Este artículo fue adaptado del boletín de Russell Moore. Suscríbase aquí [enlaces en inglés].

En este tiempo, cuando la Rusia de Vladímir Putin amenaza la existencia de una Ucrania libre, sería fácil para los evangélicos estadounidenses concluir que se trata de un caso más de política exterior lejana.

Sin embargo, el putinismo es mucho más que una amenaza geopolítica: también es una amenaza religiosa. Y la pregunta para los cristianos evangélicos es si el camino de Vladímir Putin se convertirá en el camino de la iglesia estadounidense.

La amenaza a Ucrania se cierne sobre más allá del pueblo ucraniano. La OTAN está preocupada por la estabilidad del orden europeo. El Departamento de Estado de Estados Unidos se preocupa por los sus ciudadanos en territorio ucraniano, a la vez que teme que se repita la debacle de Afganistán. Los alemanes se preguntan si su dependencia del gas natural ruso los llevará a una crisis energética. Y el mundo entero se preocupa de si la situación envalentonará a China para invadir Taiwán.

En medio de este conflicto hay otra figura mundial que contempla su próximo movimiento: el papa.

La independización de la Iglesia ortodoxa ucraniana de la Iglesia ortodoxa rusa ha sido una tormenta de controversia desde 2018. Y en el sitio de internet de noticias The Pillar, J. D. Flynn y Ed Condon explican [enlaces en inglés] que los líderes católicos y ortodoxos ucranianos acusan a la Iglesia ortodoxa rusa de complicidad en la postura militar de Putin hacia Ucrania y su pueblo.

La cuestión en este momento, señalan los autores, es si el papa Francisco se reunirá pronto con el patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa y, de producirse un encuentro, si eso daría una señal de tolerancia hacia el potencial sometimiento de Ucrania y su iglesia nacional.

Para los evangélicos estadounidenses también se presentan verdaderos interrogantes, no solo sobre cómo responderemos al uso que hace Putin de la religión con fines políticos, sino también sobre si habremos de imitarlo.

Hace varios años, antes del tumulto de la era Trump, tuve la oportunidad de estar sentado con otros evangélicos en un programa nacional de noticias secular que se transmitió en la mañana del domingo de Pascua. En cierto sentido, ese fin de semana estábamos todos unidos afirmando juntos la verdad más importante del cosmos: la resurrección corporal de Jesús de entre los muertos.

Sin embargo, surgieron diferencias de opiniones con respecto al tema de Vladímir Putin. En ese entonces, yo lo veía igual que en el presente: como un enemigo. En cambio, algunos de los otros defendían al líder autoritario como un defensor de los valores cristianos.

En aquel momento, pensé que solo estábamos en desacuerdo sobre una cuestión de política exterior. Pero ahora, volviendo la vista atrás, puedo ver que, al menos para algunos evangélicos, había un desacuerdo mayor que aún no sabíamos que existía: qué son los «valores cristianos» en primer lugar.

Por ejemplo, consideremos el tema del aborto. No solo la tasa de abortos en Rusia es alta, sino que incluso cuando los grupos que apoyan al gobierno articulan algo parecido a una visión «provida», generalmente lo hacen en términos de frenar el declive demográfico, en lugar de en torno a proteger vidas humanas vulnerables.

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El enunciado que actúa como motor principal no es «toda vida es preciosa», sino «el regreso de la grandeza de Rusia». Esto es aún más pronunciado en el trato del gobierno ruso para con los niños que llenan los orfanatos y «hospitales para bebés» de todo el país.

Debido a la carencia de una cultura de la adopción en la antigua Unión Soviética, muchos de estos niños permanecen «en el sistema» hasta que llegan a la mayoría de edad, para entrar inmediatamente en vidas aterradoras de abuso de sustancias, explotación sexual y suicidio. Sin embargo, esto no impidió a Putin hacer todo lo posible para acabar con la adopción de estos huérfanos por parte de estadounidenses y otros, como una especie de bálsamo para el herido orgullo nacional ruso y un juego geopolítico de fuerza.

El panorama es aún peor cuando observamos la respuesta de Putin al evangelio mismo. Ha propiciado con diligencia el desarrollo y crecimiento de la Iglesia ortodoxa rusa, incluso hasta el punto de aprobar la instalación de mosaicos con representaciones de él mismo, de Stalin y de la invasión de Crimea en una catedral ortodoxa rusa dedicada a los militares.

Además, el régimen ruso ha perseguido implacablemente eliminar las libertades de las religiones minoritarias, especialmente las del relativamente pequeño grupo de evangélicos y misioneros evangélicos provenientes del extranjero.

¿Por qué querría Putin —un exagente del KGB que una vez dijo que el fin de la Unión Soviética fue un terrible desastre— asociarse con una iglesia? Tal vez porque cree, al igual que Karl Marx, que la religión puede ser una herramienta útil para conservar el poder político.

Y, efectivamente, las religiones son útiles cuando se centran en la protección del nacionalismo y del honor nacional. Las religiones pueden convertir los ya apasionados sentimientos de tribalismo, así como el resentimiento hacia los forasteros, en sentimientos trascendentes e incuestionables. Todo esto tiene un perfecto sentido maquiavélico, a menos que Jesús haya verdaderamente resucitado de entre los muertos.

Si esta tendencia estuviera limitada tan solo a la antigua Unión Soviética, podríamos permitirnos el lujo de ignorarla. Sin embargo, debemos prestar atención a cualquiera que mire detrás del antiguo telón de acero para encontrar el futuro.

Muchos conservadores religiosos —sobre todo católicos romanos, pero también algunos protestantes evangélicos— se han aliado con el líder autoritario de Hungría, Viktor Orbán. Como señala el comentarista libertario Matt Welch, el primer ministro húngaro «es un extraño campeón del cristianismo al estilo estadounidense».

«En Hungría, el aborto es legal, pero esto no representa una controversia; la gente no es particularmente religiosa y Orbán ha ejercido un control cleptocrático sobre las iglesias que se atreven a disentir de sus políticas», argumenta Welch. La razón principal de la atracción por los líderes de Europa del Este, concluye Welch, es que estos luchan contra los enemigos correctos y «ganan».

Si esto fuera solo una disputa entre aquellos que creemos en la democracia liberal y aquellos que la consideran prescindible, sería una cosa. Pero el otro —y mayor— problema de esta tentación autoritaria es el evangelio en sí mismo.

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Si la iglesia es simplemente un medio cultural para la estabilidad y el orgullo nacional, entonces no se puede esperar que los dictadores hagan otra cosa que manipularla. Sin embargo, si la iglesia está formada, como dice la Biblia, por «piedras vivas» traídas por medio de corazones regenerados a través de la fe personal en Jesucristo (1 Pedro 2:4-5), entonces la conformidad externa a un conjunto de valores para la civilización se queda lamentablemente corto con respecto al verdadero cristianismo.

Eso sería cierto incluso en un lugar donde se promuevan valores más o menos cristianos. Pero es aún más cierto cuando la iglesia bendice a un líder autoritario, como Putin, que es conocido por su propio pueblo por envenenar a sus enemigos.

En este último caso, el testimonio de la propia iglesia está en juego, porque una religión que ignora el comportamiento sanguinario demuestra que no cree siquiera en sus propias enseñanzas sobre la moralidad objetiva, y mucho menos en el juicio final de Cristo. ¿Por qué alguien escucharía a una religión de este tipo sobre cómo encontrar la paz con Dios y obtener la entrada a la vida eterna?

Los cristianos evangélicos deberíamos observar el camino de Vladímir Putin, y deberíamos ser capaces de reconocerlo cada vez que nos digan que necesitamos un faraón o un Barrabás o un césar para protegernos de nuestros enemigos, ya sean reales o percibidos.

Cuando sea que eso ocurra, deberíamos recordar cómo decir, en cualquier idioma: «nyet».

Russell Moore dirige el Proyecto de Teología Pública en Christianity Today.

Traducción por Sofía Castillo.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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