Justo hoy que estoy redactando este ensayo, tengo planes para salir a cenar con una amiga, una médica de profesión originaria de Canadá. Sin duda, nuestra conversación de esta noche girará rápidamente en torno a la reciente decisión de la Corte Suprema de Estados Unidos, Dobbs vs. Jackson Women's Health. No hay duda de que cada una de nosotras defenderá enérgicamente sus opiniones opuestas sobre el aborto.

Mi amiga, que afirma no tener ninguna fe religiosa, defiende firmemente el derecho de la mujer a elegir el aborto. Me dirá, como lo ha hecho a lo largo de los once años que llevo viviendo en Canadá, que muchas mujeres casadas confirman embarazos no deseados en la sala de urgencias.

A veces, me dice mi amiga, estas pacientes están preocupadas por las dificultades económicas que impondrá la adición de otro hijo en su familia. En otras ocasiones, ya han pasado por un embarazo difícil, o incluso han enfrentado peligro de muerte, y no pueden concebir el riesgo de otro embarazo. A veces, estas madres ya están cuidando a sus padres ancianos o a un niño con necesidades especiales, y simplemente no pueden imaginarse asumiendo la responsabilidad de una vida más.

«Muchas de estas mujeres no quieren abortar, pero no pueden concebir la alternativa», me dirá, pidiendo que comprenda el predicamento de estas mujeres. Escucharé con simpatía las historias que mi amiga me cuente y reconoceré que los temores de sus pacientes son reales y válidos.

Independientemente de cuál sea la opinión de una mujer sobre el aborto desde un punto de vista ético, es posible que ella decida poner fin a su embarazo porque no puede imaginar una historia en la que tanto ella como el bebé tendrán una vida próspera. Como informa Lifeway Research, casi el 16 % de los abortos son solicitados por cristianos evangélicos, muchos de los cuales pueden considerar que es un mal necesario, o sentir que no tienen otra opción [enlaces en inglés].

Sea cual sea la situación legal del aborto, nuestra batalla continua es concebir un mundo en el que el aborto no sea la única opción. No podemos limitarnos a cambiar las leyes: debemos rehabilitar el imaginario colectivo. Pero eso requerirá de sacrificio por parte de quienes creemos en esta causa.

Quizá esta noche sea yo quien le cuente a mi amiga una historia, la de otra amiga, quien emigró a Canadá hace años en pleno invierno mientras estaba embarazada de gemelos. En aquel momento, ella tenía un sinnúmero de razones para considerar el aborto como una medida que podría salvar la vida de su familia. Ella y su hijo pequeño fueron enviados a dicho país por un marido y padre que prometió seguirlos y nunca lo hizo.

Empezando por la fría noche en que esta mujer y su hijo salieron del aeropuerto de Edmonton —sin dinero, sin abrigos de invierno, sin la documentación adecuada, sin teléfono móvil y sin un lugar donde alojarse—, sus dificultades fueron muchas. Pero era una mujer de fe cristiana, y buscó refugio en comunidades de fe cristiana.

Y Dios proveyó.

Proveyó la iglesia de Edmonton, la cual le brindó alojamiento a esta pequeña familia de dos, y luego recaudó fondos para pagar por sus pasajes a Toronto, donde ella tuvo que defender su caso ante las oficinas de inmigración. Proveyó la agencia cristiana de reasentamiento de refugiados que le proporcionó un alojamiento temporal cuando llegó a aquella ciudad, y luego la puso en contacto con Safe Families Canada, una alternativa cristiana a los servicios gubernamentales de acogida.

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Proveyó una familia que ofreció su hogar para cuidar de su hijo pequeño en las semanas que siguieron al nacimiento prematuro de los gemelos, y luego reunió a un grupo de personas dispuestas a ofrecer su ayuda para satisfacer las necesidades diarias de esta joven madre y sus tres pequeñitos durante los años siguientes.

Yo llegué a involucrarme en la historia de esta joven madre por medio de Safe Families Canada hace varios años. Vi las necesidades de su familia publicadas en la red de Familias Seguras, incluyendo peticiones muy simples de pañales y comida.

Para mi inmensa vergüenza, mi primer pensamiento al recibir estas peticiones fue: no quiero formar parte de esta historia tan complicada. Temí que llevar pañales y comida me llevaría a involucrarme más allá de mi capacidad. Y justo eso fue lo que sucedió. Sin embargo, el punto aquí no es recordar mi reticencia. Mi objetivo es poner de relieve que independientemente de qué tan teóricamente comprometida yo afirmaba estar con los principios provida, en la práctica me resistí a dedicar tiempo a una familia en crisis.

En nuestra cultura, el tiempo es el equivalente a las dos moneditas de la viuda: la ofrenda que es increíblemente difícil de sacrificar. La verdad es que yo podría haber dado dinero con mucha más facilidad. Pero el tiempo era demasiado valioso para mí. No quería la interrupción constante de mi vida personal. No quería invertir en la vida de alguien más a largo plazo. No quería involucrarme en celebraciones de cumpleaños y compras semanales de alimentos. No quería viajes mensuales a la oficina de inmigración. No quería ofrecer el tiempo que requiere la presencia.

Me sorprenden sobremanera, por supuesto, los argumentos temporales a favor del aborto. Algunos argumentan que es cruel pedirle a una mujer que considere llevar a término un embarazo no deseado, es decir, sacrificar nueve meses de su vida por un bebé al que podría abortar en una visita a una clínica esa misma tarde. Mi amiga probablemente expresará su opinión de esa forma esta misma noche: que no tengo derecho a imponer tal obligación a una madre que no está dispuesta a hacerlo.

Pero, como cristiana provida, yo le responderé que mis convicciones van mucho más allá de simples argumentos de eficacia. Quiero un mundo en el que hagamos cosas difíciles, en el que incluso renunciemos a ciertas libertades, por el bien de nuestro prójimo más vulnerable.

Sin embargo, supongo que si le pedimos a las mujeres que den nueve meses de su vida para traer un niño al mundo (y tal vez muchos años más, si deciden quedarse con el bebé), los provida debemos estar dispuestos a dar eso y mucho más para garantizar el bienestar de ese niño. Supongo que tendremos que confrontar nuestro apego al preciado individualismo, ese mundo soñado en el que nunca nos molesta la necesidad del otro.

Hace poco, los gemelos de mi amiga celebraron su cumpleaños. Les llevé globos, y no tardaron en comenzar a jugar a golpearlos y a gritar con todas sus fuerzas. Mi amiga parecía agotada. Me contó que sus médicos la habían diagnosticado recientemente con deficiencia de hierro. «Quieren hacerme infusiones. ¿Qué piensas al respecto?». Le dije que era una buena idea, un tratamiento seguro. Y se quedó tranquila.

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Me he acostumbrado a estas conversaciones de fin de semana en torno a la pequeña mesa de la cocina de mi amiga, y por la frecuencia con la que la visito, desearía haber vencido la resistencia a presentarme. Pero eso aún no ha sucedido.

Pero una cosa ha cambiado: ahora tengo evidencia que me ayuda a imaginar que otro mundo es posible. Un mundo en el que el trabajo de muchas manos aligera los esfuerzos del amor: por las madres, por sus hijos y por este ruidoso regalo de Dios llamado vida.

Jen Pollock Michel es escritora, presentadora de pódcast y conferencista residente en Toronto. Es autora de cuatro libros y está trabajando en un quinto: In Good Time: 8 Habits for Reimagining Productivity, Resisting Hurry, and Practicing Peace (Baker Books, 2022).

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel.

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