Este artículo fue adaptado del boletín de Russell Moore. Suscríbase aquí [enlaces en inglés].

Con todo lo que se ha hablado acerca de la «deconstrucción» en estos días, uno de los problemas es que muy pocas personas usan esa palabra con el mismo significado.

Para algunas personas, deconstrucción significa perder la fe por completo y convertirse en ateos, agnósticos o en personas espirituales pero no religiosas. Para otros, deconstruir significa seguir creyendo en Jesús, pero tener importantes dificultades con cómo las instituciones religiosas han fracasado.

Y también hay muchos para los que deconstruir significa mantener un compromiso permanente con el cristianismo ortodoxo, así como un sólido compromiso con la iglesia, pero deshaciéndose del bagaje cultural y político asociado a la etiqueta del evangelicalismo.

En un nivel, estos significados divergentes pueden sugerir que el término «deconstrucción» no significa una cosa en particular, es decir, no sin una gran cantidad de especificaciones. Esto es cierto hoy en día también de la palabra «evangélico» —ahora que lo pienso—.

Pero eso no significa que la deconstrucción sea un fenómeno menor de lo que pensamos. De hecho, creo que se podría argumentar que todo el cristianismo evangélico estadounidense se está deconstruyendo, al menos en algún sentido de la palabra.

Es solo que creo que hay más de una manera de deconstruir.

Por un lado, podemos ver que la deconstrucción ocurre en términos de instituciones. Alguien me preguntó hace unas semanas qué porcentaje de iglesias o ministerios creía que estaban divididos por los tumultos políticos y culturales que hoy en día arrasan casi todas las demás facetas de la vida estadounidense. Respondí: «Todas. El cien por cien».

No quiero decir que todas las iglesias estén en conflicto; muchas no lo están. Pero incluso las iglesias y los ministerios que no están en estado de guerra son conscientes del conflicto, y muchos están atentos, preguntándose si una sola palabra mal dicha o algún evento programado podría desencadenarlo.

Más allá de eso, a nivel de individuos y líderes, quizás no tenemos conciencia de que las formas más peligrosas de deconstrucción no son las personas que conocemos y que están dudando, escandalizadas o traumatizadas por lo que han visto en la iglesia. Hay una forma diferente de deconstrucción que realmente podría destruirnos.

Siempre pensé en el «síndrome de desgaste» [burnout] como una forma bastante banal de comunicar el agotamiento por exceso de trabajo. «Asegúrate de tomar unas vacaciones», suele aconsejarse. «No quieres presentar síntomas del síndrome de desgaste».

Sin embargo, en su nuevo libro, The End of Burnout [El fin del síndrome de desgaste], Jonathan Malesic sostiene que este síndrome es algo totalmente distinto. Es, en cambio, «la experiencia de sentir que las expectativas y la realidad en el trabajo tiran en direcciones opuestas». Para ilustrar su punto de vista, utiliza la metáfora de caminar sobre zancos.

Caminar sobre zancos, escribe, es una experiencia similar a la de mantener unidos los ideales y la realidad del trabajo. Cuando los dos zancos están alineados, uno puede mantenerlos juntos y avanzar. Eso no significa que sea fácil, pero es posible caminar. Sin embargo, cuando los zancos están desalineados, es decir, cuando el ideal y la realidad son radicalmente diferentes, la gente encuentra diferentes maneras de afrontar la situación, lo que puede llevar a alguna forma de síndrome de desgaste.

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Algunos, afirma, pueden aferrarse a sus ideales mientras la realidad se aleja de ellos. En su caso, la metáfora tiene límites claros, porque su argumento es que ponemos demasiadas expectativas en nuestro trabajo y carreras, esperando que nos den un sentido y un propósito en la vida que en realidad son incapaces de lograr.

En el caso de la iglesia, sin embargo, nuestras expectativas no han sido demasiado altas, sino demasiado bajas. La iglesia está destinada a formar nuestro carácter y, si no a dar sentido a nuestra vida, al menos a orientarnos hacia ese sentido, mediante el culto, la misión y la enseñanza.

Sin embargo, algunos han visto detrás del velo un tipo de cristianismo que ni siquiera aspira a la santidad, el amor, la mansedumbre, la semejanza a Cristo, la renovación de la mente o a soportar las cargas mutuas, es decir, el tipo de iglesia que se encuentra en el Nuevo Testamento. Estas personas a menudo son llevadas al punto de agotamiento por la incongruencia de todo, tal vez cuestionando si se les mintió todo el tiempo.

Para algunos, sostiene Malesic, el zanco se tambalea cuando ignoran la realidad y se aferran a sus ideales de todos modos. Este es el tipo de mecanismo de adaptación que vemos en aquellos que hacen caso omiso de la crisis actual en la iglesia diciendo: «Bueno, piensa en todas las cosas buenas que están sucediendo» o «La mayoría de la gente no es así» o «La iglesia nunca estuvo destinada a estar conformada solo por personas perfectas».

Esas cosas son fáciles de creer, porque en cierto sentido todas son ciertas. Pero a menudo, especialmente en tiempos como estos, lo que realmente significan es: «No hables de estos asuntos en público; podemos resolverlos en privado, pero no queremos darle una mala reputación a Jesús». El problema es que Jesús nunca pidió que su Iglesia protegiera su reputación, especialmente encubriendo cuando se hace algo malo o peligroso en su nombre.

Pero más aún, como señala Malesic acerca del espacio laboral, la mentalidad que dice: «Si no hablamos de ello, simplemente desaparecerá» no puede sostenerse. Si nuestros ideales morales son fuertes pero nos tranquilizamos con una versión falsa de la realidad, acabaremos viendo a través de nuestros propios engaños. Y los demás ciertamente verán lo mismo.

Y cuando eso ocurre, se produce un tipo diferente de síndrome de desgaste: la frustración. Es decir, empezamos a perder la esperanza de que alguna vez se pueda hacer algo para arreglar las cosas.

Sin embargo, la forma más peligrosa de deconstrucción es la que vemos en las vidas de personas que nunca se imaginaron a sí mismos en un proceso de deconstrucción. Muchos de ellos parecen creer lo que siempre han creído, y siguen perteneciendo o dirigiendo las mismas instituciones de siempre.

De hecho, a menudo son ellos quienes denuncian acaloradamente a los que están en un proceso de deconstrucción, o quienes todavía se preguntan cómo y por qué pueden surgir frutos tan horribles de sistemas e instituciones que presumían de ser piadosos, de confianza y «confesionales».

Para algunas de estas personas, hay un tipo de deconstrucción o estilo de síndrome de desgaste totalmente distinto.

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Malesic sostiene que esta forma de síndrome de desgaste se produce cuando los ideales y la realidad son tan divergentes que, al tener que elegir uno de los zancos al cual aferrarse, abandonan los ideales para conformarse con la realidad tal y como es.

Al principio, pueden encontrar todo tipo de razones por las que sus antiguos ideales eran demasiado irreales, aunque estas nuevas razones sean completamente incongruentes con lo que antes defendían. Se dice que las personas que esperan que la Iglesia esté a la altura de lo que Jesús exigió de ella «están tratando de ganarse el favor de las élites», o «no son realistas sobre cómo funciona el mundo», o «no ven lo que estaría en juego si no alineamos todas nuestras tropas alrededor de “las bases”».

Al seguir esta estrategia, la gente empieza a despersonalizar a aquellos quienes los rodean. Y esto conduce al cinismo. Una vez que la institución es lo único que queda (llámese «el movimiento», «la causa», «la teología» o, peor aún, su propia posición y plataforma), en última instancia han derribado su propio carácter individual, el cual es necesario para proteger y construir esas instituciones.

Lo que es peor, es que al llegar a este punto también han asesinado la conciencia personal necesaria para escuchar el llamado al arrepentimiento. Uno puede ser fácilmente un defraudador en el mercado o en la arena política. Pero jugar a lo que «las bases» quieren o esperan de la iglesia de Jesucristo año tras año hace algo mucho peor, y no solo a la institución o a las vidas de los perjudicados, sino a las propias almas de los que juegan el juego.

Una vez que han reducido sus principios morales a solo aquellos que son útiles para mantener su propio lugar de pertenencia, esencialmente se han deconstruido a sí mismos.

Mientras observamos cómo el evangelicalismo en Estados Unidos se deconstruye de diversas maneras, me pregunto si lo que deberíamos hacer no es evitar el síndrome de desgaste, sino más bien buscar el tipo correcto de desgaste. Después de todo, las obras más milagrosas de Dios a menudo parecen llegar en el momento de nuestra mayor frustración, impotencia e incluso desesperanza.

El profeta Elías no estaba loco por creer que se encontraba en una situación sin esperanza. En su tiempo, el pueblo de Dios era cautivo de la idolatría y de un liderazgo vicioso, depredador y narcisista. Pero Elías tuvo que llegar al punto de escuchar a Dios diciéndole: ¿Qué haces aquí, Elías? (1 Reyes 19:9).

Juan el Bautista no estaba siendo irracional cuando envió a sus discípulos a preguntarle a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Lucas 7:20). Y cuando los discípulos que iban de camino a Emaús le dijeron a su compañero de viaje —el recién crucificado Jesús—: «… nosotros abrigábamos la esperanza de que era él quien redimiría a Israel» (24:21), Jesús les reveló que sus esperanzas ya se habían cumplido de una manera que no habrían podido imaginar hasta ese mismo momento.

La cuestión no es si vamos a deconstruir, sino qué vamos a deconstruir.

¿Será la madera, el heno y el rastrojo, que están destinados a arder y consumirse (1 Corintios 3:12–13)? ¿O serán nuestras propias almas? A veces las personas que creemos que están «deconstruyendo» solo están afligidas y preguntándole a Dios dónde está en un momento como este. Eso ya ha ocurrido antes.

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Por el contrario, a veces las personas que parecen más confiadas y seguras, aquellas que están escudriñando los límites de la herejía, son las que han dejado de creer en el nuevo nacimiento, en la renovación de la mente y en el tribunal de Cristo. Para ellos, todo lo que queda es una ortodoxia basada no en un Cristo vivo, sino en una marca de prestigio.

Y esa puede ser la deconstrucción más triste de todas.

Russell Moore dirige el Proyecto de Teología Pública en Christianity Today.

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel.

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