Durante mucho tiempo fui una ávida lectora de libros sobre la gestión del tiempo. Después de que el mundo entró en confinamiento en marzo de 2020, me quité el pijama para afrontar el reto de una agenda en blanco. Le creí a todos los artículos que me decían que ese era el momento propicio para limpiar mis armarios, organizar mi despensa y ordenar mi colección de fotografías.

Y sí, al principio de la pandemia, me encantaba mi garaje recién organizado, y me alegró haberme ocupado de las torres de papeles que había evitado por mucho tiempo. La productividad es, por supuesto, una fuente moderna de consuelo existencial. Se dice que un buen día es aquel en que se completan las tareas pendientes.

Sin embargo, este año no voy a salir en busca de un mejor planificador. Tampoco buscaré la mejor aplicación móvil de productividad. Por primera vez, no me haré ilusiones de que una nueva técnica o un mejor producto de consumo me ayudarán a domar a la bestia salvaje llamada tiempo.

La gestión del tiempo es ilusoria. Aunque el tiempo sea dinero, como dice la frase célebre de Benjamin Franklin, no podemos hacer crecer nuestra gama de inversiones. Por supuesto, es cierto que podemos intentar maximizar el rendimiento de los minutos, pero tal como la pandemia sigue enseñándonos, el mañana nunca está garantizado. Más bien, debemos administrar nuestra atención con diligencia.

A pesar de todos mis esfuerzos renovados por volverme más productiva al comienzo de la pandemia, nunca conseguí acallar el ritmo de mi ansioso corazón. Tenía mucho tiempo a mi disposición, tiempo productivo, y aun así sufría ansiedad por el tiempo.

Como cristiana, sé que el tiempo es importante a los ojos de Dios, pero últimamente he comenzado a pensar que la forma en que le importa no coincide con las formas frenéticas que he imaginado. Es cierto que nuestra concepción del tiempo como algo medible e instrumental —como algo que se puede usar o perder, ahorrar o gastar— es relativamente reciente. Pero incluso antes de la invención del reloj —en el monasterio medieval— los seres humanos ya eran criaturas ansiosas por el tiempo.

Como David Rooney escribió en About Time [enlaces en inglés], unos años después de que el primer reloj solar fuera instalado en Roma en el año 263 a.C., un personaje de una obra de teatro exclamó: «¡Que los dioses maldigan al hombre que descubrió por primera vez las horas, sí, aquel que instaló por primera vez un reloj solar aquí, que ha partido el día en pedazos para el pobre de mí!».

La gestión del tiempo no puede dar una solución a la crisis de la mortalidad, es decir, esa sensación premonitoria de que los días y los años son cortos. Sin duda, he desarrollado algunas habilidades útiles a partir de los muchos libros de gestión del tiempo que he leído, tales como planificar con antelación, dividir los proyectos más grandes en tareas más pequeñas, y eliminar sin compasión aquellos proyectos que no son esenciales. Sin embargo, como sostiene Melissa Gregg en Counterproductive [Contraproductivo], probablemente también sea cierto que podría haber leído un solo libro bueno sobre la gestión del tiempo, considerando cuán pocas ideas nuevas han surgido desde principios del siglo XX.

Algo que parece ser mucho más importante que las disciplinas de gestión del tiempo son las disciplinas de gestión de la atención. Los minutos no son nuestros para multiplicarlos, sino que los recibimos como un regalo. Sin embargo, lo que sí podemos hacer es desarrollar y perfeccionar la capacidad de vivir esos minutos con atención, es decir, con una presencia consciente y plena. La filósofa francesa Simone Weil se dio cuenta de los beneficios de la atención en su vida espiritual cuando comenzó a repetir la oración del Padre Nuestro en griego todos los días. Cada vez que su atención comenzaba a divagar, volvía a empezar: «Fue durante una de estas recitaciones cuando (...) Cristo mismo descendió y tomó posesión de mí».

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Muchos han señalado que vivimos en una economía de la atención, es decir, que lo más valioso hoy en día son los segundos y minutos que pasamos entretenidos en internet, tiempo que es vendido a alguien para obtener ganancias. Cuando Facebook entró en el mercado bursátil en 2012, por ejemplo, no tenía un plan claramente articulado para generar ingresos, pero sí sabía que era dueño del tiempo del mundo.

Matthew Crawford señala en The World Beyond Your Head [El mundo más allá de tu cabeza] que uno de los desafíos de la vida moderna es que no siempre tenemos la capacidad de controlar nuestra atención. Cuando nos sentamos en un aeropuerto, cuando hacemos la fila en el supermercado o cuando repasamos los titulares del día siempre hay alguien presente que hace sonar su agresivo megáfono y nos insiste que creamos, que nos suscribamos o que compremos. La atención es un recurso disputado, y será invadida como una ciudad desprotegida a menos que construyamos muros, pongamos centinelas y la fortifiquemos contra todo ataque.

Las condiciones actuales dificultan el manejo de la atención, especialmente cuando tenemos un teléfono inteligente vibrando en nuestro bolsillo. Pero así como la ansiedad por el tiempo es antigua, también lo es la lucha por la atención. Fue la atención lo que el apóstol Pablo exhortó a los filipenses a cultivar: «… todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad» (Filipenses 4:8, LBLA, énfasis añadido).

Pablo les estaba diciendo: su atención es valiosa. Desarróllenla para el bien. Cuando Pablo instruyó a los corintios para que llevaran «… cautivo todo pensamiento» (2 Corintios 10:5, NVI), no creo que haya pensado en la atención meramente como una facultad racional. Creo que estaba haciendo una referencia más amplia que incluía la constante práctica moral de la atención de amar el bien y habituarnos a él: «Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, y lo que han visto en mí» (Filipenses 4:9).

Crawford argumenta que la atención requiere sumisión, lo cual parece un razonamiento peculiarmente cristiano. El autor reconoce que la palabra puede producir un impacto desagradable, dado que la autonomía es considerada a menudo el bien supremo en la vida moderna. A lo que se refería era que la atención requiere una «sumisión a aquellas cosas que tienen leyes incontrolables (...) ya sea que se trate de un instrumento musical, un jardín o la construcción de un puente». Para Crawford, la atención nunca es autónoma ni busca la autocontemplación. Más bien, es una forma de devoción al otro. La atención no requiere simplemente que miremos hacia arriba (más allá de la pantalla de nuestros teléfonos), sino que miremos hacia fuera, más allá de nosotros mismos.

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Hoy en día me interesan más los proyectos que se enfocan en el desarrollo y la optimización de la atención; libros como The Common Rule [La regla común] de Justin Whitmel Earley ( el cual estamos leyendo juntos en nuestro grupo pequeño de la iglesia). El libro de Earley no está dedicado a la gestión del tiempo. En cambio, propone la idea de ritmos regulares —en el tiempo— que nos llaman a la sumisión a nuestro Creador, a quien pertenece todo el tiempo: hábitos diarios como la oración de rodillas y el ascetismo digital, y hábitos semanales como el sabbat y el ayuno.

Este marco —de hábitos y reglas para la vida— tiene una característica monástica. Es un proyecto de atención. Sin embargo, no es simplemente un ejercicio individual, sino un ejercicio comunitario. Esta idea plantea la cuestión de qué pueden hacer las iglesias para ayudar a sus congregantes a cultivar la facultad de la atención. En el contexto de mi propia iglesia, me encantaría que dependiéramos menos de los teléfonos para los asuntos operativos los domingos por la mañana, y que logremos, especialmente los involucrados en el servicio, dejarlos en casa, o al menos que los silenciemos y los ignoremos efectivamente. Me encantaría que nos esforzáramos todos juntos en pensar más cuidadosamente en nuestros hábitos y prácticas digitales a lo largo de la semana, porque la atención parece ser una habilidad analógica.

Pienso que la atención es lo que el Hermano Lorenzo aprendió a poner en práctica mientras lavaba los platos en la cocina del monasterio. En lugar de preocuparse por el tiempo y su transcurso, consideraba que todo el tiempo era valioso en la medida en que uno lo vive con una atención devota:

Para mí no hay diferencia entre el tiempo de los quehaceres y el tiempo de la oración. Incluso en medio del ruido y el estrépito de mi cocina, mientras varias personas hablan al mismo tiempo pidiendo cosas diferentes, puedo sentir a Dios en mí con tanta tranquilidad como si estuviera de rodillas durante el sagrado sacramento.

La comercialización y promoción de la gestión del tiempo se aprovecha del miedo existencial de que la vida es corta y somos mortales. Sus consejos y trucos quizás nos ayuden a gestionar algunos de los aspectos complicados de la vida y el trabajo contemporáneos, pero no nos pueden enseñar, en palabras del Hermano Lorenzo, a «hacer todas las cosas por amor a Dios». Para eso, necesitaremos practicar cómo controlar nuestra atención.

Jen Pollock Michel vive en Toronto y es escritora, presentadora de pódcast y conferencista. Es autora de cuatro libros y actualmente está trabajando en In Good Time: 8 Habits for Reimagining Productivity, Resisting Hurry, and Practicing Peace (Baker Books, 2022).

Traducción por Sofía Castillo.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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