Allá por 2015, mientras mi esposa jugaba con nuestros tres hijos en el parque de nuestro vecindario, yo los miraba con estupefacción después de leer un desconcertante tuit [enlaces en inglés] del expastor Tullian Tchividjian: «Bienvenidos al valle de sombra de muerte… gracias a Dios que la gracia reina ahí».

Pronto descubrí que su cita se refería a las recientes indiscreciones conyugales reveladas tanto de Tchividjian como de su esposa. A este popular ícono de la resurgencia reformada, al igual que otros muchos, se le descubrió en una serie de desastrosos errores que condujeron a la disolución de su matrimonio.

Cuando la noticia salió a la luz, yo acababa de aceptar un puesto como pastor asociado en la Calvary Memorial Church de Oak Park y me faltaban escasos dos meses para comenzar mis estudios de doctorado en Historia del Cristianismo en la Trinity Evangelical Divinity School.

Durante los siete años siguientes continué estudiando la historia de los evangélicos. Todo el tiempo busqué intencionalmente el mismo patrón histórico, uno que no iba a ignorar en la literatura; especialmente porque su repetición y sus consecuencias seguían estando en juego en el mundo evangélico del siglo XXI que yo habitaba.

El patrón —demasiado— común que descubrí es este: las grandes figuras evangélicas a lo largo de la historia a menudo tuvieron vidas personales y familiares trágicas. Este tema no dejaba de llamar mi atención repetidamente mientras me topaba con él en las biografías y los registros históricos de pastores, evangelistas y activistas.

La historia evangélica proporciona numerosos relatos admonitorios de lo que ocurre cuando se permite que la ambición corra desenfrenada. Y aunque algunos evangélicos preferirían dar la vuelta a estos relatos, o esconderlos, eso sería en nuestro detrimento. Estas advertencias se pueden poner al servicio del futuro de la historia evangélica; y prestarles atención puede que nos impulse a dominar nuestra ambición, establecer límites y expectativas saludables, y prestar atención a la pequeña iglesia de nuestros hogares.

Personalmente, quiero aprender de sus errores para salvaguardar a mi familia y protegerme de tragedias autoprovocadas.

Hace poco, mientras leía Early Evangelicalism [Evangelicalismo temprano] de W. R. Ward, me topé con un segmento de la vida de August Hermann Francke (1663-1727) una figura que fue cabecera de la historia evangélica. A Franke lo orientó el famoso teólogo Philipp Jakob Spener y fue quien abrió el camino para la segunda generación del pietismo alemán a finales del siglo XVII y principios del XVIII.

Su activismo público y su trabajo institucional circularon por la prensa evangélica y la red social por correspondencia, que le hicieron ganar una amplia credibilidad y gran importancia entre los primeros evangélicos. Evangélicos posteriores, tales como John Wesley, repitieron el patrón de Francke en cuanto a su ética del trabajo y la estrategia en sus propios ministerios, tristemente también en detrimento de sus vidas personales.

Mientras que Francke se involucró en una maravillosa obra para el reino, su matrimonio con Anna Magdalena Francke sufrió la decepción que viene con las necesidades no suplidas. A mediana edad, Anna y August se distanciaron, y en 1715 su separación se hizo pública. Ward también indica que August prestó escasa atención a su hija Sophia mientras cumplía con sus ambiciones teológicas.

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Aunque el ministerio público de Francke y su activismo florecieron, la salud de su casa languideció. Por supuesto, algo estaba mal ahí, y pensé: tuvo que haber una desconexión entre el ministerio público de Francke y su religión privada interior.

Al leer este relato histórico que hace Ward de Francke, tuiteé: «Como historiador que ha leído mucho acerca de la trágica vida privada de grandes figuras evangélicas de la historia, como resultado me he vuelto mucho menos ambicioso. Ningún logro merece la pena el costo de una familia sana».

Pero la historia de Francke que impulsó mi tuit no fue más que la tragedia más reciente entre una letanía de otras con las que me topé en mi investigación.

Una figura de este movimiento que atrajo mi curiosidad es Abraham Kuyper. Al igual que sucede con el anglicano C. S. Lewis, algunos historiadores serían reticentes a la hora de retratar a Kuyper como alguien consciente de ser un precursor de los primeros evangélicos. Sin embargo, ambas figuras han tenido una enorme influencia en el desarrollo del pensamiento evangélico moderno, incluyéndome a mí mismo.

Abraham Kuyper (1837-1920) fue tanto precoz como ambicioso. Se dio a conocer por su ética laboral protestante y su compromiso con una misión cristiana para transformar la sociedad. Muchos pensadores evangélicos han laureado en sus obras escritas a esta figura crucial en la historia de la iglesia, pero la mayoría de ellos no cuentan toda la historia.

A Kuyper los evangélicos lo suelen recordar por esta cita: «No existe un centímetro cuadrado en todo el dominio de nuestra existencia humana sobre la que Cristo, que es soberano sobre todo, no reclame: “¡Esto es mío!”». Y, aun así, la verdad es que él tuvo problemas en el dominio de su vida personal y familiar.

Kuyper sufrió de ansiedad debilitante y depresión, que a veces lo dejaba postrado en cama. Aprendió a lidiar con los síntomas de estar sobrecargado de trabajo retirándose con frecuencia durante largos periodos de soledad en vacaciones y excursiones. Como resultado, su esposa y sus hijos anhelaban su presencia durante estas largas ausencias mientras se recuperaba de los rigores del trabajo misionero.

Por desgracia, Francke y Kuyper son solo la punta del iceberg cuando se trata del costo que han pagado las familias evangélicas por la ética laboral reformada de sus seres queridos.

Hace poco alguien me preguntó por algunos ejemplos, y a regañadientes di unos pocos nombres: algunos de los cuales conozco de mi propia investigación archivística y otros que he aprendido de la obra de otros historiadores. El problema de dar nombres y sentirse fascinado por el «quién hizo qué» es que puede llevar a una fascinación histórica voyerista o improductiva en vez de a una conversación sana.

Creo que lo que los evangélicos necesitan en realidad es menos fascinación con las partes oscuras de nuestros héroes caídos y más apreciación por la fidelidad diaria de los pastores, profesores, evangelistas y activistas silenciosos que se las arreglan para nadar contra la corriente del poder social y cultural de sus épocas, que a menudo imponen unas demandas irreales sobre sus resultados y su actuación.

Los líderes evangélicos a lo largo de la historia han llevado una gran carga, y continúan soportando expectativas irreales de muchas instituciones, editoriales y ministerios que dominan el mercado evangélico. Con el tiempo, algunos de esos líderes ceden a las tentaciones que vienen con la notoriedad y en última instancia olvidan su buen juicio. Y, tristemente, las organizaciones evangélicas también tienen un historial de ceder a la avaricia en nombre del éxito… y con demasiada presteza comen a expensas de los fracasos privados de sus líderes y eligen mantenerlos ocultos.

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Cuando observo el resultado profesional de algunos compañeros evangélicos, oro seriamente para que Dios los proteja a ellos y a sus familias. Aunque estoy asombrado por su éxito, reconozco y temo el costo que viene con decir siempre «¡sí!» a cada oportunidad. Demasiado a menudo prepara a la gente para el fracaso, especialmente si no se hacen responsables de sus cuerpos y de sus familias.

Por mi parte, yo me he vuelto menos ambicioso como resultado de estudiar la historia evangélica. Como he dicho, ningún logro merece el sacrificio de una vida familiar sana. Pero esta convicción no solo se cimenta en mi conocimiento de las caídas pasadas y presentes de los líderes evangélicos.

Mi precaución hacia la ambición también se deriva de mi propia historia. Al igual que la ambición evangélica ha apuñalado la credibilidad de muchos precursores de la fe, recuerdo un tiempo reciente en que se agazapó en mi propia puerta.

Ya he pasado por la experiencia de ser un pastor en la encrucijada y con síndrome de burnout, mirando el posible camino hacia la tragedia privada. He experimentado la agobiante expectativa de crear suficiente contenido para un blog, ganar cierto número de seguidores en redes sociales, publicar más artículos para periódicos, preparar el currículum más perfecto y darme a conocer entre las personas «adecuadas». Me canso solo de pensar cuando recuerdo las muchas tentaciones que experimenté y las diferentes tácticas que empleé para conseguir mis ambiciones.

Hace algunos años tuve una crisis personal mientras intentaba ser pastor a tiempo completo y estudiante de doctorado a tiempo completo. Esta crisis me llevó a reiniciar y reorientar mis ambiciones. Mi esposa y yo fuimos a terapia de pareja y yo estuve yendo a terapia individual durante un año. Reorganicé las prioridades de mi agenda y puse algunos límites profesionales en mi vida. Comencé a buscar maneras de reinvertir en el precioso tiempo con mis hijos, y finalmente volví a aprender cómo valorar el descanso del Sabbath juntos como familia.

Sé que la gente está llamada a hacer sacrificios por la causa de Cristo. Pero incluso el apóstol Pablo defendió que la gente casada, especialmente los que tienen hijos, llevan hasta cierto punto un peso terrenal. Esto les exige que encuentren un equilibrio entre cuánto dejan de lado sus vidas por la causa de Cristo y cuánto tiempo y energía reservan para sus familias.

Es decir, todos deberíamos buscar sopesar nuestro compromiso con la ética laboral protestante y la misión de Dios, a la par de nuestra dedicación a construir pequeñas iglesias en nuestros hogares. Y, en esta área, los evangélicos podemos aprender de los errores de nuestros predecesores aprendiendo a mantener nuestras ambiciones misionales en su justo lugar, y a estimular la devoción a Dios de nuestra familia por medio del servicio desinteresado.

Joey Cochran es el esposo de Kendall y el padre de Chloe, Asher, Adalie y Clara. Actualmente es profesor invitado en Wheaton College y Trinity Evangelical Divinity School. También coordina las redes sociales de la Conference on Faith and History.

Traducción por Noa Alarcón.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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