En 2016, en una entrevista con CT, la nadadora Maya DiRado, medallista de oro por primera vez, contó que cuando empezó a «cuestionar [sus] creencias durante su adolescencia», sus padres cristianos «la apoyaron». «A través de algunas investigaciones, mucha lectura y conversando con mentores», dijo, «llegué a conocer y seguir a Cristo, y hacer mía mi fe» [enlaces en inglés].

Según William Wilberforce, «la fe auténtica no se puede heredar», lo que significa que tenemos que ayudar a nuestros hijos a que se apropien plenamente de su fe del mismo modo que lo hicieron los padres de DiRado. A medida que nuestros hijos crecen en una época postcristiana, tenemos que ayudarles a comprender los fundamentos de lo que creemos y también las excelentes razones que tenemos para tener esas creencias.

La pregunta no es si las opiniones de nuestros hijos serán cuestionadas, sino cuándo. Mis hijos se encontraron con objeciones de parte de compañeros de clase no cristianos antes de los 10 años, y es importante mencionar que ambos recibieron educación en casa. Las familias cuyos hijos reciben educación pública me dicen que los niños suelen empezar a hablar de sus creencias religiosas entre el tercer y el quinto grado. ¿Cómo deben responder cuando se encuentran con un escéptico que piensa que la Biblia es una colección de leyendas y fábulas? ¿O que la exclusividad del cristianismo es en realidad intolerancia? ¿O que Jesús nunca existió? ¿O que la ciencia moderna ha refutado el cristianismo de una vez por todas? (Por cierto, mi hijo de nueve años escuchó a un amigo hacer una de estas afirmaciones hace menos de dos semanas).

Las Escrituras dicen, en Primera de Pedro 3:15 que «… Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes». Según este mandato del apóstol Pedro, la apologética —que viene del griego apologia y que significa «hacer una defensa»— no es una práctica opcional, sino algo que se nos ordena hacer en un espíritu de amor y respeto. Aunque a menudo se denigra la apologética como una herramienta demasiado directa y anticuada, puede utilizarse de forma victoriosa y poderosa, a fin de, en palabras de Holly Ordway, «ayudarnos a llevar a la gente a conocer, seguir y amar a nuestro Señor Jesucristo». A su vez, también puede ayudarnos a apuntalar nuestras propias creencias y las de nuestros hijos.

Teniendo esto en cuenta, he aquí cinco sugerencias para padres, educadores cristianos y ministros de jóvenes sobre cómo inspirar y cultivar una fe segura y contagiosa en niños y adolescentes:

1. Empieza pronto

A menudo me preguntan cuándo debemos empezar a incorporar la apologética en la formación espiritual de nuestros hijos. Los niños empiezan a pensar de forma independiente en cuestiones teológicas y filosóficas a una edad mucho más temprana de lo que cabría esperar, incluso antes de la adolescencia o de la universidad, por lo que los primeros años de la escuela primaria parecen ser la época indicada para empezar.

Mi hijo mayor solo tenía siete años la primera vez que se cuestionó la verdad del cristianismo. Un día, de repente, preguntó: «Mamá, ¿cómo sabemos que todas estas cosas de la Biblia no son inventadas? ¿Cómo sabemos que Dios es real?». En respuesta, le di una versión simplificada del argumento cosmológico kalam, que explica que todo lo que tiene un principio debe tener una causa. Puesto que el propio universo tuvo un principio y contiene toda la materia, el espacio y el tiempo, su causa debe haber sido algo inmaterial, atemporal y muy poderoso, una caracterización que encaja perfectamente con la forma en que el cristianismo define a Dios. Mi hijo entendió y apreció esa explicación. También hay que tener en cuenta que él no es una anomalía: la mayoría de los niños preadolescentes pueden comprender la apologética básica.

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Cuando te preguntes por dónde empezar, lo primero que debes hacer es prepararte. Busca recursos para principiantes como el libro The Case for Christianity [El Caso del Cristianismo] de Lee Strobel o Christian Apologetics [Apologética Cristiana] de Doug Groothuis, un libro de texto que cubre una amplia gama de temas. Sin embargo, no esperes comprar libros apropiados para la edad de tus hijos y que ellos hagan el trabajo por ti. Es importante que tú, como padre o profesor, tengas un conocimiento más amplio del tema que el que presentan los libros o los planes de estudio, de modo que estés preparado para facilitar y ampliar el debate.

En segundo lugar, anticipa escuchar «grandes preguntas»: ¿Cómo sabemos que Dios existe? ¿Cómo sabemos que la Biblia es fiable? ¿Cómo entendemos el problema del mal y el sufrimiento? ¿Entra la ciencia en conflicto con lo que la Biblia enseña sobre la Creación? ¿Es razonable creer que Jesús resucitó realmente de entre los muertos? ¿Y qué ocurre con las personas que mueren sin haber escuchado hablar de Jesús? Éstas son algunas de las preguntas habituales que se hacen los niños durante los años de educación primaria.

2. Educa, no adoctrines

Como niña y adolescente que creció en la iglesia, durante muchos años creí con todo mi corazón que el cristianismo era verdadero; sin embargo, mi fe era prestada. La había tomado prestada de mis padres, de las iglesias a las que asistía y del mundo bastante aislado en el que había crecido. Me dijeron lo que tenía que creer, pero no por qué debía creer en ello —salvo por miedo a la condenación eterna—. Tampoco me enseñaron a pensar en las afirmaciones de la verdad cristiana desde una perspectiva crítica para que pudiera apropiarme intelectualmente de mi fe.

Estudios recientes indican que este fenómeno de «fe prestada» ha desempeñado un papel en el alarmante ritmo de abandono de la Iglesia por parte de los jóvenes. Sin embargo, el problema de la fe prestada no es nuevo y tampoco lo son sus soluciones.

¿Cómo podemos detener la brecha? En primer lugar, tenemos que equipar a nuestros hijos con pruebas extrabíblicas, como escritos de la antigüedad, pruebas científicas y pruebas arqueológicas. En segundo lugar, tenemos que ayudarlos a desarrollar habilidades de pensamiento crítico, que les ayuden a detectar y evitar los malos razonamientos y a ser capaces de analizar las afirmaciones hechas a favor y en contra del cristianismo. En tercer lugar, tenemos que enseñarles los fundamentos de la argumentación lógica, ya que algunos de los mejores argumentos a favor y en contra de las afirmaciones de la verdad cristiana son filosóficos y a menudo se presentan de forma de argumentación lógica.

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Si buscas recursos para el hogar o el aula, recomiendo El caso del Creador y El caso de Cristo de Lee Strobel [ambos disponibles en español], de los cuales hay ediciones disponibles para niños y para estudiantes; The Thinking Toolbox [La caja de herramientas del pensamiento] de Nathaniel y Hans Bluedorn; y Learning Logic [Aprendiendo lógica] de William Lane Craig.

3. Utiliza un enfoque conversacional

Al discipular a nuestros alumnos y niños, el objetivo es estimular su propio pensamiento autónomo, no dándoles un discurso, sino hablando con ellos. Este enfoque —a veces conocido como el método socrático de educación— consiste en hacerles preguntas más profundas con regularidad y darles espacio para que respondan.

Por ejemplo, si estás en el coche volviendo a casa del colegio o del entrenamiento deportivo y tu hijo o hija te cuenta que un amigo del colegio dice que Jesús es «solo un mito inventado por los escritores de la Biblia», podrías responder con preguntas como: «¿Tú qué piensas sobre eso?» o «Después de pensarlo, ¿qué podrías responder la próxima vez?» o «¿Sabes cómo sabemos que Jesús es real?». En lugar de arrojarles toda la información a la vez, proporciónales una o dos buenas pruebas y asegúrate de que logran entender cómo esas pruebas apoyan la afirmación de la verdad.

Para los niños más pequeños y los preadolescentes, a veces utilizo la apologética conversacional en forma de un juego de preguntas verbal. Mientras conducimos en el coche o por la noche antes de nuestras oraciones para dormir, les digo algo como: «¿Quién puede decirme una buena razón para creer que Jesús resucitó de verdad?» o «¿Quién puede darme una razón por la que nuestro universo tuvo que tener un creador?». Aunque a algunos les parezca que este enfoque es demasiado simplista o excesivamente guionizado, he comprobado que a los niños les encanta tener la oportunidad de demostrar sus conocimientos, y fortalece sus músculos intelectuales del mismo modo que la memorización de las Escrituras.

Para obtener recursos sobre apologética conversacional, considera Keeping Your Kids on God's Side: 40 Conversations to Help Them Build a Lasting Faith [Cómo mantener a tus hijos del lado de Dios: 40 conversaciones para ayudarlos a construir una fe duradera] de Natasha Crain y The Defense Never Rests: A Workbook for Budding Apologists [La defensa nunca descansa: Un libro de trabajo para apologetas en ciernes], de William Lane Craig y Joseph Tang.

4. Explícales otras visiones del mundo

Durante mis años de crecimiento, mi conciencia sobre otras religiones era muy vaga, y casi desconocía que algunas personas no creían en absoluto en Dios. Las pocas veces que estuve expuesta a afirmaciones no cristianas, los cristianos que me rodeaban respondían diciendo: «Oh, eso no es cierto, la Biblia dice lo contrario» o «Esa es una de las mentiras de Satanás. No te lo creas». Por tanto, en mi juventud no fui capaz de responder de forma significativa a quienes tenían otras visiones del mundo, incluidos mis amigos y compañeros de trabajo hindúes, musulmanes, agnósticos y universalistas. Perdí varias oportunidades de ser una voz para el reino, y todavía lo lamento.

Ahora, como madre y profesora, estoy convencida de que nuestros hijos deben tener un conocimiento básico de otras religiones del mundo —y de cómo se comparan sus enseñanzas con las enseñanzas cristianas— y también deben conocer el ateísmo y el agnosticismo. Si nuestros hijos, hijas y estudiantes tienen un conocimiento práctico de los puntos de vista opuestos, entonces, cuando llegue el momento, estarán preparados para mantener conversaciones competentes (e incluso amistades) con los no creyentes.

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Empezando en la escuela primaria, podemos concientizarlos gradualmente de que otras personas suelen tener puntos de vista diferentes a los nuestros, y que no todo el mundo es cristiano. Los años de secundaria son un buen momento para mantener conversaciones más detalladas sobre otros sistemas de creencias. Sin embargo, ten cuidado al elegir recursos que comparen las religiones del mundo, no solo por el sesgo pluralista que prevalece, sino también por las caracterizaciones erróneas comunes de las distintas creencias.

Si buscas un punto de partida, prueba con World Religions: The Great Faiths Explored and Explained [Religiones del Mundo: Los grandes sistemas de creencias explorados y explicados], de John Bowker, un respetado sacerdote anglicano y estudioso de la Biblia.

5. No te asustes por la duda

No puedo evitar preguntarme si la historia de DiRado habría resultado muy diferente si sus padres no la hubieran apoyado en amor durante su periodo de escepticismo y duda. Tarde o temprano, la mayoría de los niños y adolescentes expresan sus dudas sobre algún aspecto del cristianismo, y aunque nuestros instintos paternales nos lleven al pánico, debemos recordar que es perfectamente normal cuestionar. De hecho, es un muy buen indicador de que nuestros hijos están madurando intelectualmente cuando empiezan a analizar sus propias creencias.

Como padres y profesores, queremos fomentar el pensamiento crítico de nuestros hijos y alumnos respetando sus preguntas. Por ejemplo, puedes responder diciendo: «Vaya, me impresiona mucho que hayas pensado en un punto tan profundo e importante. Hablemos de ello». O si simplemente expresan dudas sobre una afirmación bíblica, podrías preguntarles: «¿Qué crees que es problemático en eso?». Si siguen albergando dudas después de que les hayas dado buenas respuestas, dales tiempo y espacio. Esto les mostrará que respetas su autonomía espiritual e intelectual. Puedes retomar la conversación de vez en cuando y/o indicarles personas, pastores, libros o recursos en línea que les sean útiles. Cuando hablen, intenta evitar que se sientan como si estuvieran obligados a estar de acuerdo con tus conclusiones para no disgustarte.

Mis cuatro consejos básicos para tratar la duda son (1) expresar interés y preocupación con cariño, no con angustia; (2) reconocer y apreciar su pensamiento crítico; (3) discutir con calma las pruebas e ideas; y (4) retomar la conversación cuando hayas orado y leído más profundamente.

6. Apóyate en el Espíritu Santo y en los demás creyentes que te rodean

Recuerda que la carga de construir una fe confiada y contagiosa en tus hijos o alumnos no recae toda en ti. Piensa que eres un emisario obediente del Espíritu Santo: confía en Él para que te guíe en tu proceso de crianza y enseñanza, pero confía también en que haga la obra que es exclusivamente suya. Al fin y al cabo, los niños son individuos con mentes independientes: no podemos obligarlos a creer nada, ni debemos intentarlo. Nuestra mayor confianza debe estar en la agencia del Espíritu Santo.

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También es crucial darse cuenta de que una de las mayores bendiciones de vivir en una comunidad de creyentes es que nos «afilamos» unos a otros. A veces nuestros hijos se benefician de escuchar buenas respuestas de mentores espirituales que no son sus padres. Un pastor de confianza o un estudiante mayor que tenga una fe madura e informada pueden ofrecer un valioso estímulo espiritual e intelectual a nuestros hijos. No debemos subestimar la importancia del discipulado basado en la comunidad.

A medida que edificamos a nuestros hijos en la comunidad, también edificamos la iglesia. «Las iglesias que ayudan a los jóvenes a crecer parecen experimentar un crecimiento misional, espiritual, relacional y, a menudo, numérico en todos los ámbitos», escriben Kara Powell, Jake Mulder y Brad Griffin en Growing Young: Six Essential Strategies to Help Young People Discover and Love Your Church.

Discipular a la próxima generación es una de las mayores contribuciones que podemos hacer al cuerpo de Cristo, así que enseñémosles a amar al Señor con todo su corazón, toda su alma y toda su mente. El futuro de la iglesia depende de ello.

Melissa Cain Travis es profesora adjunta de apologética en la Universidad Bautista de Houston. Es autora de la serie de libros de cuentos de apologética para niños Young Defenders (Apologia Press), así como de Science and the Mind of the Maker (Harvest House, 2018).

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel.

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