En las Montañas Rocosas, donde vivo, se pueden ver varios miles de estrellas a simple vista cuando el cielo está despejado. Todas ellas pertenecen a la galaxia Vía Láctea, que abriga más de 100 mil millones de estrellas, incluyendo una de tamaño promedio alrededor de la cual orbita la Tierra: el Sol.

Nuestra galaxia tiene mucho espacio: hay 26 billones de kilómetros de distancia entre el sol y la estrella más cercana. Si partiéramos de la Tierra y viajáramos a la velocidad de la luz, nos tomaría veinticinco mil años alcanzar el centro de la Vía Láctea, ya que nuestro planeta se encuentra en uno de los límites de la galaxia.

Hasta hace un siglo, los astrónomos creían que nuestra galaxia era todo el universo. Pero en la década de 1920, Edwin Hubble probó que Andrómeda, lo que parecía ser una nube de polvo y gas en el cielo nocturno, era en realidad otra galaxia. Ahora había dos. Por eso, cuando la NASA lanzó al espacio un gran telescopio para obtener imágenes más claras, lo nombraron Telescopio Espacial Hubble en su honor.

En 1995, un científico propuso apuntar el Hubble hacia un punto oscuro y del tamaño de un grano de arena para ver lo había más allá de la oscuridad. El telescopio orbitó la Tierra y tomó imágenes de larga exposición de ese punto. El resultado asombraría a cualquiera y ha sido llamado la «imagen más importante jamás obtenida». ¡Resultó que ese punto tan pequeño contenía casi 3 mil galaxias!

En años recientes, el telescopio Hubble volvió a analizar el mismo punto con equipo más sofisticado y, con cada adición, consiguió identificar muchas galaxias más. Los astrónomos hicieron un mapa del Campo Profundo, el Campo Ultra Profundo, el Campo Profundo eXtremo y la Última Frontera. Al alcanzar los límites de la luz visible —y tal vez al quedarse sin nombres para los hallazgos del Hubble— se pasó el trabajo a un telescopio más novedoso y capaz. El Telescopio Espacial James Webb, que fue lanzado en la Navidad de 2021, podrá detectar aún más galaxias usando cámaras infrarrojas.

Los científicos creen ahora que si usted tuviera visión ilimitada, podría tomar una aguja de coser, sostenerla con el brazo extendido y ver diez mil galaxias en el ojo de la aguja. Si lo moviera un poco más a la izquierda, vería otras diez mil. Lo mismo si lo moviera a la derecha o hacia cualquier otra dirección. Hay alrededor de un billón de galaxias en el espacio y cada una contiene alrededor de 100 o 200 mil millones de estrellas.

A partir de esos descubrimientos, nuestro hogar, ese pequeño punto azul que llamamos Tierra, no ha dejado de encogerse en términos comparativos. Ahora se dice que es un planeta de tamaño regular que orbita alrededor de una estrella mediana en una galaxia que existe entre miles de millones de otras galaxias.

¿Cómo deberíamos adaptarnos a esta realidad que nos fuerza a ser humildes?

Tiempo atrás, cuando se creía que el universo estaba compuesto por apenas unas cuantas miles de estrellas, el salmista mostraba su asombro en oración:

Cuando contemplo tus cielos,
obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que allí fijaste,
me pregunto:
«¿Qué es el hombre, para que en él pienses?
¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?» (Salmo 8:3-4, NVI)

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Esa pregunta ha crecido exponencialmente desde los días del Rey David. Intento comprender lo que llamo «ver a Dios a través del telescopio Hubble». ¿Cómo podría quien creó billones de galaxias preocuparse por lo que le pase a nuestro planeta infinitesimal?

Entonces voy al libro de Job, donde un pobre y atribulado Job le da la vuelta a la pregunta del salmista:

¿Qué es el hombre, que le das tanta importancia,
que tanta atención le concedes,
que cada mañana lo examinas
y a toda hora lo pones a prueba?
Aparta de mí la mirada;
¡déjame al menos tragar saliva! (7:17-19)

Dios le da una respuesta directa a Job cuando le habla desde una tempestad. Job había hecho una lista bastante larga de preguntas, pero es Dios quien inicia el interrogatorio, no Job: «Prepárate a hacerme frente; yo voy a interrogarte, y tú me responderás» (38:3).

Este es el discurso más largo de Dios en la Biblia, y cada que lo leo pienso que Dios dice: «vamos a comparar tu currículum y el mío. Yo empiezo». Frederick Buechner resume así su respuesta: «Dios no explica. Él explota. Le pregunta a Job quién cree que es él. Dios dice que tratar de explicar lo que Job quiere saber sería como tratar de explicar las teorías de Einstein a una hormiga». Dios no necesita el consejo de Job ni el de nadie para sostener el universo.

Dejando de lado 35 capítulos en los que se debate el problema del sufrimiento, Dios elige adentrarse en un deslumbrante poema sobre las numerosas maravillas del mundo natural. Dios señala, una por una, las obras de la creación que más satisfacción le producen.

Dios le pregunta a Job ¿te gustaría encargarte del universo por un momento? ¡Vamos! Trata de diseñar una avestruz, o una cabra montés, o un copo de nieve. Dios menciona incluso la astronomía: «¿Acaso puedes atar los lazos de las Pléyades, o desatar las cuerdas que sujetan al Orión? ¿Puedes hacer que las constelaciones salgan a tiempo? ¿Puedes guiar a la Osa Mayor y a la Menor?» (38: 31-2).

Job recibió una lección personalizada sobre lo insignificantes que somos los seres humanos en comparación con el Dios del universo, y eso acalló todas sus dudas y quejas. Nunca he experimentado nada parecido a los sufrimientos que padeció Job, pero siempre que tengo mis propias dudas, trato de recordar esa perspectiva: ver a Dios a través del telescopio Hubble. En las palabras de un musical de Broadway [enlace en inglés] que hace eco del discurso de Dios a Job: «Tus brazos son demasiado cortos para boxear con Dios».

Sin embargo, en mis momentos menos egocéntricos, me dirijo a un pasaje muy diferente de la Biblia.

En su carta a los Filipenses, el apóstol Pablo cita lo que muchos creen que es un himno de la Iglesia primitiva. En un párrafo majestuoso y lírico, Pablo se maravilla de que Jesús dejó la gloria del cielo para tomar forma humana. Y no de cualquier humano, sino de un siervo. Uno que se sometió voluntariamente a una muerte ignominiosa en la cruz (Filipenses 2:6-7).

Me detengo y me maravillo en el misterio de la Encarnación. En un acto de humildad que va más allá de nuestra comprensión, el Dios que hizo un billón de galaxias eligió «condescender» (descender con) con los ignorantes humanos de este planeta rebelde, de entre miles de millones en el universo. Es difícil hacer una buena analogía, pero es como si un humano se convirtiera en una hormiga, o tal vez en una amiba o una bacteria.

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Aun así, de acuerdo con Pablo, ese acto de condescendencia fue una misión de rescate que llevó a la sanación de algo roto en el universo. Como dice el pasaje:

Por eso Dios lo exaltó hasta lo sumo
y le otorgó el nombre
que está sobre todo nombre,
para que ante el nombre de Jesús
se doble toda rodilla
en el cielo y en la tierra
y debajo de la tierra,
y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor,
para gloria de Dios Padre. (v. 9-11)

Escuchamos el rugido de Dios al final del libro de Job, una voz que evoca asombro y admiración, más que intimidad y amor. Sin embargo, Filipenses 2 nos da una perspectiva diferente de lo que significa ver a Dios a través del telescopio Hubble. Un Dios no limitado por el espacio y el tiempo tiene una ilimitada capacidad de amor por sus criaturas, sin importar qué tan pequeñas o rebeldes sean.

Coincidentemente, la mejor forma de expresar ese mensaje no es desde un tornado, una zarza ardiente o una montaña humeante, sino de persona a persona, a través de Jesús y sus seguidores.

Philip Yancey es autor de varios libros, siendo uno de los más recientes su libro de memorias Where the Light Fell.

Traducción por Hilda Moreno Bonilla.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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