«Mike, ¿sabes una cosa? Yo solía ser gay», dije.

Mike dejó de mover su brocha cuando las palabras salieron torpemente de mi boca. Él estaba pintando el apartamento en la ciudad de St. Louis al que llamé hogar durante el verano de 1997 cuando inicié el programa de doctorado en Teología Histórica.

Me había preguntado por mis estudios y empezamos a hablar de la fe. Mike me había explicado que sentía que nunca podría ir a la iglesia porque era gay.

«Sé que dicen que eso no debería suceder», continué, después de soltar la bomba. «Pero esa es mi historia». Mike me miró con interés mientras bajaba la lata de pintura al piso, equilibrando suavemente su brocha en el borde.

Al recordar este encuentro, puedo ver que tenía todos los rasgos de lo que se conoció como el movimiento exgay, del que fui un entusiasta defensor. Lo más notable es mi uso del guion exgay: «Yo solía ser gay». La frase implicaba que yo ya no era gay. Tenía un testimonio, una historia que contar sobre cómo había dejado la homosexualidad atrás.

Para ser claros, mis atracciones sexuales en ese momento se dirigían tan exclusivamente a otros hombres como siempre. Seguía estando en la cima de la escala de Kinsey que los investigadores utilizan desde los años 40 para clasificar la orientación sexual. Lo que me hacía ser exgay era simplemente que utilizaba el guion exgay. Intentaba convencerme a mí mismo de que era un hombre heterosexual con una enfermedad —una enfermedad curable— llamada homosexualidad. Una condición de la que me estaba curando.

Mi maniobra terminológica era un componente integral de la terapia de conversión. Alan Medinger, el primer director ejecutivo de Exodus International, la describía [todos los enlaces redirigen a contenidos en inglés] como «un cambio en la percepción de sí mismo en la que el individuo deja de identificarse como homosexual». Todo era cuestión de identidad. El testimonio hacía al hombre. Y, dentro de mi marco exgay, no estaba mintiendo; estaba reivindicando mi nueva realidad.

Yo era un exgay.

La aparición de Exodus International en 1976 había puesto a los evangélicos en un camino esperanzador hacia la curación de la homosexualidad. Su fundador, Frank Worthen, explicó: «Cuando empezamos Exodus, la premisa era que Dios podía cambiarte de gay a heterosexual». Lo que siguió fue un experimento de décadas de duración con cientos de miles de sujetos humanos de prueba. El movimiento se derrumbó después de que el presidente de Exodus, Alan Chambers, declarara en 2012 que más del 99 % de los clientes de Exodus no habían experimentado un cambio en su orientación sexual.

Aunque el paradigma de la curación fracasó, todavía camina muerto entre nosotros, ya que algunos dentro de las principales denominaciones tratan de institucionalizar su enfoque. Los recientes debates entre anglicanos y presbiterianos conservadores sobre si alguien puede afirmar una «identidad gay» son solo la última ronda de disputas similares que han resonado en los pasillos de la iglesia durante años. Después de todo, renunciar a una autopercepción homosexual era el primer paso esencial en la terapia de conversión.

Uno de los efectos de este enfoque era que obligaba a los creyentes no heterosexuales a esconderse tras una máscara, fingiendo ser cualquier cosa menos gay. Era parte del proceso de reparación.

Article continues below

Pero esta innovación teológica era un desarrollo relativamente reciente. Antes de que existiera un paradigma de curación de la homosexualiad, había una ortodoxia más antigua que incluía un paradigma cristiano de brindar cuidado a los creyentes no heterosexuales.

Me he preguntado si Henri Nouwen tenía en mente su propia homosexualidad cuando escribió sobre la diferencia entre el enfoque del cuidado y el enfoque de la cura. En la biografía Wounded Prophet [Profeta herido], Michael Ford documenta cómo Nouwen habló de su experiencia como hombre gay célibe con su círculo de amigos. Nouwen había probado métodos psicológicos y religiosos para cambiar de orientación, sin éxito. Sabía que, por obediencia a Dios, no podía permitirse mantener relaciones sexuales. Pero su camino estuvo lleno de soledad, anhelos insatisfechos y muchas lágrimas.

En Bread for the Journey [Pan para el camino], escribió: «El enfoque del cuidado consiste en estar con, llorar con, sufrir con, sentir con. El cuidado es compasión. Es reclamar la verdad de que la otra persona es mi hermano o hermana, humano, mortal, vulnerable, como yo».

«A menudo no somos capaces de curar», insistió, «pero siempre somos capaces de cuidar».

Algunos líderes evangélicos, entre ellos John Stott, ayudaron a sentar las bases de un paradigma pastoral del cuidado. Stott —teólogo y escritor etiquetado como el «Papa protestante» por la BBC— defendió que la orientación sexual continúa formando parte de la constitución de cada individuo. Como escribió Stott en su libro Issues Facing Christians Today [Cuestiones que afrontan los cristianos hoy] en 1982: «En toda discusión sobre la homosexualidad debemos ser rigurosos al diferenciar entre “ser” y “hacer”, es decir, entre la identidad y la actividad de una persona, la preferencia sexual y la práctica sexual, la constitución y la conducta».

Stott sostenía que la orientación homosexual es parte de la identidad del creyente, una parte caída, pero una que el evangelio no borra sino que llama a la humildad.

Esta postura se remonta incluso más atrás que Stott. C. S. Lewis habló en una carta de 1954 a Sheldon Vanauken de un «hombre homosexual piadoso» sin aparente contradicción. El mejor amigo de Lewis de toda la vida, Arthur Greeves, era gay. Lewis lo llamaba su «primer amigo» y dejó en claro que su orientación sexual nunca sería un problema en su amistad. Iban de vacaciones juntos. La recopilación de cartas que Lewis envió a Greeves, recogida bajo el título They Stand Together, suma un total de 592 páginas.

En Estados Unidos, mientras los disturbios de Stonewall en 1969 en Nueva York anunciaban el nacimiento del movimiento por los derechos de los homosexuales, los protestantes ortodoxos ya se preguntaban qué visión positiva dan las Escrituras a las personas que son homosexuales. El libro publicado bajo un seudónimo por InterVarsity Press de 1970 The Returns of Love: Letters of a Christian Homosexual [Las vueltas del amor: Cartas de un homosexual cristiano] trazó una estrategia de cuidado y fue promovido por Stott. El autor del libro, un gay anglicano célibe anónimo, explicó que todavía era virgen cuando lo escribió.

Article continues below

Los líderes del evangelicalismo sabían que había una historia de abusos a considerar. En una carta de 1968 a un pastor europeo, Francis Schaeffer lamentó la complicidad de la Iglesia en la marginación de los homosexuales. El pastor había visto suicidarse a no menos de seis homosexuales, y había buscado el consejo de Schaeffer. «Los homosexuales tienden a ser expulsados de la vida humana (especialmente de la vida eclesiástica ortodoxa), aun cuando no practiquen la homosexualidad», lamentó Schaeffer. «Creo que esto es tan cruel como equivocado». De hecho, el ministerio de Schaeffer se convirtió en un imán para homosexuales que tenían interés y luchas con respecto al cristianismo.

Los líderes antes mencionados sentían disgusto por los líderes religiosos abusivos. Cuando Jerry Falwell Sr. le planteó a Schaeffer el tema de la homosexualidad en privado, Schaeffer comentó que la cuestión era complicada. Tal como lo contó Frank, el hijo de Schaeffer, en una entrevista con NPR y también en su libro Crazy for God [Loco por Dios], Falwell le lanzó entonces una contestación: «Si yo tuviera un perro que hiciera lo que ellos hacen, le dispararía». No había humor en la voz de Falwell.

Después, Francis Schaeffer le dijo a su hijo: «Ese hombre es realmente desagradable».

«Los pecados sexuales no son los únicos», escribió Stott en su libro, «no son siquiera necesariamente los más pecaminosos; el orgullo y la hipocresía son peores sin duda».

En 1980, Stott convocó una reunión de evangélicos anglicanos para trazar un enfoque pastoral de la homosexualidad. Lo iniciaron con un arrepentimiento público por sus propios pecados contra los homosexuales. En una declaración, estos líderes declararon: «Nos arrepentimos de la paralizante “homofobia”... que ha coloreado las actitudes de demasiados de nosotros hacia las personas homosexuales, y llamamos a nuestros compañeros cristianos a un arrepentimiento similar».

Fue una confesión realmente impactante en una época en la que la opinión popular seguía teniendo un fuerte sesgo contra los homosexuales. No era el siglo XXI, cuando muchos líderes cristianos se arrepienten para parecer relevantes e inclusivos en una cultura que celebra todo lo fabuloso. Stott y estos líderes evangélicos debían estar realmente apenados por la forma en que habían herido a sus vecinos y hermanos en Cristo. La declaración pedía específicamente que se considerara a personas que tenían orientación homosexual, pero que no la practicaban, como candidatos calificados a la ordenación al ministerio.

Cinco años antes, muchos se escandalizaron por comentarios similares de parte de Billy Graham en una conferencia de prensa, algunos de los cuales se publicaron en 1975 en Atlanta Journal-Constitution. A Graham se le había preguntado si apoyaría la ordenación de hombres homosexuales al ministerio cristiano. Graham respondió que «deberían ser considerados por sus méritos individuales» con base en ciertas calificaciones. En concreto, el artículo mencionaba «apartarse de sus pecados, recibir a Cristo, ofrecerse a Cristo y al ministerio tras el arrepentimiento, y obtener la formación adecuada para el trabajo».

El evangelio de Jesucristo ofrece una visión positiva para los homosexuales. «En la homosexualidad, como en cualquier otra tribulación, [las obras de Dios] pueden manifestarse», explicó Lewis a Vanauken. Y continuó: «Toda discapacidad esconde una vocación; si tan solo podemos encontrarla, “convertirá la necesidad en una gloriosa ganancia”».

Article continues below

Lewis preguntó: «¿En qué consiste la vida positiva del homosexual?». Esa es la pregunta que se hace cualquier persona homosexual que llega a la fe en Jesús.

Con demasiada frecuencia la respuesta que escuchamos es simplemente: «nada».

Nada de sexo. Nada de citas. Nada de relaciones. A menudo, nada de roles de liderazgo.

Eso deja a la gente como yo escuchando que tenemos, como explicó Eve Tushnet en un artículo de 2012 en The American Conservative, una «vocación de “Nada”».

¿En qué consistiría una vocación del «Sí»? ¿Cuál es la visión cristiana positiva que el Evangelio ofrece a los homosexuales?

Cuando observo las vidas y los ministerios de Lewis, Schaeffer, Graham y Stott, lo que más destaca es que aportan una visión de Jesús: Jesús, en su poder salvador. Jesús, quien nos lava y nos limpia. Jesús, quien nos introduce en la familia de Dios. Jesús, quien cubre la vergüenza y perdona el pecado. Jesús, quien nos llama por nuestro nombre. Jesús, quien ve hasta el fondo de nuestros corazones y aun así quiere tener una relación con nosotros. Jesús, quien sufre con y por nosotros. Jesús, quien nos desafía a vivir para su reino. Jesús, quien da vida nueva con toda su alegría. Jesús, quien es ese tesoro en un campo por el que lo vendimos todo. Jesús, quien es el tesoro que nunca nos podrán quitar.

Este es Jesús, cuyo reino irrumpe y nos arrastra a algo que Él está haciendo en el cosmos, algo más grande que nosotros mismos. En Cristo, nos encontramos a nosotros mismos en una narrativa más grande.

No se trata de Jesús como un medio para conseguir el funcionamiento heterosexual y una vida familiar confortable como metas finales. Se trata de Dios mismo como el fin para el que fuimos creados. Con este Dios real, el lugar de la esperanza no se encuentra en una vida heterosexual, sino en la era venidera, cuando nos presentemos ante nuestro Salvador.

Sin esa relación con un Salvador, no tiene sentido hablar de una ética sexual bíblica, ni a heterosexuales ni a homosexuales. Ningún gay va a abrazar esa ética a menos que se enamore de Jesús. Un corazón que ha sido tocado por la gracia no solo está dispuesto, sino también deseoso de seguir al que murió por nosotros.

Schaeffer, Stott y Graham declararon en alguna ocasión su creencia compartida de que algunas personas nacen homosexuales. Todos estos líderes cristianos también se aferraron a la comprensión histórica de la ética sexual bíblica. Esto significaba ciertamente un compromiso con llevar una vida en sintonía con el patrón de creación de Dios: su diseño. Ninguno de ellos apoyaba las uniones sexuales de los creyentes fuera de un matrimonio monógamo entre dos personas de distinto sexo. Pero se acercaron a los homosexuales desde una postura de humildad.

Su visión no «aplanaba» a las personas en sus impulsos sexuales no deseados. Por el contrario, reconocieron que la mayor lucha de un creyente atraído por personas del mismo sexo podría ser, no el pecado sexual en sí, sino la capacidad de dar y recibir amor. Así que enfatizaron la necesidad de la comunidad de la iglesia, de amistades profundas y duraderas, de hermandad, de sentirse conocidos aun dentro del celibato.

Article continues below

Stott, él mismo célibe, explicó: «En el corazón de la condición homosexual hay un hambre profunda y natural de amor mutuo, una búsqueda de identidad y un anhelo de plenitud. Si los homosexuales no pueden encontrar estas cosas en la “familia de la iglesia” local, no tenemos por qué seguir pensando que merecemos ese título».

Lewis, Schaeffer, Graham y Stott también consideraban la condición homosexual como una orientación no elegida, sin ninguna expectativa fiable de cambio en esta vida. Mostraron una gran preocupación por las necesidades emocionales y relacionales de los homosexuales. Schaeffer insistió en su carta de 1968 en que la iglesia debía ser la iglesia y ayudar «al individuo de todas las maneras posibles».

En su entrevista con NPR, Frank Schaeffer describió el ministerio de su padre en Suiza, L'Abri, como un lugar «donde los homosexuales —tanto lesbianas como gays— son bienvenidos». Y añadió: «Nadie les dice que tienen que cambiar o que son personas horribles. Y se van describiendo a mi padre como alguien maravillosamente compasivo y semejante a Cristo en su trato con ellos».

Schaeffer previó cambios culturales significativos cuando, en 1978, una congregación de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa de San Francisco se encontró con una demanda tras haber despedido a un empleado gay que había violado el código de conducta de la iglesia. En The Great Evangelical Disaster [El gran desastre evangélico], Schaeffer dijo que sería absurdo que otras iglesias pensaran que no se enfrentarían al mismo desafío.

Sin embargo, Schaeffer y Graham no recomendaban enfoques del tipo «nosotros contra ellos». Pocas semanas antes de las elecciones presidenciales de 1964, un escándalo sexual entre homosexuales sacudió a la nación. El principal asesor del presidente Lyndon Johnson, Walter Jenkins, fue arrestado por segunda vez por mantener relaciones homosexuales en un baño de la YMCA. Graham llamó a la Casa Blanca para interceder por Jenkins.

En la llamada telefónica grabada, Graham le pidió a Johnson que mostrara compasión por Jenkins.

En una cruzada en San Francisco en 1997, alguien le hizo una pregunta a Graham acerca de la homosexualidad. Graham respondió a los periodistas: «Hay otros pecados. ¿Por qué exaltamos ese pecado como si fuera el mayor?». Y añadió: «Tengo muchos amigos homosexuales, y seguimos siendo amigos». Dirigiéndose a una multitud de 10 000 personas esa noche en el Cow Palace, Graham declaró: «Sea cual sea tu origen, sea cual sea tu orientación sexual, te damos la bienvenida esta noche».

Como enfatizó Stott tan apasionadamente en su libro, la persona gay que sigue a Jesús debe vivir por fe, esperanza y amor: fe, tanto en la gracia de Dios, como en sus estatutos; esperanza, que surge de ver más allá de esta vida presente llena de luchas y voltear la vista hacia nuestra gloria futura; y el amor por el que debemos vivir, explicó, es el amor que debemos recibir de Cristo y de la familia espiritual de Cristo, es decir, la iglesia. Debemos depender del amor de las mismas iglesias que históricamente no se lo han ofrecido a personas como nosotros.

Article continues below

El libro de 1978 del historiador de la Iglesia, Richard Lovelace, Homosexuality and the Church [La homosexualidad y la Iglesia], recibió el apoyo de luminarias evangélicas como Ken Kantzer (antiguo editor de CT), Elisabeth Elliot, Chuck Colson, Harold Ockenga y Carl F. H. Henry. El libro puede parecer radical en el clima actual, pero en la década de 1970 representaba una visión neoevangélica transatlántica. En contraste, tanto con la homofobia de la derecha, como con la permisividad sexual de la izquierda, Lovelace expuso el desafío evangélico:

Hay otro enfoque de la homosexualidad que sería más saludable tanto para la iglesia como para los creyentes homosexuales, y que podría ser un testimonio muy significativo para el mundo. Este enfoque requiere un doble arrepentimiento, es decir, tanto de la iglesia, como de sus miembros homosexuales. En primer lugar, requeriría que los cristianos gays tuvieran la valentía de confesar [reconocer] su orientación abiertamente y de obedecer el claro mandato bíblico de apartarse de la prácitca de la homosexualidad activa. [...] En segundo lugar, requiere que la iglesia acepte, honre y cuide a los creyentes homosexuales no practicantes entre sus miembros, y que los ordene para que puedan ocupar posiciones de liderazgo en el ministerio.

El patrocinio por parte de la iglesia de homosexuales abiertamente declarados, pero arrepentidos, en puestos de liderazgo, sería un profundo testimonio para el mundo sobre el poder del Evangelio para liberar a la iglesia de la homofobia, y al homosexual de la culpa y la esclavitud.

Solo el Evangelio puede abrir la humildad para ese doble arrepentimiento. Esta era la visión cristiana de Lovelace y Henry, Ockenga y Elliot, Kantzer y Colson, Lewis y Graham, Schaeffer y Stott, y un joven anglicano evangélico gay que tuvo demasiado miedo como para usar su propio nombre, aunque todavía era virgen.

Padres y madres cristianos como estos tenían razón. Trágicamente, escribo esto como un lamento por un camino no recorrido a este lado del Atlántico.

Ya a finales de la década de 1970, había comenzado un duro cambio. A medida que se multiplicaban los ministerios exgay en Norteamérica con su expectativa de cambio de orientación, cambiaron la ubicación de la esperanza a esta vida. Cuando la crisis del sida devastó las comunidades gays en los años 80, los evangélicos abrazaron la promesa de la heterosexualidad. Los terapeutas reparadores seculares añadieron una apariencia de respetabilidad clínica; la nueva estrategia de curación desplazó a la antigua ideología del cuidado.

Y entonces, el bando conservador en una guerra cultural descubrió que los exgays éramos útiles. Éramos la prueba de que los gays podían elegir convertirse en heterosexuales si realmente lo deseaban. Y si podíamos convertirnos en heterosexuales, entonces realmente no había tanta necesidad de que la iglesia se arrepintiera de su homofobia. Solo hacía falta que gente como yo mantuviera la ilusión de que habíamos cambiado.

Tras esa guerra cultural perdida que transformó radicalmente las actitudes morales sexuales de Occidente, los cristianos tienen mucho que lamentar. Relaciones transaccionales. Matrimonios desechables. Suposiciones radicalmente transformadas acerca de la sexualidad y el género.

Pero la resistencia de la iglesia conservadora al arrepentimiento no se ha disipado. Mientras observo cómo las iglesias y denominaciones evangélicas se abren paso a tientas en las discusiones sobre orientación e identidad sexual, a menudo imponiendo el lenguaje y las categorías de un movimiento exgay fracasado, estamos perdiendo la verdadera batalla: la cultura circundante ha convencido al mundo de que los cristianos odian a los homosexuales.

Article continues below

Nuestra vocación es demostrar que están equivocados.

El mundo está mirando. Nuestros hijos y nietos están mirando. Ya están cuestionando su fe porque escuchan a su alrededor que los cristianos odian a los homosexuales, y no pueden encontrar a nadie en su congregación que sea gay, fiel al Señor, y sea amado y aceptado como tal. Tal vez puedan señalar a alguien que utilice el lenguaje de la atracción hacia el mismo sexo. Pero incluso eso es raro. Todavía no es seguro hacerlo.

No estoy diciendo que estemos en riesgo de perder a los cristianos que se sienten atraídos por miembros del mismo sexo: eso es un hecho.

Lo que digo es que corremos el riesgo de perder a la próxima generación.

Para aquellos que están escuchando, una generación de cristianos mayores todavía está dispuesta y es capaz de ayudarnos a entender.

Greg Johnson es pastor principal de la Iglesia Presbiteriana Memorial en St. Louis y autor de Still Time to Care: What We Can Learn from the Church's Failed Attempt to Cure Homosexuality [Aún es tiempo del cuidado: Lo que podemos aprender del fallido intento de la Iglesia por curar la homosexualidad].

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel

[ This article is also available in English. See all of our Spanish (español) coverage. ]