La semana pasada, una amiga me invitó a tomar un café. Ella es una madre joven, así que cuando vio la imagen ahora mundialmente famosa de una joven madre afgana entregando a su bebé a un soldado estadounidense por encima de un muro con vallas de púas, fue muy difícil para mi amiga lidiar emocionalmente con lo que había visto. Aunque había estado orando constantemente por la situación en Afganistán, la imagen seguía dando vueltas en su mente. Quería un consejo sobre cómo preocuparse por la iglesia perseguida sin sucumbir ante la pesada carga emocional que eso conlleva.

Durante los últimos dieciséis años que he pasado trabajando con la iglesia china, he tenido que procesar y aprender mucho después de ver a hermanos y hermanas en Cristo en otro contexto cultural sufrir profundamente. En diciembre de 2018, vi cómo un grupo de hombres y mujeres chinos con los que había orado y adorado fueron ferozmente atacados y encarcelados. Presenciar su sufrimiento desde la distancia de la alegría de la Navidad estadounidense impactó profundamente mi comprensión del llamado de Cristo.

Hace aproximadamente setenta años, la iglesia global fue testigo de lo que se pensaba que era el fin de la iglesia en China. De forma similar a lo que estamos presenciando hoy en Afganistán, los ciudadanos (y especialmente los cristianos) se apresuraron a huir de China después de que el Partido Comunista Chino tomara el poder. El gobierno chino persiguió a la iglesia en los años que siguieron. Miles de personas se alejaron de Cristo.

Pero hubo una generación de hombres y mujeres que entregaron sus vidas y fueron las semillas que plantaron la iglesia china del presente. Permanecieron fieles como individuos y como iglesia corporativa. Y cuando llegó el momento oportuno, el evangelio se extendió por su país de tal manera que hoy la iglesia china es la iglesia más numerosa del mundo. Se calcula que los cristianos de China representan entre el 5 y el 7 por ciento de la población de su país, lo cual es un punto de inflexión crucial según los misionólogos [enlace en inglés].

Prestar atención a la iglesia mundial nos hace tomar conciencia de lo que nuestros hermanos y hermanas están sacrificando en su caminar con Cristo. El compromiso con la iglesia que sufre —desde Afganistán hasta China— ha discipulado mi propio corazón. No debemos dejar que nuestro propio miedo al sufrimiento determine nuestra historia, sino que debemos ser discipulados por aquellos en Afganistán, China y en otros lugares.

En primer lugar, mis emociones con respecto a la iglesia perseguida me han empujado a examinar lo que realmente creo sobre la oración. Me he dado cuenta de que, para muchos estadounidenses como yo, la oración puede parecer trillada en tiempos de sufrimiento mundial porque no creemos que la oración tenga resultados reales que cambien la situación presente. Me he dado cuenta de que oro porque yo me siento angustiada por lo que veo y leo, y no por la verdadera convicción de que mis oraciones forman parte de la obra objetiva del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. Desde que vi cómo sufrieron los hermanos con quienes trabajaba en 2018, he estado aprendiendo a ver mi oración no solo como una herramienta para aliviar mi malestar, sino como mi arma contra las fuerzas del mal en este mundo.

Una pregunta de diagnóstico que me he hecho desde 2018 es si soy capaz de orar por la justicia y el juicio. La justicia de Dios es un marco teológico para entender una fuerza que actúa a favor del bien en este mundo y una promesa que se cumplirá al final de los tiempos. Como lo demuestran nuestros hermanos y hermanas de China y Afganistán, predicar el Evangelio es creer en un Dios que destruye el mal y tener la compasión de Cristo. Si nuestras oraciones por la situación en Afganistán se sienten vacías, entonces necesitamos reexaminar la forma en que estamos orando.

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En segundo lugar, ver sufrir a las iglesias que conozco me ha hecho examinar lo que creo sobre la perseverancia de los santos. Lo que está ocurriendo hoy no es el final de la historia. Pero, ¿de verdad creo eso y estoy orando en consecuencia? Mientras veo al último soldado estadounidense salir de Afganistán, ¿en verdad creo que el mejor plan de Dios para su pueblo no se fue junto con ese soldado? Porque Dios mismo no se ha ido. No quiero que suene como algo trillado. No es una afirmación frívola para decir que no importa quién esté en el poder o que las realidades que atravesamos en esta vida no importan.

Pero si nuestra visión de la historia de la iglesia requiere que los gobernantes sean amistosos y que las libertades personales estén garantizadas para que podamos creer que la iglesia puede sobrevivir y crecer, entonces tenemos una visión defectuosa de la relación de Dios con su iglesia.

Hay muchas cosas por las que estoy orando para Afganistán: justicia y protección para las mujeres de todas las edades, justicia y restauración de los abusos del gobierno, estabilidad económica, entre otros. Estoy orando por los cristianos que temen por sus vidas y quieren huir. Estoy orando por un rescate milagroso.

Pero también estoy orando por los que se quedan, para que sus vidas sean las semillas de un movimiento evangélico similar al que hemos visto en China. Estoy orando para que se conviertan en una iglesia fuerte y valiente en las próximas décadas, de modo que dentro de cincuenta años nos sorprenda descubrir la mayor iglesia del mundo musulmán. Estoy orando para que su amor por Afganistán y su pueblo los impulse.

A medida que vamos tomando mayor conciencia sobre el sufrimiento de los hermanos y hermanas del otro lado del mundo, dejemos que esa misma conciencia también nos instruya para comprometernos mejor con el sufrimiento que vemos en Afganistán y en nuestros propios países. Todavía tenemos vecinos cuyos hijos se están muriendo de cáncer. Todavía tenemos viudas aisladas que se sientan solas por las noches. Seguimos teniendo opresión financiera, psicológica y racial. Todavía tenemos iglesias divididas. Todavía tenemos heridas que necesitan ser curadas.

El sufrimiento no es un fenómeno exclusivo de la iglesia perseguida: por más que intentemos evitarlo, está presente en todas partes. El sufrimiento forma parte de nuestra identidad como herederos adoptivos del Señor que sufrió, una identidad de la que muchos intentamos escapar. ¿De qué forma estamos evitando sufrir junto con Cristo? ¿Dónde podríamos dar testimonio de su nombre entrando en ese sufrimiento? Vayamos allí cuando nos sintamos impulsados por la valentía que observamos en nuestros hermanos y hermanas en Afganistán.

Hannah Nation es directora del Center for House Church Theology y directora de contenidos de China Partnership. Es coeditora de Faith in the Wilderness: Words of Exhortation from the Chinese Church (Kirkdale Press, 2022).

Traducción por Sofía Castillo.

Edición en español por Sofía Castillo y Livia Giselle Seidel.

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