La época de Cuaresma provee un rico tiempo de confesión y oración, y a menudo se acompaña de ayuno de ciertas comidas o de otros deleites. Yo no crecí celebrando la Cuaresma, pero conforme he ido aprendiendo más cosas acerca del calendario de la Iglesia, he llegado a apreciar las prácticas que aportan significado y profundidad al camino que lleva hacia la Semana Santa.

La Cuaresma toma como modelo los cuarenta días que Jesús pasó ayunando en el desierto antes de ser tentado por el diablo (Mateo 4:2). En la actualidad, sin embargo, la Cuaresma dura más de cuarenta días porque no se cuentan los domingos. El domingo siempre celebramos el día de la resurrección, por lo que nos extiende un llamado a festejar en vez de a ayunar. Es por eso que los domingos durante la temporada de Cuaresma son conocidos como «pequeñas Pascuas», interrupciones que traen alegría pura a nuestro largo y sobrio viaje de cuarenta días. Las pequeñas Pascuas nos proporcionan pequeños pero gloriosos espacios de refrigerio en nuestro camino hacia el Día de la Resurrección.

Como dijo San Agustín acerca de los domingos de Cuaresma, «se deja a un lado el ayuno y las oraciones se recitan de pie, como una señal de la resurrección, que es también la razón por la que se canta el Aleluya cada domingo».

Según he ido aprendiendo acerca de estos pequeños interludios de celebración durante el patrón típico de la Cuaresma, me he preguntado si podrían ser un modelo para otros tiempos de sacrificio de larga duración. Celebrar pequeños momentos de gozo, incluso mientras se vive en la grave realidad del presente, mantiene en nuestras mentes toda la historia de Dios. Las pequeñas Pascuas a lo largo del camino nos proporcionan fuerzas para seguir adelante.

La realidad del sufrimiento

No todos los que observan la Cuaresma rompen el ayuno los domingos. Incluso pequeños momentos de festejo durante una época tan seria pueden parecer escandalosos. Del mismo modo, en otras épocas serias de la vida pueden parecer inapropiados pequeños momentos de alegría. Cualquier celebración corre el riesgo de aparentar disminuir la gravedad de la dificultad que se está viviendo.

Este fue el caso de un joven ministro sudafricano en 1985 llamado Trevor Hudson. Sudáfrica estaba sufriendo una larga y opresiva historia con el apartheid, y la mayoría creía que a Dios no le importaba su sufrimiento.

Trevor sintió alivio al leer El Dios crucificado de Jurgen Moltmann, que enfatizaba nuestra comunión con Dios en el sufrimiento. En el libro, Moltmann describe a Dios dispuesto a acompañar a su pueblo en medio del sufrimiento. Hudson comenzó a afirmar a su congregación que Cristo crucificado era el fundamento de toda la teología cristiana.

El joven pastor, dándose cuenta de la inevitabilidad de las adversidades, encontró alivio en saber que Dios está con nosotros en ellas. Lo que ocurrió en la crucifixión dio pie a una robusta teología del sufrimiento. Sin embargo, también notó que reducir su teología a la muerte de Jesús resultaba ser insuficiente para toda la experiencia humana.

«¿Tienes un Dios triste?»

Uno de los amigos de Trevor en el ministerio comenzó a escribir un libro, e invitó a Trevor a leer el manuscrito. El amigo, Dallas Willard, autor de La divina conspiración, escribió [enlaces en inglés] que Dios «es el ser más alegre del universo».

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Trevor sabía que las palabras de Dallas eran honestas. Cuando visitó a los sudafricanos, Dallas se presentó con alegría a todos los que conoció. Sin embargo, Trevor se resistía. ¿Cómo podía verse a Dios como alguien alegre en medio de una adversidad tan obvia?

Dallas respondió preguntando: «Trevor, ¿tienes un Dios triste?». Se notaba que Trevor llevaba tiempo siendo pesimista. Honrar la adversidad que le rodeaba le había impedido buscar el gozo de la resurrección. Se dio cuenta de que necesitaba recordar la historia completa.

Dios sufre con nosotros, pero Dios también destila alegría. Trevor volvió a leer los evangelios y le impresionó el deleite de Jesús en las comidas compartidas, el buen vino y los niños jugando. Abrazó esos momentos incluso en medio de la adversidad de su propia vida y las serias necesidades que veía a su alrededor. Jesús mostró que hay un lugar para las pequeñas alegrías incluso en momentos serios.

La necesidad del gozo en tiempos difíciles

Sabiendo que su muerte era inminente, Jesús les brindó confianza a sus discípulos al asegurarles que había una conexión entre ellos, así como entre una vid y sus pámpanos. Y les aseguró también que habría una reunión final. Dijo: «Les he dicho esto para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa» (Juan 15:11). Iban a necesitar garantías de la alegría que vendría, dado todo lo que aconteció el Viernes y el Sábado Santos. El horror, el dolor, la decepción y la duda perturbaron a sus discípulos hasta que lo abandonaron.

La Cuaresma me invita a reflexionar en mi propio pecado. La señal de la cruz marcada con cenizas en mi frente me acusa cada Miércoles de Ceniza e impone sobre mí la profundidad del sacrificio de Cristo. Pero Jesús también muestra misericordia a mi corazón, de la misma forma que lo hizo con sus discípulos, colocando en mi corazón recordatorios del resto de la historia. Y logro asir ambos: el dolor y la gloria.

Las pequeñas Pascuas a lo largo de la vida

Al igual que el gozo de los domingos de la Cuaresma anula la sobriedad del resto de días, así la alegría de mi vida en Cristo quita el aguijón de muerte y el sufrimiento. Me siento tentada a esperar hasta que la pandemia termine antes de abrazar un momento de celebración. He estado almacenando celebraciones en mi mente, esperando a que se levantaran las restricciones y hubiera inmunidad de rebaño antes de decir siquiera un aleluya. Empiezo a preguntarme, sin embargo, si la vida de Jesús me libera para empaparme ahora de la alegría siempre disponible que ya es mía en él. Como recuerda el teólogo N. T. Wright, como creyentes «traemos a la vida fragmentos y destellos de la nueva creación en medio de un mundo aún en tinieblas y dolor». Yo quiero que el mundo que me rodea, en sus tinieblas y en su dolor, reciba un vistazo de esa clase de esperanza.

Las oportunidades nos rodean. ¿Qué pequeñas Pascuas podemos celebrar ahora? ¿Qué palabras podemos decir para exhibir la alegría y el nuevo nacimiento?

Kathryn Maack es cofundadora de Dwell, un movimiento de alabanza y discipulado que ayuda a hombres y mujeres a experimentar completamente la vida con Dios.

Traducción por Noa Alarcón.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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