Este artículo fue adaptado del boletín de Russell Moore. Suscríbase aquí.

El joven agachó la cabeza mientras me hablaba de su lucha constante con lo que creía que era una inclinación obsesiva hacia la pornografía.

Después de todos estos años en el ministerio, he tenido esa conversación tantas veces que seguramente podría escribir un guion por adelantado. Sin embargo, este cristiano fue capaz de resumir su situación mejor que la mayoría. «Supongo que mi problema comenzó con la lujuria», dijo. «Y después sentí culpa y vergüenza. Sigo sintiéndola, pero también hay algo más: aburrimiento».

Aquella misma tarde hablé con un cristiano de mediana edad, muy exitoso en su carrera, que me dijo: «He conseguido todo lo que me he propuesto hacer, pero ahora todo parece vacío y sin significado. Es como si estuviera aburrido». También he tenido antes esa conversación en incontables ocasiones.

Ese día, sin embargo, comencé a preguntarme si, en cierto modo, estas conversaciones en realidad giraban en torno al mismo problema.

Me sentí inclinado a considerar esta cuestión después de leer un largo lamento contra «la inclinación actual hacia la pornografía», no por parte de alguien con un punto de vista evangélico conservador afín, sino de un filósofo anticapitalista decididamente secular.

En su libro Capitalism and the Death Drive [El capitalismo y la pulsión de muerte], Byung-chul Han deja claro que esta «inclinación hacia la pornografía» no solo se manifiesta en imágenes o escenas sexuales explícitas en internet, sino en un aspecto más profundo de enfermedad espiritual.

Han argumenta que la pornografía intenta despojar las señales de su significado, la sensación de la comunión y los órganos corporales de la persona. Esto da como resultado una fragmentación que proviene de una especie de hipervisibilidad e hiperdisponibilidad.

La pornografía utiliza la sexualidad, pero en última instancia fragmenta y socava la tensión necesaria para el erotismo. Para el filósofo, el punto es que la pornografía no tiene trama.

Con esto no se refiere a que la pornografía no pueda ser insertada en una historia. Lo que quiere decir es que el sentimiento genuino no puede ser fabricado, comprado y vendido. La erótica genuina, sostiene, requiere un desarrollo paciente y un vínculo duradero.

Una mentalidad pornográfica confunde estas cosas porque la gente piensa que el amor es una disposición aleatoria de sentimientos consumibles; no como parte de una historia en desarrollo. Esta distorsión conduce a la gente a la compulsión de cambiar constantemente de pareja (ya sea «en la vida real» o en su imaginación) para mantener fresca esa sensación de novedad.

Dudo de que Han alguna vez catalogara esto como «pecado» o «inmoralidad», pero sin duda lo ve como algo engañoso y autodestructivo. El resultado es, entonces, una sociedad que parece agotada: agotada de atención, agotada de significado, agotada de amor.

A diferencia de la pornografía, argumenta Han, el amor sí tiene una trama. El amor no es un conjunto aleatorio de sensaciones, sino algo que debe ser establecido en un contexto más amplio. Y la fidelidad, sostiene Han, no es solo una emoción, sino también un acto. De hecho, la fidelidad es una serie de actos que requiere el contexto de una trama.

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Han pone como ejemplo la carta de un francés a su esposa, en la cual él anticipa su vida juntos en el futuro como si fuera el presente: «Tienes 85 años y has encogido cinco centímetros. Ahora solo pesas 40 kilos, y sin embargo, sigues siendo deseable». Esta clase de amor requiere una promesa y una vida.

Cuando leí esto, pensé en el consejo que se les suele dar a los padres con respecto a la pornografía.

Da la sensación de que aquellos que no tienen un concepto del pecado, de la gracia o de Dios cada vez aseguran más a los padres que la pornografía no debería ser considerada «inmoral». Sin embargo, cuando elaboran su argumento un poco más, dicen que esta no es una buena fuente de educación sexual.

Según ellos, los chicos que solo aprenden sobre la sexualidad a través de la pornografía no entienden que los cuerpos reales de las personas no responden de una manera tan predecible. La pornografía altera las expectativas de lo que debería ser el sexo, el consentimiento y la mutualidad, dicen.

No obstante, si ese fuera el problema principal, la implicación consecuente sería que se podría resolver con una pornografía «más realista» que ayudara a preparar a estos jóvenes para una intimidad genuina.

La intimidad, sin embargo, es con una persona, no solo con unos genitales. Por lo tanto, solamente puede ser abordada a partir del misterio que conforma a una persona completa, y esto no es un producto que se pueda «consumir».

Así es como la Biblia describe a los seres humanos y la intimidad sexual. La historia de amor entre Rut y Booz (en el corto libro de Rut en la Biblia) resuena en nosotros porque, al igual que cualquier historia de amor verdadero, no nos transporta inmediatamente a una sensación y nos deja allí. La historia se desarrolla con tensión y, de hecho, continúa.

Lo que parece ser un encuentro improbable y accidental entre estas dos personas —con el trasfondo de una gran tragedia— acaba dando como resultado la genealogía del rey David. Y nosotros ya sabemos que esa historia nos lleva hasta Belén y más allá.

Recordemos que, cuando el apóstol Pablo explica el misterio que hay en la unión en una sola carne en Efesios 5, lo hace para una congregación que se reunía en una ciudad que era conocida por el templo de Artemisa. Era una cultura en la que la prostitución sagrada —el uso del orgasmo sexual con el presunto propósito de conectarse con lo divino— era una norma cultural.

Cuando Pablo escribe que la unión entre un hombre y una mujer señala hacia la comunión de Cristo con su iglesia, no lo hace solo para usar principios abstractos, sino para mostrarnos cómo todo esto encaja dentro de una historia cósmica de redención más amplia. Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella, y la purificó con agua.

Esta unión no puede ser imitada por medio de un estímulo momentáneo de las terminaciones nerviosas. Solo puede ser ejemplificada y encarnada por medio de la entrega de una vida entera. Esto requiere el compromiso de compartir la misma historia: en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.

Una historia así exige que una persona aprenda lo que significa estar en comunión con el otro, y con Aquel en quien se integran las partes de toda buena historia. Porque, ya sea que seamos o no sexualmente activos, todos somos miembros los unos de los otros en el cuerpo de Cristo.

Russell Moore lidera el Proyecto de Teología Pública en Christianity Today.

Traducción por Noa Alarcón.

Edición en español por Sofía Castillo y Livia Giselle Seidel.

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