Tras varios acontecimientos políticos, desde 2016 he recibido mensajes de texto tales como:

«¿Va a hacer la iglesia alguna declaración?».

«¿Piensas pronunciarte públicamente?».

«¿Qué tiene que decir la iglesia sobre esto?».

Algunos de estos mensajes me llenaron de emoción (porque sí tenía algo que decir), otros me llenaron de temor (porque no tenía nada que decir), y otros me llenaron de confusión (porque no estaba seguro de lo que estaba pasando).

Hace quince años, cuando empecé en el ministerio pastoral, se esperaba que me abstuviera de comentar asuntos políticos. Ahora, mi congregación espera que comente todos los temas políticos. Si los pastores no hacemos una declaración pública a manera de reacción a las noticias, habrá quien diga que no estamos haciendo nuestro trabajo.

El pastor y la iglesia se encuentran en un lugar extraño. Los pastores suelen funcionar como mediadores de la Palabra para la vida de sus congregantes. Pero esto se ha torcido. En una época de obsesión política, los pastores y las iglesias ya no son «mediadores» de un misterio, sino representantes de relaciones públicas para la iglesia estadounidense.

Muchos esperan que la iglesia ofrezca y mantenga una imagen pública favorable de Dios o que adopte una postura dura en un mundo cada vez más polarizado. Es muy probable que hayamos elegido nuestra iglesia por los valores que compartimos con ella y, por tanto, queremos que nuestros pastores nos digan cómo nos sentimos, que reflejen nuestros propios sentimientos, y que digan lo que nosotros no podemos decir. Muchas de nuestras expectativas proceden de un malentendido de lo que es la iglesia y de cuál debe ser el papel del pastor.

Las relaciones públicas sirven para mantener una imagen y una marca. Los que se dedican a las relaciones públicas están interesados en proporcionar un tipo de lenguaje que satisfaga a un consumidor: el público. Las empresas de relaciones públicas elaboran mensajes sesgados, la mayoría de las veces con la intención de convencer a alguien de que algo no existe, pero debería existir.

En el panorama actual, oímos «lo que el fundador de [la marca de comida rápida] Chipotle tiene que decir sobre la violencia armada» o sobre «el compromiso de Bass Pro Shop contra el racismo». Al igual que las declaraciones políticas de las empresas, miramos las cuentas de redes sociales de nuestra iglesia buscando una declaración finamente elaborada que se ajuste al modelo capitalista que busca aplacar nuestras emociones para impulsar nuestros intereses pecuniarios.

La iglesia es muchas cosas: un cuerpo, una novia y una familia, así como una organización social, una institución religiosa y un centro comunitario. También es mucho más. Pero puede ser importante considerar lo que la iglesia no es en absoluto: un representante de relaciones públicas.

Podemos plantearnos estas preguntas: ¿Qué espero de mi iglesia y por qué? ¿Se requiere que nuestra congregación local articule el momento emocional que nosotros (y millones de personas) estamos viviendo?

Como pastor, respondo a los acontecimientos actuales porque quiero que mi gente sepa que vivo en el mismo mundo confuso y doloroso en el que ellos viven. Para amar y discipular a mi gente, quiero reconocer nuestra realidad compartida y extraña. Sin embargo, también siento que me alejo de mi vocación, ya que a menudo se espera que comente cada noticia que llega a nuestros canales. He aquí algunas maneras en las que he llegado a pensar sobre cómo abordar los titulares desde el púlpito.

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En primer lugar, la iglesia da testimonio de la vida y la resurrección de Cristo pero, en última instancia, se presenta a sí misma delante de Cristo (Efesios 5:27). Las iglesias que verdaderamente sirven a los propósitos de Jesús no mantienen una imagen: anuncian las buenas noticias de la resurrección de Cristo. Elaborar mensajes sesgados en una iglesia sería un pecado.

La Resurrección da forma a la manera en que podemos pensar sobre cualquier acontecimiento. Hay acontecimientos nuevos de los que hablaremos, pero no hay nada nuevo que la Iglesia pueda decir que no haya dicho ya durante 2000 años: Cristo murió, Cristo ha resucitado y Cristo volverá.

En segundo lugar, las declaraciones políticas elaboradas pueden alejarnos de nuestro trabajo. Mientras estemos ocupados en la creación de una declaración aceptable para las redes sociales o para el sermón del domingo, no usaremos ese tiempo para la oración, la adoración o para organizar la acción significativa de la iglesia. Sin embargo, en la cultura actual, la apariencia de moralidad es más importante que las acciones morales, y hablar se valora más que orar.

Aunque la iglesia no es una empresa de medios de comunicación, es una comunidad significativa que se reúne para adorar y sentarse a escuchar una prédica. Nos reunimos para clamar a Dios, para buscar su perdón porque vivimos en un país pecador, y para pedir su provisión y sabiduría cuando nos faltan. Y organizamos esfuerzos para bendecir nuestras ciudades con un efecto duradero hacia la justicia, no solo para crear una resonancia temporal.

Los pastores también son diferentes de los famosos y de los influenciadores en redes sociales. Al igual que los jefes de las marcas corporativas, los pastores suelen ser vistos como «líderes del pensamiento» y «representantes» del cristianismo. Cuando los famosos mencionan su disgusto por la violencia policial o el aborto, hace que muchos se pregunten: ¿No debería mi pastor decir algo también? Pero esto malinterpreta fundamentalmente el papel de pastor y de enseñanza del pastor.

El pastor se diferencia de la celebridad en que es un maestro de la Palabra de Dios, un mayordomo de un misterio (1 Corintios 4:1-2). El pastor está para transmitir lo que se le ha dicho (2 Timoteo 1:13; 2:2; 3:14). Los pastores no están en las iglesias principalmente para «ofrecer algunos pensamientos» sobre un tema determinado: están allí para anunciar un mensaje que no es el suyo.

Los pastores no estamos para «decir lo que pensamos» sobre una cosa determinada ni para presentar una idea nueva que hayamos contemplado. Declaramos algo que hemos oído (1 Corintios 15:1-4). Comunicamos una idea que no se ha originado en nuestro cerebro o en internet, sino en las caminos de Judea. Es decir, el modo principal de operación de un pastor es la «entrega» o «dar testimonio» (1 Corintios 11:23; Hechos 1:6-8). La empresa de relaciones públicas masajea su mensaje para hacerlo aceptable. El pastor toma el mensaje y lo entrega de la forma más pura posible.

Ciertamente, el pastor entrega esta palabra a un pueblo concreto en un lugar concreto. Pablo entregó el mensaje a los corintios mientras Santiago daba testimonio en Jerusalén. Las empresas y los famosos elaboran declaraciones para el mundo, pero el pastor habla y enseña a Éfeso o a Antioquía, es decir, un lugar concreto que requiere términos, tonos y énfasis específicos.

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Los buenos pastores tardan en hablar, mientras que las personalidades famosas más eficaces son las primeras en demostrar que son perspicaces y conscientes. Para el famoso, no decir nada es permitir que gane el «otro bando», pero el pastor cuidadoso sabe que el silencio es a veces el lenguaje más eficaz de Dios.

Los que nos piden que digamos algo inmediatamente después de un acontecimiento suponen que hablar primero es siempre lo correcto. Pero la Biblia hace varias advertencias contundentes sobre hablar deprisa o antes que otros (Proverbios 18:17; Santiago 1:19) y nos instruye para que seamos «prudentes» (Proverbios 10:19; 12:23; 17:27).

El libro de Eclesiastés dice que todos experimentaremos «un tiempo para callar y un tiempo para hablar» (Eclesiastés 3:7). Como guía de las ovejas, el pastor existe para cuidar del rebaño (1 Pedro 5:2-3), lo que significa que debe escuchar antes de hablar. La empresa de relaciones públicas elabora una declaración inmediatamente. El pastor presta atención y pregunta: «¿Qué está pasando aquí? ¿Qué es lo que no entiendo?». Este es el tipo de respuesta pastoral ante cualquier acontecimiento, desde las elecciones hasta un divorcio.

Hay, por supuesto, muchos momentos para hablar. La Escritura no tiene reparos en denunciar todo tipo de maldades. La literatura profética está repleta de reprimendas contra la inmoralidad sexual, la idolatría y la opresión de los pobres. Pero los profetas hablaban llenos del Espíritu Santo, impulsados por un «pathos divino», como dice Abraham Heschel, enraizado en la comunión con el Dios vivo. Y a menudo se les dijo que buscaran el silencio, porque el silencio es uno de los dialectos de Dios (Isaías 30:15; 41:1; Habacuc 2:20; Lamentaciones 3:26).

Es desde esta postura de comunión con Dios y con nuestra congregación desde donde nos tomamos en serio nuestro llamado al discipulado. Nuestras iglesias necesitan instrucción sobre cómo responder con fidelidad, pero esto requiere mucho más trabajo que una declaración. Implica enseñar, guiar a nuestra gente en la oración colectiva y exhortarla hacia la rectitud y la humildad como forma de responder a los terrores de este mundo.

Chris Nye es pastor en Silicon Valley, estudiante de doctorado en la Escuela de Divinidad de la Universidad de Duke y autor de varios libros, entre ellos A Captive Mind: Christianity, Ideologies, and Staying Sane in a World Gone Mad (Wipf & Stock, 2022).

Speaking Out es una columna de opinión para invitados de Christianity Today y, a diferencia de un editorial, no necesariamente representa la opinión de la publicación.

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel.

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