Después de una conversación con un colega al que conozco por ser bastante ambicioso, estas palabras se quedaron resonando en mi mente: «¡Mejor vivir bien en el difícil presente con mis recursos que seguir ahorrando para un futuro incierto! ¿Quién sabe qué pasará? Al ritmo que van las cosas, el mundo puede acabarse mañana».

La pandemia de COVID-19 ha llevado a muchos a pensar que es difícil, si no imposible, seguir soñando y creyendo en un futuro mejor.

Al igual que mi colega, vemos que muchas personas a nuestro alrededor renuncian a sus planes. Muchos se ven afectados por diversas formas de depresión que no les permiten mirar hacia el horizonte; algunos incluso se han suicidado por falta de perspectivas, o porque no podían imaginarse vivir sin los familiares cercanos que la pandemia se llevó trágicamente. Muchas esperanzas se han desvanecido.

En mi país, Benín, varias organizaciones se han visto obligadas a reducir las horas de trabajo y, con ello, el número de empleados. Algunas familias tienen dificultades para cubrir sus necesidades básicas y diversos productos hoy son difíciles de conseguir.

Y hay más por venir. «El desempleo mundial superará los 200 millones de personas en 2022», anunció el año pasado la Organización Internacional del Trabajo. ¿Cómo no perder la esperanza ante todo esto?

Dos tipos de esperanza

La lengua francesa tiene la particularidad de contar con dos sustantivos derivados del verbo espérer que significa «esperar»: espoir y espérance. Ambos pueden referirse a aquello que se espera. En este sentido, la palabra espoir suele referirse a un objeto incierto. Alguien que expresa que espera que ocurra algo con esta palabra no está seguro de que sucederá («Espero que mañana haga buen tiempo»). Espérance, en cambio, describe algo que, con razón o sin ella, se espera con certeza. A menudo se refiere a un objeto filosófico o escatológico («tengo esperanza en la bondad de los seres humanos»; «tengo esperanza en el regreso de Jesucristo»).

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Cuando hablamos de espoir y espérance, hablamos de dos tipos diferentes de objetos esperados. La diferencia es importante porque ambos términos comúnmente también hacen referencia al estado de ánimo del que espera. Y este estado de ánimo será diferente precisamente según el objeto esperado.

Tener espoir en estos tiempos difíciles puede ser algo bueno, pero no es suficiente. Este tipo de esperanza puede verse decepcionada fácilmente y desvanecerse cuando nuestros deseos y expectativas no se cumplen.

La espérance, en cambio, es más profunda que la capacidad de desear el fin de una crisis o un futuro sin sufrimiento y dolor. Para enfrentarnos a las pruebas de la vida, necesitamos en nuestro corazón la paz y la alegría que nos proporciona la espera de una felicidad segura. Eso es la espérance: una disposición estable y profunda que proviene de la fe en que aquello que esperamos en verdad llegará.

Si hemos creído en el Hijo del Dios vivo, entonces tenemos esa esperanza. Nuestra esperanza se basa en las promesas infalibles de nuestro Dios, que conoce los planes que tiene para nosotros, sus hijos: «planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza» (Jeremías 29:11). Jugando con los dos significados de la palabra esperanza, podríamos decir que la esperanza de la realización de sus promesas (el objeto esperado) nos llena de esperanza (estado de ánimo).

Dios es la fuente de nuestra esperanza. Esto nos tranquiliza y nos brinda una sensación de certeza. Pero, ¿cómo podemos vivir esta esperanza en tiempos de prueba?

La esperanza, una forma de vida

Hace unos meses, mi hermana acababa de terminar un curso de capacitación en un país donde el número de víctimas de la pandemia no dejaba de aumentar. Estaba a punto de regresar cuando varios gobiernos decidieron cerrar los aeropuertos. Exiliada en una tierra extranjera y en un país bajo la presión de la pandemia, a pesar de las preocupaciones y de los proyectos en riesgo, ella decidió confiar en Dios.

«Un desconocido me ayudó a contactar con uno de los organizadores de la capacitación a la que había asistido. Él, a su vez, me puso en contacto con un hombre de Dios que me proveyó un techo. Los momentos de meditación, de oración y la oportunidad de compartir con mi hermana a distancia y con la familia que me acogió, fueron un verdadero apoyo para mí en esos momentos de pánico generalizado», declaró tras su regreso.

Vivo con mi hermana desde hace casi seis años. Hemos enfrentado muchos retos juntas. Las preocupaciones de una siempre se convierten en las oraciones de la otra. Finalmente pudo volver y recuperar su trabajo, pero los cinco meses que estuvo fuera para esta capacitación y su posterior confinamiento en el extranjero, con todas las incertidumbres que implicaron, fueron una verdadera prueba de fe para mí también.

Pero gracias a nuestra esperanza en el Señor me fue posible superar la soledad y nos mantuvimos firmes a pesar de los desafíos financieros y profesionales.

Cuando prestamos atención a la fidelidad de Dios, aprendemos a hacer de la esperanza nuestro modo de vida, tanto en los tiempos de gozo como en las dificultades. Y eso nos prepara.

Cada uno de nosotros enfrenta diferentes tipos de pruebas, con diferentes niveles de intensidad. Muchos han sido sometidos a pruebas mucho más severas que las nuestras durante esta temporada de crisis, y muchos han visto sus expectativas caer desmoronadas. Pero lo que mi hermana y yo hemos vivido a nuestra escala ha llamado mi atención sobre la importancia crucial de la esperanza. La esperanza del tipo espérance.

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En un artículo de CT titulado «La nostalgia es espiritualmente peligrosa» [enlace en español], Jeremy Sabella señala: «En tiempos como estos, las comunidades de fe pueden ofrecer algo mucho más edificante que la nostalgia: ofrecen esperanza. La esperanza, en su pleno sentido bíblico, surge de las dificultades: “el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza”. Esta esperanza perdura precisamente porque es obra del Espíritu: “Esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado” (Romanos 5:3-5). La esperanza echa raíces cuando el pueblo de Dios sigue la inspiración del Espíritu para enfrentar las pruebas presentes».

La esperanza demuestra su profundidad cuando permanece activa en medio de las pruebas. La esperanza de la que habla la Biblia, la esperanza que Cristo ha puesto en nuestros corazones a través del Espíritu Santo, es un apoyo constante, una base firme que nunca fallará.

Testigos de la esperanza en tiempos de prueba

La esperanza no nos protege de las pruebas y dificultades de la vida, pero nos ayuda a superarlas con serenidad y alegría. La Escritura también nos lo recuerda.

«Contra toda esperanza, Abraham creyó y esperó, y de este modo llegó a ser padre de muchas naciones…» (Romanos 4:18). ¿Quién podría esperar concebir un hijo a los 100 años con una esposa de 90 años? ¡Abraham lo hizo! ¿Quién puede esperar todavía un futuro sin dolor y sufrimiento? Nosotros podemos. Para un cristiano, la esperanza en tiempos difíciles es un signo de plena confianza en el Dios que prometió que hará nuevas todas las cosas.

Job, habiéndolo perdido todo y viviendo una situación casi indescriptible, expresó su verdadera esperanza con confianza y perseverancia cuando dijo: «Yo sé que mi redentor vive, y que al final triunfará sobre la muerte» (Job 19:25). El resto de la historia de Job muestra cómo su esperanza fue recompensada (Job 42:10).

En medio de las tormentas más feroces imaginables (rechazo, persecución, etc.), el apóstol Pablo tampoco perdió la esperanza. Tanto cuando las situaciones le fueron favorables como cuando no, él creyó y esperó con paciencia y alegría el futuro glorioso que le esperaba. Fue también en medio de estos sufrimientos que escribió varias cartas a los cristianos de diferentes ciudades para animarlos a mantener y desarrollar su esperanza en el Señor.

He aquí un fragmento dirigido a los cristianos de Roma, que también pasaban por momentos difíciles: «Que el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz a ustedes que creen en él, para que rebosen de esperanza por el poder del Espíritu Santo» (Romanos 15:13).

Esperando juntos

En nuestro país, como en muchos otros, el tiempo que hemos pasado en confinamiento ha propiciado que los cristianos nos reunamos en línea para exhortarnos y animarnos mutuamente. En una ocasión preguntamos: ¿Cómo se vería una comunidad en la que todos esperan juntos? Una hermana en Cristo respondió: «¡Se vería como una torre fuerte, un ejército inquebrantable!».

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Sí, una comunidad llena de esperanza es una verdadera fuente de apoyo y soporte para el mundo ante las pruebas y las dificultades. Ofrece solidez ante la desesperación y el desánimo. Es una luz que brilla en la oscuridad.

Me alegra ver que, al igual que el apóstol Pablo, muchas comunidades cristianas siguen empeñadas en compartir el reconfortante mensaje de la esperanza, a pesar de las limitaciones a las que se enfrentan. Agradezco haber leído a cristianos como Jay Y. Kim, Kelli B. Trujillo [enlaces en español] y Anne Lécu [enlace en francés] y muchos otros que han tomado la pluma para llevar su mensaje de esperanza al mundo. La línea de testigos de la esperanza no se ha extinguido.

Todos estamos pasando por esta crisis global a la vez que hacemos frente a nuestras dificultades personales cotidianas. Todos nos vemos afectados de una u otra manera, y algunos de forma verdaderamente trágica. Pero la actitud con la que enfrentamos todo esto es crucial.

Mi oración es que, sea cual sea la oscuridad que atravesemos, nuestra esperanza en el Señor Jesucristo permanezca siempre viva, activa y práctica. Puede que no sea fácil, pero juntos «mantengamos firme la esperanza que profesamos, porque fiel es el que hizo la promesa» (Hebreos 10:23).

Syntyche D. Dahou trabaja como auxiliar administrativa. Participa en el Groupe Biblique des Elèves et Etudiants du Bénin (GBEEB), movimiento miembro de la Fraternidad Internacional de Estudiantes Evangélicos, IFES, por sus siglas en inglés. Le apasiona la literatura cristiana y tiene un gran interés en el ministerio a través de las publicaciones cristianas.

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel.

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