Pocos días después de que Bill Clinton fuera elegido, yo (Rick) me encontraba organizando una reunión para un pequeño grupo de líderes. Uno de los líderes, cuyas convicciones políticas se alineaban fuertemente con los republicanos, sugirió que nuestros grupos pequeños necesitaban tener un tiempo de lamento a la luz de las recientes elecciones. Otros cuantos asintieron, estando de acuerdo. Pero, ¿era una buena idea?

Yo pensé que no. Le comenté que cerca del 80 por ciento de los evangélicos habían votado por los republicanos, un hecho del que la mayoría parecía tener conocimiento. Entonces, le pedí a todos los líderes presentes que tomaran una hoja de papel y escribieran los nombres de las dos o tres personas de su grupo que posiblemente habrían votado por los demócratas.

Se hizo un silencio sepulcral. Nadie tomó los lápices.

Finalmente, uno de los líderes habló y dijo que no pensaba que nadie de su grupo hubiera votado por los demócratas. Yo señalé que, si nuestra congregación reflejaba la media nacional de los evangélicos, un grupo pequeño de entre doce y catorce personas debía tener a tres demócratas. Solamente les estaba pidiendo que se detuvieran a pensar en quiénes podían ser estos y cómo se sentirían si empezábamos la reunión del pequeño grupo con un tiempo de lamento. Fue un momento incómodo.

Los líderes se dieron cuenta de que la idea de empezar la reunión con un tiempo de lamento podría no haber sido lo mejor para ciertos miembros del grupo. También se dieron cuenta de que, los momentos de oración de las últimas semanas antes de las elecciones, probablemente habrían sido igual de alienantes. Simplemente habíamos sido ciegos a la diversidad de convicciones políticas que existía dentro de nuestros propios grupos.

La definición habitual para convicción dice algo así: una creencia fijada o firmemente asentada, una creencia a la que no renunciaremos de un momento para otro. Sin embargo, tenemos creencias similares acerca de la aritmética, y no solemos llamarlas convicciones. Las convicciones no consisten en hechos comunes y corrientes, sino en cierta clase particular de creencias. Podríamos decir que las convicciones son creencias religiosas o morales firmemente arraigadas que guían nuestras creencias, acciones o elecciones. Esto deja fuera las creencias que tengamos acerca de cuestiones de gusto (no moral) y también deja fuera creencias que mantenemos pero que no nos importa desechar o ignorar (puesto que no guían nuestras acciones).

Nótese que esta definición abre espacio para dos clases diferentes de convicciones, a las que vamos a llamar convicciones absolutas y convicciones personales. Las absolutas se llaman así no tanto por el celo con las que las sostenemos, sino más bien porque sentimos que se deberían aplicar a todo el mundo «absolutamente». Son universales y se aplican tanto a nosotros mismos como a nuestro prójimo. Los grandes credos cristianos son ejemplos de estos absolutos.

Las convicciones personales, por otro lado, son las cosas que creemos personalmente y que guían nuestra conducta personal, pero que comprendemos que quizá otros no compartan. Puede ser una convicción acerca de rechazar beber alcohol debido a que un miembro de la familia murió por culpa de un conductor alcoholizado. Probablemente sostendríamos con firmeza esta convicción, pero también sabríamos que no todo el mundo la compartiría. Las distinciones que hacemos aquí no son nada nuevo; sin un sencillo reflejo de la famosa máxima: «En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; y en todas las cosas, caridad».

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Entonces, ¿cómo podemos formar convicciones cristianas profundas sin dividir la iglesia? Echemos un vistazo más de cerca a las propias convicciones.

Las convicciones son como la luz: nos llegan de muchos colores y formas dentro de un espectro. Piensa en la creencia de que Dios creó a los seres humanos a su imagen: una verdad teológica imperecedera enraizada en las Escrituras (Génesis 1:26). Esta clase de convicción se debería llamar una creencia confesional: un absoluto que todos los cristianos deberían tener en común.

La gente suele estar de acuerdo en los valores en sí, pero no suele estar de acuerdo en cómo se deberían priorizar esos valores.

Pocos capítulos más adelante, en Génesis 9:5-6, esta verdad toma forma en un mandato moral que prohíbe matar a otro ser humano porque todos los humanos somos hechos a imagen de Dios. Este mandato moral se puede expandir más adelante en un conjunto de afirmaciones positivas que valoran activamente la vida humana. Tras desarrollar esto un poco, podríamos ver que valorar la vida humana probablemente significaría más que solamente ser «provida» en el sentido de ser opuestos al aborto. En cambio, se podría pensar en una «ética de vida coherente», una frase acuñada [enlaces en inglés] por el cardenal Joseph Bernardin. Una ética así evitaría el aborto, así como la eutanasia, la guerra y la violencia. Tendría consecuencias positivas tales como el acceso a las libertades humanas básicas que los portadores de la imagen divina requieren, como la libertad para adorar según la conciencia de cada uno y tener cubiertas necesidades básicas como comida y abrigo.

Estos juicios, que cada vez se refinan más, no surgen porque estemos encontrando enseñanzas cada vez más explícitas en las Escrituras, sino porque cada vez desarrollamos más las implicaciones de nuestra creencia confesional en que los seres humanos han sido creados a imagen de Dios. Estas implicaciones se pueden resumir en una declaración de valores como: «Todo ser humano debe ser protegido de daños que atenten contra su vida y se le debe proporcionar acceso a bienes esenciales necesarios para toda vida humana próspera».

Está claro que nos estamos moviendo dentro de un espectro y que, según avanzamos, nos volvemos cada vez más específicos. Nuestras creencias confesionales y mandatos morales dan forma a valores centrales dentro de nuestras almas: dando forma a nuestros deseos y propósitos. Sin embargo, estos valores centrales todavía no son suficientemente específicos. En última instancia, debemos discernir lineamientos de conducta específicos. Debemos decidir si la prohibición de quitar la vida de un portador de la imagen de Dios significa que nos debemos oponer tanto al aborto como a la pena capital, o solo al aborto.

Nótese que, según nos movemos a lo largo de este espectro, cada paso hace que tus convicciones sean más específicas, pero, según se vuelven más específicas, también se vuelven más disputadas. En un principio, las afirmaciones explícitas de las Escrituras o los credos universales aseguran el acuerdo entre todos los cristianos. Las convicciones sobre estas cuestiones son absolutas y universales. Sin embargo, cuanto más específicos hacemos nuestros juicios, más influyen la cultura, la prudencia, las circunstancias históricas y la sabiduría práctica en nuestras conclusiones y, por lo tanto, más diversas se vuelven nuestras opiniones.

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Podemos conectar este espectro con tres tipos diferentes de cuestiones: absolutas, cuestiones discutibles que se incluyen en este espectro y cuestiones de gusto que no se incluyen en el mismo. El espectro comienza con absolutos y poco a poco va abordando cuestiones disputables. En el extremo opuesto estarían las cuestiones de gusto, pero no se incluyen porque no son cuestiones acerca de las cuales formemos convicciones.

En detalle: cuatro tipos de convicciones

Creencias confesionales. Las creencias confesionales definen los límites del cristianismo y fundamentan las creencias y las prácticas de la iglesia y de los creyentes individuales. A menudo se expresan en forma de credos como el Credo de los Apóstoles o el Credo de Nicea. Muchas tradiciones suelen recitar los credos de forma grupal en la adoración pública. Es también común que se expresen en la voz plural «Nosotros creemos», en vez de afirmaciones singulares del tipo «Yo creo».

Claramente, lo que implica esto es que se espera que todos los miembros de la congregación compartan estas creencias. Negar estos credos es una buena razón para dudar de la autenticidad de la fe cristiana de una persona. Estas creencias confesionales sirven como precondiciones para nuestras convicciones. Incluso podríamos llamarlas convicciones cristianas en oposición a las convicciones personales, exactamente porque creemos que estas convicciones son parte integral de la fe cristiana en sí misma. No son simples cuestiones de convicción personal.

Como su nombre implica, las creencias confesionales se centran en la creencia, no en la acción. Se componen en gran medida de afirmaciones teológicas atemporales acerca de la naturaleza de Dios, la humanidad y la salvación. Las iglesias y los discípulos individuales de Cristo tienen que decidir qué exigen de ellos estas creencias, es decir, el honrar a Jesús como Señor en los tiempos y circunstancias culturales particulares en los que se encuentran.

Mandatos morales. Identificar los mandatos morales y espirituales es el primer paso para «poner en funcionamiento» nuestras creencias confesionales: es decir, ponerlas en acción. Al igual que las creencias confesionales, los mandatos morales y espirituales son universales, o casi universales, entre los cristianos. Son la contraparte conductual a las creencias teológicas que se encuentran en nuestras declaraciones confesionales y credos, y se derivan de los mandamientos de las Escrituras, de la misma forma que las creencias confesionales se derivan de las afirmaciones teológicas de las Escrituras.

Un modo práctico de referirse a estos principios de alto nivel que conducen nuestras acciones es «mandatos», pero se debe señalar que el término cubre un amplio rango de conductas. Algunos de estos mandatos abordan cuestiones espirituales relacionadas con una adoración y una devoción adecuadas hacia Dios. Otros mandamientos lidian con cuestiones éticas acerca de cómo tratamos al resto de seres humanos. Utilizaremos la expresión «mandatos morales» como un término paraguas que cubre tanto las cuestiones éticas como las espirituales.

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Valores centrales. Los mandatos morales y espirituales casi ruegan de inmediato una explicación que vaya más allá. Hemos etiquetado este siguiente paso por nuestro espectro de convicciones como «valores centrales», refiriéndonos a las cosas que son importantes para nosotros: aquellas cosas que realmente valoramos.

El término valores se suele usar por los psicólogos morales o los sociólogos para identificar motivaciones subyacentes a las acciones. Los valores son fines deseados que nos guían en nuestras decisiones y nos ayudan a evaluar las políticas, las personas y los sucesos. Hace poco, el psicólogo social Jonathan Haidt formuló una «Teoría de los Fundamentos Morales» que identifica seis valores humanos básicos: cuidado, justicia, lealtad, autoridad, santidad y libertad.

¿Cómo puede ser que valores comunes den como resultado lineamientos de acción tan diferentes? La razón es que la gente suele estar de acuerdo en los valores en sí, pero no suele estar de acuerdo en cómo se deberían priorizar esos valores. Los temas más controvertidos convergen en más de un valor, como es el caso de una política que, promoviendo la libertad, pueda disminuir la justicia o fracase a la hora de cuidar de una necesidad humana básica.

Por ejemplo, cuando se discute sobre inmigración, todo el mundo puede estar de acuerdo en que la gente debe obedecer a las autoridades que gobiernan y también tratar a los inmigrantes con amor y dignidad, pero puede que estén en desacuerdo en cómo sopesar esto en casos particulares. Además, la gente no construye una única jerarquía universal de valores, sino que prioriza los valores de manera diferente dependiendo de la situación. En otras palabras, puede que sopesemos estos valores de manera diferente en el caso de los refugiados provenientes de Siria que en el caso de los centroamericanos que cruzan la frontera sur. En resumen, los valores son el lugar donde un punto de partida en común conduce a diferentes fines.

Directrices para la conducta. El paso final dentro del espectro de la convicción es el desarrollo de lineamientos específicos de conducta. Aquí los mandatos morales y los valores centrales encuentran una expresión en las decisiones políticas reales, las respuestas a los dilemas éticos y los planes de acción dentro de un contexto cultural específico. Las directrices de conducta tienen en mente marcos temporales, ubicaciones y audiencias. Responden a la pregunta de cómo puedo honrar mejor a Cristo en el momento, lugar y circunstancia en el que Él me ha puesto.

La sabiduría práctica y el conocimiento juegan un papel extremadamente importante en la formación de los lineamientos de conducta. Tim Keller defiende que cuidar de los pobres es una clara enseñanza bíblica y un mandato moral, pero es una cuestión de sabiduría práctica saber si el mejor modo para hacerlo es a través de la empresa privada, de la redistribución de recursos por parte del gobierno, o cierta combinación de ambas cosas. Del mismo modo, el amor al prójimo y la protección de la vida a imagen de Dios nos instan a aliviar el sufrimiento humano y cuidar de los afligidos. No existe una respuesta «cristiana» única a preguntas como estas. Sin embargo, debemos decidir qué haremos. No podemos elegir todas las opciones a la vez.

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En general, no nos resulta poco común tener fuertes intuiciones viscerales acerca de cuestiones morales y políticas. Esto no está mal necesariamente: a menudo nuestra conciencia opera intuitivamente sin que podamos identificar principios que podrían apoyar nuestra intuición. Sin embargo, es valioso refinar y profundizar en nuestras intuiciones por medio de una reflexión razonada iluminada por la sabiduría de los demás. No somos la fuente autosuficiente de toda la verdad.

Jennifer Herdt, especialista en ética cristiana de la Facultad de Divinidades de Yale, señala que una profunda dependencia en Dios es esencial para desarrollar «honradez con respecto al carácter y las capacidades de uno mismo, que capacite la admisión simultánea de la debilidad y la fortaleza, y de la incapacidad y la capacidad».

Perseguimos la verdad juntos, como parte de una comunidad. Una parte esencial de este proceso es, como dice Santiago, tener una sabiduría «pacífica, bondadosa, dócil, llena de compasión y de buenos frutos, imparcial y sincera». Esas virtudes llevan a «el fruto de la justicia» (Santiago 3:17-18). Una vez que hayamos escuchado a los demás con apertura y sinceridad, estaremos en una mejor situación para buscar el proyecto de Pablo: «Cada uno debe estar firme en sus propias opiniones» (Romanos 14:5).

Traducido y adaptado de un extracto de Winsome Conviction de Tim Muehlhoff y Richard Langer. Copyright ©2020 por Tim Muehlhoff y Richard Langer. Usado con permiso de InterVarsity Press, P.O. Box 1400, Downers Grove, IL 60515-1426. www.ivpress.com.

Traducción por Noa Alarcón.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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