Un teólogo se gana el sello de un gigante, dicen algunos, cuando tiene la capacidad de cautivar la imaginación de sus lectores y trasladarlos lejos de su propio periodo histórico, contexto cultural y, lo que es más importante, de su tradición teológica.

En la historia del cristianismo, la lista de figuras que han alcanzado ese tipo de alcance es reducida, y no crece con rapidez. Sin embargo, en la última década, una nueva estrella está surgiendo en el firmamento: el teólogo neocalvinista holandés Herman Bavinck (1854-1921).

En los Países Bajos de su época, Bavinck era un nombre muy conocido. Bavinck, la mente teológica holandesa más distinguida de su generación, fue también una notable figura pública en una época de tremenda agitación social, dejando huella en los campos de la política, la educación, los derechos de la mujer y el periodismo. En todo el país, calles y escuelas recibieron su nombre. Además, Bavinck destacó como persona de prestigio internacional. En un viaje a Estados Unidos en 1908, por ejemplo, fue recibido en la Casa Blanca por Theodore Roosevelt. Tales honores dicen mucho.

A pesar de ello, el legado de Bavinck en su país cayó gradualmente en la oscuridad en las décadas posteriores a su muerte. En el extranjero, su reputación como pensador estelar perduró entre aquellos con conexiones con Holanda, pero no logró crecer más allá en el transcurso del siglo XX. Todo esto cambió en los primeros años del siglo XXI, gracias a los esfuerzos de John Bolt y John Vriend, cuya traducción al inglés de la Dogmática Reformada de Bavinck se publicó en cuatro partes entre 2003 y 2008.

Hasta la fecha, esos volúmenes han vendido más de 90 000 ejemplares, una cifra asombrosa para una obra de su naturaleza. Y eso por no hablar de las versiones en portugués o coreano, o de las traducciones al español, ruso y chino que están en curso.

Pero sería un error avanzar desde la publicación de la Dogmática de Bavinck en inglés hasta su amplia popularidad actual y decir simplemente «el resto es historia». Hacerlo sería pasar por alto la importante cuestión de por qué esta figura se convirtió en el teólogo de referencia para tantos hoy en día, desde Pekín hasta São Paulo, y desde Nueva York hasta Seúl. ¿Cómo consiguió Herman Bavinck una audiencia mundial tan diversa?

Todos los días, en mi propia área de trabajo (enseñando teología reformada en la Universidad de Edimburgo) interactúo y escucho a personas que están luchando con la obra de Bavinck. Muy pocos de ellos son holandeses, tienen un sentido previo de lealtad, o tienen un conocimiento de larga data en relación a la tradición neocalvinista. De hecho, provienen de toda la iglesia mundial. ¿Por qué la obra de Bavinck ha ganado un mayor grado de tracción transversal que la de muchos de sus compañeros reformados?

Las razones son, sin duda, tan complejas y diversas como los tipos de personas que ahora lo leen: los presbiterianos coreanos tendrán probablemente razones diferentes a las de los lectores bautistas del sur, o a las del adolescente pentecostal que devora Wonderful Works of God [Las maravillosas obras de Dios] de Bavinck como material devocional. Otros, como el gran teólogo suizo Karl Barth, confían en Bavinck como guía para la historia de la teología. A la luz de estas diversas motivaciones, no intentaría ofrecer ningún tipo de respuesta reduccionista a la pregunta: «¿Por qué Bavinck en 2022?».

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Dicho esto, he estado leyendo sus obras durante casi 15 años, junto a personas de diferentes partes del mundo, y de tradiciones y entornos cristianos que varían desde lo estrictamente académico hasta lo personal y eclesiástico. En ese tiempo, he observado ciertos rasgos en los escritos y la vida de Bavinck que parecen atraer al público una y otra vez y que, fundamentalmente, hacen que esos lectores vuelvan. Aunque no sean las únicas razones de la aparente y repentina popularidad de Bavinck, no dejan de ser significativas.

En primer lugar, Bavinck escribió de una manera equilibrada que destaca de forma especial para los lectores del siglo XXI. Estamos acostumbrados a que la teología se haga como un pobre espectáculo de polémica condicionada por las normas de las redes sociales —sin matices, sin caridad e hinchada con una dieta de frutos de fácil alcance— cautivada por sus retratos caricaturescos de los grandes de la historia, y atravesada por suposiciones de mala fe sobre aquellos con los que no estamos de acuerdo.

En este contexto, los escritos de Bavinck son un soplo de aire fresco. Con gran erudición y amplitud, ofrece a sus lectores una visión de la anchura y profundidad de la tradición cristiana, a menudo con una claridad espectacular. Aunque su obra fue calificada (intencionalmente) como teología de la tradición reformada, nunca tuvo un carácter sectario estrecho. Más bien, era reformada como expresión de algo más grande: la fe cristiana católica [en su significado más amplio], que echa raíces a través de las culturas y los siglos. Bavinck fue capaz de unir la paradoja de ser decididamente calvinista, a la vez que afirmaba públicamente que «el calvinismo no es la única verdad».

Ese tipo de equilibrio muestra una convicción de fe que es a la vez firme y flexible, invitando a sumarse a la conversación incluso a compañeros de fuera de su propio ámbito de una manera que los teólogos menos atractivos, irritantes y agudamente polémicos simplemente no hacen. La apertura de Bavinck invita a los cristianos de otras tradiciones a explorar su perspectiva reformada.

Bavinck modeló la visión cristiana del mundo como una búsqueda inductiva y permanente de la sabiduría divina, abierta e inquisitiva, en lugar de cerrada y rígida. En este sentido, su enfoque era diferente al de su famoso colega Abraham Kuyper, para quien la cosmovisión cristiana era deductiva e inflexible.

La reticencia de Bavinck a luchar contra los hombres de paja (y junto a ello, su compromiso de entablar amistad con sus oponentes ideológicos en persona) forma parte del mismo paquete. No cabe duda de que no fue un intérprete perfecto de todos los teólogos o tradiciones que se tratan en su Dogmática. Sin embargo, llama la atención su denodado esfuerzo, a lo largo de toda su vida, por comprender y representar fielmente a aquellos con los que discrepaba.

Los lectores inexpertos de su Dogmática pueden encontrarse ocasionalmente confundidos al ver que Bavinck aparentemente adopta posturas doctrinales contradictorias en varios puntos de la obra. Sin embargo, en realidad esos lectores sorprendidos se encuentran probablemente con la crítica de Bavinck a un punto de vista particular, mismo que él presentó ampliamente en sus términos más fuertes antes de dar su propio veredicto. Este rasgo es sutil pero fuertemente atractivo para los lectores fuera de su propio campo teológico, porque toma en serio las perspectivas opuestas.

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Es fácil desestimar las críticas de alguien que tergiversa o malinterpreta tu punto de vista, pero es mucho más difícil cuando esa persona ha hecho un esfuerzo serio por presentar tu punto de vista de forma precisa y caritativa. De hecho, para quienes desean crecer como pensadores, ese tipo de crítica es atractiva, no repelente, y se gana la confianza.

La historia de la vida de Bavinck también juega un papel importante en su creciente reconocimiento en nuestra época contemporánea. Vivimos en la estela de la bifurcación del siglo XX entre el fundamentalismo y el evangelio social. Aquellos que fueron criados en cualquiera de los dos lados de ese debate han recibido una extraña herencia: en la derecha, un evangelio que habla poderosamente de las necesidades del alma de uno, pero que ofrece pocas buenas noticias para la mejora de la sociedad en un mundo caído; y en la izquierda, un compromiso para abordar los males de la sociedad, pero en el contexto de un marco espiritual lamentablemente débil.

En cambio, Bavinck nos recuerda de forma sorprendente que esta bifurcación es tanto una novedad histórica como una distorsión antinatural de un cristianismo holístico e histórico.

¿Qué aspecto tuvo esto en la propia vida de Bavinck? Además de su teología decididamente ortodoxa, fue un destacado crítico del racismo en Estados Unidos. Su alumno sudafricano Bennie Keet se convirtió en un destacado activista contra el apartheid. En los Países Bajos, Bavinck hizo una campaña pública contra la pobreza urbana (incluso pidió que se modificaran las normas de vivienda y las leyes fiscales con ese fin), se opuso a la opresión de los trabajadores pobres de las fábricas (por su condición de portadores de la imagen divina) y luchó por la educación igualitaria de las niñas y el derecho al voto de las mujeres.

En nuestros días, Bavinck destaca por su compromiso con la fe ortodoxa y las consecuencias sociales de esa fe. En ese sentido, va a contracorriente de nuestros instintos de finales del siglo XX, de la misma forma que lo hacen figuras como John Stott y Tim Keller. Tales figuras se sienten adecuadamente fuera de lugar tanto en la izquierda como en la derecha. Como teólogo con una visión amplia del cristianismo histórico, Bavinck nos recuerda que nuestra generación está desfasada de la fe de los tiempos.

Bavinck no fue un hombre perfecto ni un teólogo impecable (como intenté retratar en Bavinck: A Critical Biography [Bavinck: Una biografía crítica]). Pero en su vida y en su doctrina, fue un cristiano profundamente creíble, y como tal, es alguien hacia quien muchos se sienten atraídos incluso en nuestros días.

A decir verdad, se me ocurren muchos grandes teólogos, del pasado y del presente, a los que probablemente preferiría conocer por escrito antes que en persona. No es el caso de Bavinck. Lo seguiré leyendo durante algún tiempo, y sospecho que no seré el único.

James Eglinton (@DrJamesEglinton) es profesor titular Meldrum en Teología Reformada en la Universidad de Edimburgo. Es autor de Bavinck: A Critical Biography (Baker, 2020), ganador del premio «El libro del año» de The Gospel Coalition 2020 en la categoría de Historia y Biografía, y fue finalista del ECPA Christian Book Award en 2021.

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel.

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