Este artículo fue adaptado del boletín de Russell Moore. Suscríbase aquí. [Los enlaces redirigen a contenido en inglés].

«Nunca nadie me ha invitado a una fiesta de cocaína, ni a una orgía, y llevo años trabajando en Washington».

Nunca creí que diría esas palabras, pero lo hice hace poco cuando un joven cristiano me preguntó, a modo de secreto, si era cierto que los miembros del Congreso inhalan cocaína y organizan fiestas de sexo. Lo miré desconcertado durante un par de segundos, y me pregunté si este joven sabía que el Congreso se parece más a una noche de bingo para adultos mayores que a una alocada fiesta universitaria.

Respondí que nunca había escuchado que eso sucediera, pero que cabía la posibilidad de que tal vez yo nunca haya sido invitado. Después de todo, no creo que la gente invite a pastores bautistas a una fiesta bacanal animada por la cocaína.

A finales de marzo, el representante de Carolina del Norte en el Congreso, Madison Cawthorn, relató que personas por las que alguna vez sintió respeto lo habían invitado a hacer tales cosas, y declaró que la serie House of Cards era una representación precisa de la vida en el Congreso. Su controversial declaración fue refutada en breve por el líder de la Minoría de la Cámara de Representantes Kevin McCarthy y otros más [enlaces en inglés].

En lo personal, no recuerdo haber escuchado a alguien que trabaje en el gobierno describir la situación en esos términos. Sin embargo, sé que la mayoría de las personas —sobre todo los cristianos— asumen que cualquier lugar que tenga muchos no cristianos con gran poder lucirá de esa forma.

En mi opinión, una de las razones para esto es que a menudo no entendemos qué tan aburrido es el camino que lleva al pecado.

La Biblia no hace mención explícita de la cocaína, pero sí habla de orgías en varias ocasiones. El apóstol Pablo le advirtió a la iglesia de Roma que se alejara de «orgías y borracheras… inmoralidad sexual y libertinaje», siguiendo con la misma advertencia sobre «disensiones y envidias» (Romanos 13:13, NVI). Ambos, escribe el apóstol, son manifestaciones de los «deseos de la carne» (v.14).

Al contrastar los «deseos de la carne» con los «frutos del Espíritu» en Gálatas 5, Pablo no solo nos advierte con respecto a pecados como borracheras, orgías y brujería, sino también —y en la misma lista— de deseos carnales más «respetables» y «aburridos» como «celos, arrebatos de ira, rivalidades, disensiones, sectarismos y envidia» (vv. 20-21).

En ningún otro lugar he visto que los celos y la envidia se coloquen en la misma categoría que las «orgías y cosas semejantes a éstas». Cuando escuchamos «la carne», tendemos a pensar en rebeliones dramáticas, de las que son gran material para el chisme, no de las que son sosas y que consideramos inocuas como los celos y la envidia.

En muchos casos, el pecado sí se expresa de manera desenfrenada y escandalosa, pero más a menudo se deja ver en formas más discretas y fácilmente justificables de «caminar en la carne».

¿Washington de verdad tiene fiestas llenas de drogas y sexo? Muy probablemente menos de las que tú piensas. ¿Washington está repleto de los pecados de la carne? Por supuesto.

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Sin embargo, esto se muestra más a menudo en burócratas que beben a solas en sus oficinas a altas horas de la noche que en quienes asisten a fiestas salvajes. Es más notable en gente que se muere por la validación externa de ganar una elección, o de obtener un encabezado en los medios, que en quienes buscan placeres sacados de la corte de Calígula.

En muy contadas ocasiones son quienes quieren defender su derecho a salir de fiesta los que enfrentan las tentaciones más fuertes en Washington; antes bien, estas tentaciones son para aquellos que quizás se unieron a la política porque nunca fueron invitados a las fiestas del bachillerato y la universidad.

La mayor parte de las tentaciones en el Capitolio consisten en mentir para socavar a un «enemigo» partidista o en alimentar a fuego lento el resentimiento por no ser tan destacado como otro político o burócrata. En otras palabras, las tentaciones típicas no son tan deslumbrantes y obviamente transgresoras; más bien son tristes y solitarias.

Incluso cuando hablamos del trabajo ordinario en Washington, la mayoría espera que el mayor problema sea la hipocresía: llamar en público «buen amigo» a alguien a quien odian en privado. De hecho, ese es un problema mayor entre miembros del mismo partido o tribus ideológicas que entre quienes pertenecen a partidos opuestos.

Es lo que Freud llamó «el narcisismo de las pequeñas diferencias»: muchas personas tienen un resentimiento más fuerte contra los que se parecen más a ellos, contra aquellos a quienes perciben como rivales, que contra las personas a quienes denuncian en televisión o en correos electrónicos de recaudación de fondos.

De hecho, el gran secreto en Washington es que a menudo hay personas que realmente se caen muy bien, pero deben mantener las apariencias y no pueden ser vistos saludándose o riéndose juntos en público. En un Estados Unidos tribalizado, ese tipo de conexiones humanas básicas lucen como deslealtad, de tal manera que lo que termina por ser una puesta en escena no es solo la «unidad» partidista, sino también su divisiva hostilidad hacia el bando contrario.

A veces, los prejuicios brutales y dramáticos sobre el pecado de otras personas puede llevar a terribles consecuencias. Aquellos quienes inician las teorías de conspiración sobre redes de políticos pedófilos y adoradores de Satanás saben bien que son mentiras. Pero las difunden entre quienes no lo saben y eso ha llevado a amenazas de violencia muy reales.

Otras veces, el resultado es más sútil: una erosión de la verdad que lleva a todavía más cinismo, y a la desconexión entre autoridad y poder.

Pero incluso entre los casos más benignos, los cristianos podemos errar al asumir que la línea entre el Espíritu y la carne es siempre dramática y obvia, cuando en la mayoría de los casos es mucho más sutil. Esto sucede tanto en la iglesia como en el mundo, si no es que más. La misma Biblia lo dice. En un momento, el pecado dentro de la iglesia de Corinto fue descrito como uno tan grave que «ni siquiera entre los paganos se tolera» (1 Corintios 5:1).

Si no vemos esta realidad, seremos sacudidos, no por el pecado evidente que se practica en el mundo, sino por gente que no luce como supervillanos y que quiere de todo corazón hacer lo bueno mientras cede ante los deseos de la carne.

Y seremos sacudidos cuando, los que nos dicen que debemos adscribirnos a una determinada visión «cristiana» del mundo para poder resistir a los bárbaros de fuera, salgan a la luz como personas llenas de envidia, rivalidad, celos e ira... y a veces también, de orgías y cocaína.

Russell Moore lidera el proyecto Public Theology en Christianity Today.

Traducción por Hilda Moreno Bonilla.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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