Cada semana, en el vestíbulo principal, la secretaria de la iglesia en la que asistí al jardín de niños actualizaba el archivo de grabaciones de sermones. Esto fue a principios de la década de 1990, por lo que el archivo era un anaquel de casetes, con quizás dos o tres copias para cada sermón, en caso de que varios miembros de la iglesia, que por cualquier motivo tenían que permanecer en casa, quisieran escucharlos al mismo tiempo.

Ese tipo de atención para aquellos que no pueden asistir a la iglesia los domingos (ya sea ocasionalmente o a largo plazo) debido a la vejez, una enfermedad crónica o una discapacidad, es indiscutible. La mayoría de las iglesias hace tiempo que pasaron de los casetes a un formato de podcast, YouTube o CD, pero la idea básica de usar la tecnología para llevar al menos el sermón a aquellos que no pueden adorar en persona llegó para quedarse, y así es como debería ser. Aunque no es un cumplimiento suficiente de nuestros deberes por sí solo, es fácilmente defendible como una manifestación de la responsabilidad cristiana de cuidar a los enfermos (Mateo 25:36), predicar la Palabra (2 Timoteo 4:2), y «atender a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones» (Santiago 1:27).

Pero, ¿qué hay de la conducción de la iglesia, (o, al menos, el tiempo de adoración y enseñanza en grupo) en Facebook? Muchas congregaciones probaron esto o algo similar por primera vez durante la pandemia del COVID-19.

Facebook informó que la semana de la Pascua del 2020, cuando el confinamiento por la pandemia apenas se estaba generalizando, fue «la semana más popular y la más grande para las videollamadas grupales en Messenger y para las transmisiones en vivo por Facebook de las páginas espirituales». Las personas parecieron adoptar rápidamente estas formas de conectarse cuando se vieron separadas por el COVID-19.

En Facebook, las iglesias pueden formar «grupos» o «páginas». Pueden albergar chats y publicar memes que los miembros y seguidores verán y responderán. Con una conexión a Internet lo suficientemente buena y congregaciones lo suficientemente pequeñas, pueden realizar sesiones en vivo por Facebook, que son como videollamadas. Pueden planificar eventos y recomendar libros, videos y otras publicaciones.

Y Facebook, más que otras redes sociales importantes, está cortejando deliberadamente [enlaces en inglés] el uso religioso. El sitio está probando una función de solicitud de oración, que parece solo diferir de las publicaciones regulares en grupos en que se puede responder haciendo clic en el botón «Oré» en lugar de dar clic en «Me gusta». Facebook también está trabajando directamente con algunas denominaciones y mega iglesias, con la esperanza de hacer de la fe una nueva fuente constante de tráfico e ingresos publicitarios.

Al leer sobre el alcance religioso de Facebook, me sorprendió lo positivas que fueron las respuestas de pastores y otros líderes religiosos cuando fueron entrevistados sobre esta integración de la adoración, la comunidad congregacional y las redes sociales. Algunos agregaron advertencias sobre el uso indebido de la tecnología o las preocupaciones por la privacidad, pero la acogieron en gran medida como una herramienta valiosa para la vida cotidiana de la iglesia. Algunos incluso parecen pensar, como dijo una vez el televangelista Pat Robertson sobre la televisión, que «sería una locura que la iglesia no se involucrara con la fuerza más formativa de Estados Unidos»; que «el mensaje es el mismo, [y] el medio de entrega puede cambiar».

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Ese pensamiento está equivocado. A pesar de todos sus usos prácticos en circunstancias extraordinarias como la pandemia o como un medio para incluir y ministrar a aquellos que físicamente no pueden asistir a los servicios, las redes sociales como un espacio para la adoración grupal ordinaria nos harán más daño que bien.

Facebook, (y otros sitios de redes sociales), no son simplemente la próxima evolución del ministerio de casetes o una conveniente centralización en línea de la logística y la adoración. Su poder formativo no es neutral.

Sospecho que el medio cambiará significativamente el marco del mensaje, o incluso lo cambiará por completo, principalmente al trivializarlo, y encontrando la forma de distraer nuestra atención.

El crítico cultural Neil Postman escribió Divertirse hasta morir en 1985, cuando la televisión era el medio bajo escrutinio. Postman no era cristiano ni sabía nada de las redes sociales. Aun así, su capítulo sobre la iglesia televisada (que contiene la cita anterior de Pat Robertson) ofrece tres advertencias premonitorias que los cristianos necesitan al considerar un nuevo medio de adoración.

El primero es el más simple: es una «gran ingenuidad tecnológica», escribió Postman, imaginar que la televisión no modificará el mensaje de la iglesia, porque «no todas las formas del discurso se pueden convertir de un medio a otro». Nos damos cuenta de esto en otros contextos, reconociendo, por ejemplo, que cantar solo en tu auto no es lo mismo que cantar con una congregación.

Esto también es cierto para las redes sociales. El mismo servicio de adoración, si se presenta como un video en vivo por Facebook, es sustancialmente diferente de lo que sería si se experimentara en persona. Las palabras pueden ser idénticas, pero su contexto transforma el mensaje. Esto me lleva a la segunda advertencia:

Poner los servicios de la iglesia en las redes sociales es intrínsecamente desorientador, y podemos olvidar que la verdadera adoración del Dios trino, creador del universo, no debería tener que competir por nuestra atención con los memes tontos, los discursos políticos y el sinfín de frivolidades que encontramos en Facebook (al mismo tiempo y en el mismo lugar). Nunca decoraríamos nuestros santuarios con anuncios de Amazon y dibujos animados toscos, pero eso es lo que rodea a los servicios de adoración en Facebook.

Si proclamamos «Jesús es el Señor» en Facebook, en lugar de en persona, las palabras no cambiarán, pero el significado sí. El medio pone esa declaración de fe al mismo nivel que «Vote por este candidato», «Compre esta camiseta» y «Obtenga un me gusta por compartir este meme».

Nada de eso cambia a Jesús, por supuesto. La diferencia tiene que ver con nosotros y cómo procesamos los mensajes. Mantener el enfoque en Cristo ya es un desafío enorme de nuestro tiempo, tanto en el sentido más amplio de tener una lealtad absoluta e indivisa a Jesús, como también en el sentido menor de mantener nuestras manos lejos de nuestros teléfonos durante dos segundos para hacer algo, cualquier cosa, que esté relacionada con Dios.

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No es imposible, por supuesto, que Dios llame a las personas a Sí mismo a través de un medio profundamente defectuoso, pero tampoco es prudente rodear deliberadamente la adoración con distracción cuando ya de por sí tenemos demasiadas distracciones.

«Las personas comerán, hablarán, irán al baño, harán flexiones o cualquier otra cosa que estén acostumbradas a hacer en presencia de [una] pantalla», escribió Postman sobre los servicios de adoración por televisión. Esto suena vergonzosamente cierto desde mi experiencia con la iglesia Zoom en tiempos de pandemia, que era mejor que nada. Pero no sustituyó al encuentro que Juan describe como «hablar personalmente con ustedes para que nuestra alegría sea completa» (2 Juan 1:12).

Las redes sociales están diseñadas para la trivialidad y la distracción, para ayudar a los anunciantes y las plataformas a beneficiarse de la «economía de la atención», y nuestro comportamiento al consumirlas refleja ese hecho.

Mi tercera advertencia está estrechamente relacionada con la ausencia de buenas restricciones que conlleva la adoración limitada a la pantalla: «El espectador está consciente en todo momento de que un toque del interruptor producirá un evento diferente y secular en la pantalla», señaló Postman. Esa posible elección constante es un poderoso incentivo para que la iglesia se interese menos por darnos lo que necesitamos y se preocupe más por darnos lo que queremos: lo que sea que nos mantenga escuchando activamente, cualquier cosa que haga que no deslicemos la pantalla hacia abajo.

Puedo escabullirme en cualquier momento que quiera, sin que me restrinja siquiera la más leve incomodidad de salir del santuario mientras el predicador sigue hablando. Las limitaciones que sentimos en persona no niegan nuestra capacidad para elegir lo que hacemos. Pero la presencia de otros puede ser una poderosa presión para nuestro bien. Francamente, necesitamos la presión de otros compañeros para mantenernos comprometidos con la adoración.

No estoy diciendo que crea que la iglesia en línea sería un sustituto perfecto de la iglesia en persona si tan solo la persona pudiera estar sentada en silencio, en un entorno hermoso, con el servicio de la iglesia en una pantalla grande y sin publicidad. A estas alturas, todos nos hemos dado cuenta de que un servicio religioso sin tener un encuentro cara a cara, o un canto grupal, no es suficiente. No obstante, también es necesario decir que el medio, ya sea Facebook o cualquier otro, es un problema en sí mismo.

Sin embargo, las tentaciones no son solo para quienes miran. Un servicio en línea tienta a los maestros a dejar de tomar su cruz (Lucas 9:23) y a apoyarse en «Por favor, mantenga Facebook abierto y por favor no navegue por Twitter o el correo electrónico en su teléfono». Hace que el cristianismo sea menos «exigente y serio», pensó Postman, y más «fácil y divertido… completamente otro tipo de religión».

Traducción por Sergio Salazar

Edición en español por Livia Giselle Seidel

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