Nota del editor: Este artículo se publicó originalmente en inglés en respuesta al atentado de San Bernardino en 2015.

Podemos decir con cierta seguridad que todas las siguientes afirmaciones son ciertas:

1.a. Cuando nos llega la noticia de una tragedia, a casi todos nos sucede que los hechos sobrecogen nuestros pensamientos durante minutos, horas o días, dependiendo del alcance, la gravedad y la intensidad de la pérdida. Esto se llama empatía: nuestra capacidad para ponernos en el lugar de los demás e imaginar su sufrimiento y su miedo, así como su heroísmo y su valor, y preguntarnos cómo reaccionaríamos nosotros en su lugar.

1.b. Casi todos los seres humanos, sea cual sea su afiliación religiosa formal, se ven envueltos en una reacción adicional a la tragedia: llegan a una realidad personal que va más allá de ellos mismos que conlleva dolor, lamento y cierto clamor por alivio. Incluso quienes están alejados de la iglesia se encontrarán, casi involuntariamente, dirigiéndose a Dios en esos momentos. Se trata, en cierto modo, de otra forma de empatía, quizá más elevada. Refleja ese instinto dentro de nosotros que nos dice que nuestra propia experiencia de humanidad, identificación y amor debe reflejar, en última instancia, algo —o a Alguien— que es fundamental en el cosmos, que es personal, que se ha identificado con nosotros y que responde a nosotros y a todo el mundo con amor.

1.c. A menos que la tragedia esté literalmente a nuestra puerta, esta respuesta empática —que podemos llamar «pensamientos y oraciones»— es todo lo que tenemos a nuestra disposición en los momentos posteriores a la llegada de las terribles noticias. Si la tragedia está literalmente en nuestra puerta y, por tanto, nos está ocurriendo a nosotros en lugar de que solo recibamos la noticia, sabemos que un número asombroso de seres humanos actúan con valor y resistencia incluso ante el mal más terrible. También, si tienen tiempo para hablar o comunicarse de alguna manera con otras personas que no están directamente involucradas en su momento de terror, oran instintivamente y les piden a otros que oren.

1.d. No es realista, y podría decirse que es cruel, pedir que nos expresemos con palabras claras e ideas frescas en el momento en que nos enfrentamos al sufrimiento y a la pérdida, por no hablar del horror y del mal. Todo ser humano, en esos momentos, recurre a liturgias, es decir, patrones de lenguaje y comportamiento aprendidos mucho antes y que nos ayudan a superar los peores momentos de nuestra vida. No hay necesidad de inventar un pensamiento o unas palabras nuevas cuando estás en un funeral; es perfectamente válido simplemente decir: «Siento mucho su pérdida», aunque la familia haya oído esas palabras cientos de veces antes. Lo que importa no son tus palabras, que no pueden estar a la altura de las exigencias de la ocasión, sino tu presencia y tu empatía.

1.e. Los políticos y los personajes públicos son fundamentalmente como todos los demás seres humanos y tienen las mismas respuestas básicas ante la tragedia. Esto es cierto independientemente de su posición en cuestiones políticas controvertidas (por ejemplo, el control de las armas). Así que no es de extrañar que respondan inmediatamente, como el resto de nosotros, con palabras y frases familiares que expresan su solidaridad humana con los que sufren. Incluso los redactores de discursos más preparados tardarán horas o días en idear palabras adecuadas para momentos de gran sufrimiento. Ningún ser humano, ni siquiera el más elocuente, puede ofrecer palabras adecuadas en los primeros momentos tras una noticia terrible. Demostrar ese nivel de fluidez retórica sería, de hecho, demostrar una inhumana falta de empatía. La falta de articulación es la respuesta inmediata adecuada y empática frente a la tragedia.

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2.a. Ofrecer una oración tras una tragedia no es, salvo en las versiones más aplanadas y extremas del cristianismo populista, pedir a Dios que «arregle» nada. Es llevar ante la misericordia de Dios a aquellos que fueron dañados, y a aquellos que causaron el daño. En muchas tradiciones, es reconocer que la persona humana es más que un cuerpo humano, de modo que incluso la propia muerte no tiene la última palabra sobre nuestro destino, por lo que las oraciones son apropiadas incluso cuando se ora por los muertos, cuyas vidas están sostenidas por una Vida que trasciende la muerte.

2.b. Una forma de oración igualmente válida e instintiva ante la tragedia es el lamento, el cual clama con angustia a Dios, preguntando por qué los malvados prosperan y los justos sufren. El lamento confronta a Dios con su aparente inacción y distancia. Se trata de una profunda respuesta de fe. Lejos de ser anticristiana, es en realidad la oración ofrecida por el propio Jesús en la Cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

2.c. Ningún recuento honesto de la historia puede negar que Dios, si es que hay un Dios, es terriblemente paciente con el mal. Y, sin embargo, una y otra vez, una bondad, una santidad y una reconciliación sorprendentes han surgido incluso de los actos de violencia más atroces. Cuando Jesús mismo expresó con su propia voz los salmos de lamento y la angustia de todas las víctimas de la tortura y el terror, los cristianos creen que Dios estaba trabajando para reconciliar al mundo consigo mismo y que, tres largos días después, Dios demostró su poder para sacar vida de la muerte. Por eso, incluso cuando los seres humanos han hecho lo peor, no es demasiado tarde para orar por la redención y la sanación.

3.a. Por tanto, sugerir que debemos actuar en lugar de orar (aunque normalmente esos comentarios no especifican cómo podríamos actuar los que no estamos físicamente presentes en el lugar donde tuvo lugar la tragedia o el terror), es pedirnos que neguemos nuestra capacidad de empatía.

3.b. Al mismo tiempo, la Biblia deja claro que Dios desprecia los actos de piedad o sentimentalismo externos que no van acompañados de acciones en favor de la justicia. Las palabras más duras de Jesús recogidas en los Evangelios se dirigen a los líderes públicos que oran extravagantemente y en público, pero que descuidan «… los asuntos más importantes de la ley, tales como la justicia, la misericordia y la fidelidad» (Mateo 23:23).

3.c. Por tanto, nunca debemos conformarnos con una falsa dicotomía entre la oración y la acción, como si fuera imposible orar mientras se actúa o actuar mientras se ora. Sin embargo, es vital, siempre que sea posible, orar antes de actuar, para que nuestra actividad no sea en vano.

3.d. Insistir en que se actúe en lugar de orar, o que se actúe sin orar, es una idolatría que sustituye a la criatura por el Creador. Insinúa que la bondad puede conocerse, poseerse o llevarse a cabo al margen de la relación con el único que es verdaderamente bueno. Aunque nuestros vecinos que no comparten nuestra fe no estarán de acuerdo, para las personas con fe bíblica esta orgullosa declaración de independencia es idolatría, el pecado original de la humanidad y la fuente última del mal, tanto en el mundo como en nuestros propios corazones.

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4. Por tanto, a todas las víctimas de los tiroteos recientes, a todos los que se vieron atrapados en la violencia y viven en este mismo momento su horrible realidad y consecuencias continuas, así como también a aquellos que perpetraron la violencia, les decimos: están en nuestros pensamientos y en nuestras oraciones.

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel.

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