha prometido que nunca dejará de hacernos bien.

Génesis 15:1; Isaías 45:9; Jeremías 32:40; 1 Corintios 2:9; Mateo 7:11

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21. ¿Puedo sobrevivir a esto?

El Señor sabe cómo rescatar al justo del juicio y, después de un tiempo, Él me restaurará y me fortalecerá. Cuando sea tentada, Él puede redirigir mi camino. Cuando me sienta agotada, Él puede refrescar mi alma. Cuando mi corazón esté roto, Él puede traer puntos de sutura y aliviar mis heridas. Aunque puede que no cambie mis circunstancias, Él fortalecerá mis manos. A la soltería se sobrevive un día a la vez; el mañana traerá sus propios males. Hoy, aquí, en medio de mis deseos, puedo brindar por Dios, la alegría de mi corazón.

Porque Él vive, triunfaré mañana
Porque Él vive, ya no hay temor
Porque yo sé que el futuro es suyo
La vida vale más y más solo por Él.

2 Crónicas 16:9; Hebreos 11:6; Nehemías 6:9; 9:19–21; Mateo 6:13; Jeremías 31:25; 2 Samuel 22:17–20; Hebreos 2:18; 1 Pedro 5:10; Isaías 65:14; 2 Corintios 4:9; Colosenses 1:11; Isaías 40:29

Alicia Akins es escritora y estudiante del Seminario Teológico Reformado. Es la autora del próximo libro Invitations to Abundance (Harvest House Publishers). La versión original de este catecismo fue publicada anteriormente en el blog personal de la autora, Feet Cry Mercy.

Traducción por Noa Alarcón

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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