Esta pieza fue adaptada del boletín de Russell Moore. Suscríbase aquí [enlaces en inglés].

El mundo occidental dijo «nunca más» después de las cámaras de gas del Tercer Reich y, sin embargo, aquí estamos.

Las tropas rusas desplegadas por el criminal de guerra Vladímir Putin están cometiendo atrocidades en toda Ucrania, asesinando a civiles inocentes a sangre fría mientras pasan de la invasión a la ocupación y al intento de genocidio. Una de las razones por las que es difícil ver las imágenes de estos inocentes asesinados es porque la mayoría de las personas se pregunta: «¿Qué podemos hacer para detenerlo?».

Si bien los ucranianos han demostrado determinación y valor más allá de lo que nadie podría haber predicho, todos los informes coinciden en que todavía queda un largo camino por recorrer. Los crímenes de guerra continuarán.

Tal vez, de alguna manera, esta invasión se detenga rápidamente y los criminales de guerra rusos sean llevados ante la justicia en un juicio al estilo de Nuremberg, tal como lo ha pedido el presidente ucraniano Volodímir Zelenski.

Pero si esto no sucede, estos asesinatos y crímenes pueden seguir sin rendir cuentas durante mucho tiempo, tal vez incluso toda la vida. De hecho, estos criminales de guerra cuentan con eso.

El mundo debería observar lo que estos criminales están haciendo, llamarlo por lo que es, y hacerlos rendir cuentas cuando llegue el momento. Pero los cristianos en particular debemos observar y reconocer algo que a menudo queremos ignorar: cómo el corazón humano es capaz de justificar grandes males.

Los seres humanos son capaces de una depravación horrible. Esto lo sabemos. Los seres humanos, sin embargo, no son como animales salvajes o máquinas construidas. Tenemos conciencias que nos alertan acerca del tipo de personas en que nos estamos convirtiendo. Para llevar a cabo crímenes de esta magnitud, un soldado ruso debe aprender a silenciar esa conciencia de alguna manera o, cuando menos, a amordazarla.

Si bien es cierto que muy pocos —si es que alguno— de los que leen esto son culpables de crímenes de guerra, también es cierto que cada uno de nosotros ha luchado con su conciencia y, en muchas ocasiones, hemos elegido seguir el mismo camino, incluso cuando los pecados cometidos no sean tan atroces y lo que esté en juego no sea de tal magnitud.

Entonces, ¿cómo sucede esto?

Uno de los primeros pasos consiste en priorizar el poder sobre la moralidad. Una manera fácil de hacer esto es caracterizar la situación como una emergencia, que requiere dispensar las normas ordinarias de comportamiento. Todos los regímenes criminales han hecho esto, generalmente identificando chivos expiatorios, culpándolos de los males de las personas y enmarcando la situación como una amenaza existencial.

Actuar dentro de los límites de la conciencia se pinta como un lujo que uno solo se puede dar en tiempos que no son tan terribles como estos. Esto puede suceder incluso con situaciones que parecen moralmente no problemáticas. Podemos racionalizar que la misión es demasiado importante para que responsabilicemos al líder por el trato que le da a las personas.

En la iglesia, tal razonamiento podría decir: «¿Cómo podríamos perder el tiempo en estas sutilezas cuando las personas se van al infierno sin el evangelio?» En política, podría tomar la forma de: «Estas teorías sobre el buen carácter en el cargo o las normas constitucionales son buenas y todo eso. Pero entremos en el mundo real; estamos a punto de perder nuestro país». En tiempos de guerra, se puede enmarcar como: «Podemos escuchar sus dudas éticas acerca de la tortura más tarde; si no actuamos ahora, los terroristas nos destruirán». Y así.

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Quienes cometen injusticias de cualquier tipo deben mentir para evadir la responsabilidad. Pero la forma más peligrosa de mentir no es la propaganda que la gente le da a las personas, sino las mentiras que se dicen a sí mismos para aquietar sus conciencias.

Nuevamente, esto puede suceder en asuntos que están muy lejos de ser crímenes de guerra. Las personas pueden aislar ciertas categorías de pecado y negarse a verlos como tales, colocando la culpa del pecado no en ellos mismos, sino en aquellos que lo etiquetarían como pecado.

Por ejemplo, uno puede definir el pecado simplemente en términos sociales: «Mientras no parezca que estoy lastimando a nadie más de manera pública, entonces ¿por qué es asunto de alguien más lo que hago en mi vida privada?» O se puede hacer lo contrario y definir el pecado como meramente personal, actuando como si las cuestiones de injusticia social no tuvieran consecuencias morales.

Así es como algunos predicadores estadounidenses, en la reunión de la Alianza Bautista Mundial en Berlín, justo antes de la Segunda Guerra Mundial, pudieron excusar el autoritarismo y la demonización de los judíos por parte de la Alemania nazi. Esos eran solo problemas «sociales», argumentaron.

En cuanto a las cuestiones morales que realmente preocupaban a estos predicadores (las «personales»), algunos de ellos decían que el Reich podría enseñarle un par de cosas a su decadente nación norteamericana: Adolf Hitler no bebía ni fumaba. Y las mujeres vestían modestamente, no como en su país.

Leer los reportes a la luz de lo que estaba por venir es escalofriante. Y, sin embargo, oímos hablar del mismo tipo de maquinaciones todo el tiempo, a veces incluso dentro de nuestros propios corazones.

A veces, un mal es demasiado grande para ignorarlo por completo. La conciencia debe tenerlo en cuenta, pero lo hace proyectando ese mal sobre alguna otra persona o grupo. En lugar de lidiar con la acusación del propio sentido del bien y del mal, uno puede hacerle un corto circuito a la culpa al ubicarla en otra parte.

Así es como, por ejemplo, los criminales de guerra rusos (mientras llevan a cabo las mismas tácticas que llevaron a cabo las tropas de asalto nazis) pueden afirmar que están luchando para «desnazificar» a Ucrania.

Una vez más, esto no tiene que suceder en la enorme escala moral de la atrocidad geopolítica. Puede ver esto en su propia sala de descanso de trabajo o en el vestíbulo de la iglesia. Por ejemplo, se sorprendería de cuántos de los guerreros más estridentes en contra de la cultura actual, quienes acusan a sus compañeros cristianos de «ceder» en la lucha contra la «anarquía sexual», son adictos a la pornografía.

Nuestras conciencias funcionan dirigiendo nuestra psique hacia la máxima rendición de cuentas. El apóstol Pablo escribió que la conciencia da testimonio del día en que «…por medio de Jesucristo, Dios juzgará los secretos de toda persona» (Romanos 2:16). Uno no puede soportar el peso de esta verdad. O nos convencemos de que tal ajuste de cuentas nunca llegará, o encontramos alguna autoridad (tal vez incluso espiritual) que nos asegure que nunca seremos descubiertos.

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El «carnicero de Bucha», un oficial ruso al mando de una unidad que masacró a civiles en Ucrania, fue supuestamente bendecido por un sacerdote ortodoxo ruso, justo antes de la espantosa misión en la que sus tropas dejaron los cuerpos de civiles inocentes en cementerios masivos o en las calles.

El «carnicero» supuestamente habló de su misión como una especie de guerra espiritual, en la que estaba luchando del lado de Dios. Y, por supuesto, este es solo un ejemplo de cómo la Iglesia Ortodoxa Rusa no solo es cómplice, sino que celebra los crímenes del régimen de Putin.

Nuevamente, esto tampoco es inusual. Cada rey malvado en la Biblia buscó profetas que le dijeran que sus acciones eran aprobadas por Dios. E incluso en la más pequeña de las transgresiones, con gran frecuencia lo primero que queremos hacer cuando cometemos un mal es encontrar alguna autoridad moral que nos diga que lo que estamos haciendo es correcto.

Quizás el paso más peligroso de todos es, sin embargo, cuando la conciencia se da por vencida y comienza a decir que “así es el mundo en que vivimos”. Pasa a decir que la depravación es realista, mientras que la moralidad no lo es. Podemos ver esto en la sonrisa satisfecha detrás de las palabras de Putin y en el carraspeo de sus defensores occidentales. Todo esto tiene sus raíces en la idea de que el día de la rendición de cuentas nunca llegará.

Y, sin embargo, lo hará.

Nacimos en este siglo, en este momento de la historia, y tenemos la responsabilidad de hacer todo lo posible para oponernos al asesinato y al genocidio de personas inocentes. Tenemos la responsabilidad de llamar al mal por lo que es.

También tenemos la responsabilidad de recibir advertencias: reconocer las formas en que nos disculpamos a nosotros mismos o nos tranquilizamos de la misma manera, aunque no en el mismo grado, que el criminal de guerra más vicioso.

Porque para nosotros, como para ellos, se acerca el Juicio Final.

Russell Moore lidera el Proyecto de Teología Pública en Christianity Today.

Traducción por Sergio Salazar.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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