Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 6 de febrero de 2018.

Estoy en la oficina, manteniendo el ritmo en la caminadora mientras trabajo en el escritorio que instalé en ella, y hojeando mi última investigación, cuando suena el teléfono. «Hola, habla Kate». Me llama Jan, del consultorio del médico. Tiene un pequeño discurso preparado, pero mi cabeza está en otro lado. Puedo oír lo que está diciendo, pero no puedo comprender las palabras. No es mi vesícula biliar, eso lo puedo entender. Pero ahora está en todas partes. «¿Qué es lo que está en todas partes?», pregunto. «Cáncer». Escucho el zumbido del teléfono. «Señora Bowler».

El tratamiento en el centro Emory comienza a finales de octubre. Me siento cansada la mayor parte del tiempo, pero aun así algo me motiva a documentar cada detalle y exprimir cada segundo porque el tiempo es valioso. Comienzo a escribir. Mientras estoy acostada en la cama, sentada en las sillas de quimioterapia o en las salas de espera, intento decir algo acerca de lo que significa morir en un mundo donde se dice que todo sucede por una razón. Cada vez que tengo un momento esclarecedor de duelo, lo anoto.

Y entonces, en un arrebato, lo envío a The New York Times, sin pensar demasiado en si es lo suficientemente bueno, sino porque me he contagiado de la urgencia de la muerte. Entonces uno de sus editores lo lee y lo coloca en la primera página del especial dominical [enlaces en inglés]. Millones de personas lo leen. Miles lo comparten y comienzan a escribirme. Y la mayoría comienza con las mismas palabras: «Tengo miedo».

Yo también, yo también.

«Tengo miedo de perder a mis padres», escribe un joven. «Sé que puedo perderlos pronto en el futuro, y no puedo soportar pensar en eso». «Tengo miedo por mi hijo», dice un padre de Arkansas. «A los 44 años le diagnosticaron un tumor cerebral, algo que habría sido devastador en sí mismo, si no fuera porque ya perdimos a su hermano gemelo por la misma enfermedad hace unos años».

Estas cartas entonan sus mensajes con un amor indecible frente a las puertas de la Gran Separación. No te vayas, no te vayas, eres un ancla en mi vida. Se siente como si el mundo se hubiera partido en dos y no dejara de sangrar. Recibo cientos de correos, cartas, imágenes y videos que llenan mi bandeja de correo electrónico, así como mi buzón físico en el campus de la universidad. Muchas personas a quienes no conozco vuelcan su furia en cada una de las fases de su propio duelo. La depresión se asienta sobre las páginas como una neblina.

Un joven escribe: «Supongo que estaba esperando que Dios le diera sentido a todo esto. Pero no pasó nada». El vacío es profundo, no tiene fin. Y es un hecho despiadado que algunas personas tengan el derecho de mirarme a los ojos y decirme: «Eres afortunada». Una joven me explicó amablemente que el cáncer le arrebató la fertilidad solo unos meses antes de conocer al amor de su vida. Si logra deshacerse de la enfermedad, aunque sea un poco, intentará adoptar. «Abraza fuerte a tu hijo; eres muy afortunada por tenerlo».

Hay muchísima negación, y muchísimos tratos que la gente intenta negociar con Dios. «Soy ateo, pero dejé mis creencias a un lado y le rogué a Dios que le quitara el cáncer a mi hijo y que me lo pusiera a mí».

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Muchas personas me escriben como si fueran mi familia. «Como padre, lo siento muchísimo». «Soy madre y desearía poder darte un abrazo ahora mismo». Quieren consolarme, pero sus experiencias les enseñaron que la vida nunca es justa. «Quiero que sepa cuánto estoy orando por usted y cuán agradecida estoy por su fe. Siento mucho que debamos decir, como Job: “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré (RVR60)”».

Sí, sí, sí. Aun así, en él esperaré. Ya no estoy segura de saber qué significa la palabra «esperar». Sin embargo, hay momentos en los que me doy cuenta de que se parece mucho al amor.

Mi bandeja de correo electrónico está llena de mensajes de desconocidos dándome razones. Sin embargo, la mayoría de aquellos con los que me encuentro se mueren por tratar de darme certeza. Quieren que sepa, sin duda alguna, que hay una lógica oculta detrás de todo este aparente caos. Incluso mientras todavía me encontraba en el hospital, una vecina se acercó a nuestra puerta y le dijo a mi esposo que todo sucedía por alguna razón. «Me encantaría escucharla», replicó él. «¿Disculpe?», dijo ella, confundida. «La razón por la que mi esposa se está muriendo», dijo él, con ese modo tan agridulce que tiene, terminando de golpe la conversación mientras la vecina tartamudeaba y le entregaba un guisado.

No obstante, las cartas que realmente me conmueven no son las que hablan acerca de por qué morimos, sino las que hablan de quién estuvo ahí. En una carta, un hombre me cuenta sobre una ocasión en la que él y su familia fueron tomados como rehenes, y presenció con impotencia cómo los intrusos le ponían un arma en la cabeza a sus hijos mientras amenazaban a su mujer y a su hija con violarlas. Sin embargo, Dios estuvo ahí y él no puede explicarlo. No puede explicar quién soltó las cuerdas y lo dejó escapar junto con toda su familia sin siquiera un rasguño. Nunca comprenderá por qué sobrevivió, mientras que su vecino fue encontrado afuera colgando de una soga a la mañana siguiente.

El escritor de esa carta no intenta encontrar una explicación racional sobre por qué algunas personas son rescatadas y otras son ahorcadas, y pone en duda la idea de que Dios «redime» las situaciones sacando cosas buenas de todo lo malo que ocurre. Sin embargo, sí sabe que Dios estaba allí porque sintió paz, una paz indescriptible, y eso lo cambió para siempre. Termina la carta sin ofrecerme una solución: «No tengo ni idea de cómo funciona, pero deseo esto para usted mientras pasa por esta situación».

Su descripción encaja con un artículo que leí recientemente en el periódico, que resumía los descubrimientos de la Fundación para la Investigación de Experiencias Cercanas a la Muerte (NDERF, por sus siglas en inglés) y, sí, tal cosa existe. Esta organización ha entrevistado a miles de personas sobre sus experiencas cercanas a la muerte en toda clase de situaciones —en accidentes de auto, al dar a luz, en intentos de suicidio, entre otros—, y muchos describen la misma cosa extraña: amor.

Estoy segura de que habría ignorado el artículo si no me hubiera recordado a algo que me ocurrió a mí, algo que me parecía incómodo compartir con nadie. Me parecía demasiado extraño y simplista decir que sabía que era cierto… que cuando tuve por seguro que iba a morir, no me sentí enfadada. Me sentí amada.

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En aquellos primeros días después de mi diagnóstico, cuando estaba en el hospital, no podía ver a mi hijo, no podía salir de la cama, no podía asegurar que viviría un año más. Pero sentí como si hubiera descubierto una especie de secreto acerca de la fe. Incluso en los momentos lúcidos me era difícil explicar con detalle lo que sentía. Solo repetía una cosa: «No quiero volver. No quiero volver».

En un tiempo cuando bien pude haberme sentido abandonada por Dios, no me sentí devastada. Sentía como si estuviera flotando, flotando sobre el amor y las oraciones de todos los que zumbaban a mi alrededor como abejas obreras, trayendo notas, calcetines mullidos, flores, y mantas bordadas con palabras de aliento. Se acercaban como sacerdotes y reflejaban sobre mí el rostro de Jesús. Cuando se sentaban a mi lado, y sostenían mi mano entre las suyas, mi propio sufrimiento parecía revelar el sufrimiento de los demás; un mundo de aquellos que, al igual que yo, se tambalean entre los escombros de los sueños que pensaban que merecían, y los planes que no se dieron cuenta que habían trazado.

Ese sentimiento permaneció en mí durante meses. De hecho, llegué a acostumbrarme tanto a esa sensación de estar flotando que comencé a sentir pánico ante la posibilidad de perderla. Así que empecé a preguntarle a amigos, teólogos, historiadores y pastores que conocía, y a monjas que me agradaban: «¿Qué voy a hacer cuando esta sensación se vaya?».

Y sabían exactamente a lo que me refería porque, o bien lo habían experimentado ellos mismos, o habían leído sobre ello en las grandes obras de teología cristiana. San Agustín lo llamaba «la dulzura». Santo Tomás de Aquino lo llamó de un modo más místico: «la luz profética». Pero todos dijeron que sí, que se marcharía. En algún momento, los sentimientos se disiparían. La sensación de contar con la presencia de Dios se iría. No habría una prueba duradera de la existencia de Dios. No habría una fórmula que me dijera cómo hacerla regresar. Sin embargo, me ofrecieron una pequeña porción de certeza, y me aferré a ella: cuando los sentimientos retrocedan como las mareas del océano, dejarán una huella. De alguna manera, yo quedaría marcada por la presencia de un Dios impredecible.

Esto no demuestra nada. Tampoco da razones para jactarse. Es simplemente un don. No puedo responder a los miles de correos compartiendo mi propio plan de cinco pasos para la salud espiritual, o alguna serie o fórmula poderosa que garantice resultados. Supongo que soy como aquel hombre que me escribió para contarme que había visto a un amigo colgado de un árbol y sintió la presencia de Dios en esa misma larga y oscura noche. Sí. Ese es el Dios en el que creo.

No puedo conectar el modo en que el mundo se ve sacudido tanto por sucesos que son maravillosos y preciosos, y al mismo tiempo por otros que son terribles y trágicos. Aun así, estoy comenzando a creer que estos opuestos no se cancelan mutuamente. Veo a una mujer de mediana edad en la sala de espera de una clínica de tratamiento para el cáncer, con los brazos alrededor del frágil cuerpecito de su hijo. Ella lo sujeta con fuerza, ignorando el modo tímido en que él la observa. Un minuto después él se ríe, rehén de su amor impasible.

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El gozo persiste de algún modo y yo me sumerjo en él. El horror del cáncer ha hecho que todo parezca pintado de colores vivos. Mi mente repite los mismos pensamientos una y otra vez: la vida es muy hermosa. La vida es muy dura.

¿Qué pasaría si los cristianos abandonaran esa pequeña pieza del sueño americano que dice: «No tienes límites»? No todo es posible. El poderoso reino de Dios aún no está aquí. ¿Qué pasaría si nuestra definición de ser rico no incluyera tener mucho dinero, y si nuestra definición de ser completo y pleno no significara ser sanado? ¿Qué pasaría si ser el pueblo «del evangelio» significara simplemente que somos personas que portan buenas nuevas? Dios está aquí. Somos amados. Eso es suficiente.

Kate Bowler es profesora adjunta en la Facultad de Divinidad de la Universidad Duke, autora de Blessed: A History of the American Prosperity Gospel y presentadora de Everything Happens, un pódcast que plantea conversaciones honestas sobre los desafíos más difíciles de la vida. Vive en Carolina del Norte con su esposo y su hijo.

Este extracto está adaptado del libro Everything Happens for a Reason: And Other Lies I’ve Loved [Todo sucede por una razón, y otras mentiras que he amado] de Kate Bowler. Copyright © 2018 por Kate Bowler. Publicado por Random House, un sello editorial y división de Penguin Random House LLC. Todos los derechos reservados.

Traducción por Noa Alarcón.

Edición en español por Sofía Castillo y Livia Giselle Seidel.

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