El siguiente diálogo relata una reunión de oración mundial de emergencia convocada por Laussane Europe el jueves 24 de febrero:

Ángela Tkachenko:

Mi madre entró en mi habitación en mitad de la noche. «La guerra ha comenzado».

Yo vivo en Sumy, una ciudad ucraniana de unos 250 000 habitantes, cerca de la frontera con Rusia. Hace una semana, mi marido insistió en que evacuara con nuestros hijos y mi madre. Logramos llegar a Estados Unidos, pero él se quedó en casa.

El jueves rápidamente comencé a entrar en pánico. ¿Qué estaba pasando en Sumy? ¿Dónde estaba mi esposo? ¿Estaba a salvo? Cuando por fin logré ponerme en contacto con él, me dijo que se había despertado con el ruido de las bombas. Ahora estaba atrapado en el tránsito mientras intentaba salir de la ciudad. Mientras deslizaba las imágenes en mi teléfono, vi las largas filas de vehículos en las gasolineras y a la gente durmiendo en las estaciones de metro. Luego leí el anuncio del gobierno que prohibía a los hombres de entre 18 y 60 años salir del país. ¿Volveré a ver a mi esposo? ¿Cuándo volveré a verlo? Mi abuela de 93 años está sola... mi equipo... mis amigos... nuestra casa...

Me resultó difícil sobrellevar el día. Por la tarde me uní a una llamada de oración internacional organizada por el Movimiento de Lausana ante las noticias acerca de la invasión. Cuando el anfitrión me preguntó cómo estaba, comencé a llorar. Estaba enfadada. Me sentía traicionada, quebrantada y pisoteada por Rusia. Conté a todos que tenía miedo por mi esposo y por mis amigos de Kyiv [Kiev] que estaban orando sobre si debían evacuar.

Entonces el anfitrión preguntó si alguien podía orar por mí. Mi amigo Alexey se ofreció como voluntario. Mi amigo ruso, Alexey.

Alexey S.:

Me desperté el jueves por la mañana sobresaltado ante la noticia de que mi país había invadido Ucrania. Me encontraba en Moscú por un viaje ministerial, a más de 3218 kilómetros de distancia de mi familia en Novosibirsk, Siberia. Era una mañana fría y miré las noticias en silencio mientras me esforzaba por desayunar. La vergüenza de que mi país haya empezado una guerra contra otro —un país que había visitado no menos de cuatro o cinco veces— comenzó a invadirme. Sentí miedo por el futuro del mundo y me afligí por mis hermanos y hermanas ucranianos que podrían morir o sobrevivir como consecuencia de esta decisión.

Nací y crecí en la Unión Soviética, en Siberia. Después de la caída de la URSS, me convertí en cristiano a la edad de 23 años tras escuchar la predicación del Evangelio en el centro de rehabilitación donde se encontraba mi madre. Para mí, hallar la fe en Cristo significó mucho más que aceptar que Él era el Hijo de Dios: fue darme cuenta de que tenía hermanos y hermanas en todo el mundo. Una de ellas era mi amiga ucraniana Ángela.

Conocí a Ángela hace siete años, en la Conferencia de Lausanne que se realizó en Yakarta. Me impresionó su osadía a la hora de compartir el Evangelio. Una de sus iniciativas consistió en movilizar equipos para entrar en clubes nocturnos de varias ciudades ucranianas para iniciar conversaciones con personas que nunca entrarían en una iglesia. Desde entonces nos hicimos buenos amigos y nos hemos apoyado mutuamente en nuestros ministerios. En 2018, Ángela movilizó un equipo a Moscú durante la Copa Mundial de Fútbol para compartir el evangelio en las calles. Estos recuerdos seguían viniendo a mi mente mientras veía las noticias.

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Más tarde ese día, me uní a la videollamada de oración de Lausanne y me sentí agradecido de ver que Ángela también se había conectado. Fue desgarrador escuchar lo que ella y otros ucranianos presentes en la reunión estaban viviendo. Me sentí muy mal por el hecho de que mi país les estaba causando tanta angustia personal. Cuando el facilitador preguntó quién se ofrecía para orar por ella, acepté y comencé a hablarle a Dios mientras lloraba.

Ángela:

Siempre he querido a mis amigos rusos, a pesar de que mientras crecía no había una distinción entre «rusos» o «ucranianos». Todos pertenecíamos a una sola nación conocida como la Unión Soviética. De niña, muchas veces subía a un tren a las cinco de la tarde en Sumy y llegaba a las once de la mañana del día siguiente a Moscú, donde todavía viven mis tías y primos. Con el tiempo, las cosas cambiaron. En 2014, después de que Rusia anexó Crimea, pronto me di cuenta de que la visión que los rusos tenían de la situación era totalmente diferente a la mía. Pocos entendían mi punto de vista. En ocasiones recibí burlas.

En 2018, visité la ciudad de Moscú para un viaje de evangelización en las calles durante la Copa Mundial de Fútbol. Durante tres semanas, nos pusimos de pie en la plaza Roja para compartir el evangelio y orar con los rusos y con los que visitaban la ciudad provenientes de diferentes partes del mundo. Diez meses más tarde, 150 equipos rusos se habían registrado para el Día de Evangelismo global de mi ministerio. Muchos de ellos nos dijeron más tarde que antes no se habían atrevido a predicar en público, pero que se sintieron inspirados después de vernos. Me conmovió la valentía y el ánimo de nuestros hermanos y hermanas rusos.

El otoño pasado, Alexey me preguntó por teléfono cuáles eran mis sueños acerca de alcanzar a la próxima generación para el Señor. Le dije que estaba buscando socios para ayudar a dirigir cinco capacitaciones intensivas sobre las misiones en Rusia. Alexey se ofreció a apoyarme en el proyecto y luego me compartió lo que tenía en su corazón. Él quería reunir a los líderes misioneros de nuestros países para orar y pasar tiempo en comunión tomando el té juntos. Recuerdo que pensé: «Esta es la clase de líder que yo seguiría, y sé que los jóvenes también lo seguirían».

Al escuchar la sincera oración de Alexey por mí, mi familia y mi país, no pude contener las lágrimas. Su dolor era real. Sus palabras me recordaron que soy parte de una familia que no se basa en la nacionalidad, el color de la piel o el estatus, sino solo en Jesucristo.

De todas las personas que Dios podría haber usado para consolarme ese día, usó a un hermano ruso para revelarme más de Su corazón.

Alexey:

Cuando terminé de orar, el anfitrión de la reunión me pidió que compartiera cómo me sentía. Respondí que me sentía horrible. Estaba totalmente avergonzado por las acciones de mi país.

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Nunca olvidaré la mirada de mis amigos ucranianos. En lugar de condenación, vi compasión. Ángela quiso orar por mí. Pidió a Dios que se revelara a sí mismo a los cristianos de Rusia que se sentían impotentes y asustados. Oró por un reavivamiento en Rusia y Ucrania, un anhelo que habíamos compartido en nuestros corazones durante años.

El día en que Rusia invadió nuestro país vecino, Dios usó a una hermana ucraniana para darme una nueva visión de su gracia.

Ángela:

En este tiempo, el enemigo quiere dividirnos sembrando odio y discordia entre la Iglesia en Ucrania y en Rusia. De hecho, me causa dolor ver que algunos líderes cristianos en Rusia no toman una posición abierta en favor de Ucrania. Me pregunto si algunos piensan que si alzan su voz, quizás ellos o sus hijos podrían correr peligro. Sé que el miedo y el peligro son reales, y trato de no juzgar, porque no soy Dios. Sin embargo, sigue siendo doloroso.

Pero creo que lo más importante para nosotros los cristianos es recordar que somos una sola novia, un solo cuerpo de Cristo. Su sangre está en nuestras venas, y todos estamos unidos por su Espíritu.

Actualmente, Rusia está bombardeando mi país y asesinando a mi pueblo. Sin embargo, en medio de este dolor, aquellos que pertenecemos al cuerpo de Cristo necesitamos permanecer unidos, llorar juntos y orar juntos. Mi buen amigo Alexey lo mostró con su ejemplo.

Alexey:

Hermanos y hermanas de Rusia, de Ucrania o cualquier otro país, todos tenemos un solo Padre Celestial y todos somos miembros de la misma familia. Esta no es una guerra dentro de nuestros pueblos. No me importan sus opiniones políticas ni su teología del poder. Cuando uno de mis seres queridos está pasando por sufrimiento, quiero estar a su lado.

A mis amigos ucranianos en especial, gracias por estar dispuestos a llorar y orar conmigo y por aceptar mis sentimientos de miedo y lamento, a pesar de que soy ruso. Esto me da la confianza de que Satanás será derrotado una vez más, y que la iglesia de Dios seguirá mostrando el amor de Jesús a otros.

Ángela Tkachenko es directora de la organización misionera Steiger Ukraine.

Alexey S. vive en Rusia.

La conversación en este artículo está presentada tal como se le contó a Sarah Breuel, directora de Revive Europe y coordinadora de capacitación en evangelismo en IFES Europa.

Traducción por Sofía Castillo.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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