Esta es una versión revisada y corregida de la traducción publicada en septiembre de 2017.

Hace casi 15 años, parado en una playa a las afueras de Atenas, Grecia, me sentía completamente confiado en mi relación con el Señor y mi trayectoria ministerial. Viajaba por el mundo en un jet Gulfstream privado, trabajando en el ministerio del «evangelio» y disfrutando de todo lujo que el dinero podía comprar. Después de un vuelo cómodo y mi comida favorita (lasaña) hecha por nuestro chef privado, nos preparamos para un viaje ministerial descansando en el suntuoso hotel Grand Resort Lagonissi. Orgulloso de mi propia villa con vista al mar de poco más de 2000 pies cuadrados [185 m2] con piscina privada, me senté a descansar sobre las rocas a la orilla del mar y me regocijé en la vida que estaba viviendo. Después de todo, yo estaba sirviendo a Jesucristo y viviendo la vida abundante que él prometió.

No sabía que la costa en la que me encontraba era parte del mar Egeo, las mismas aguas que el apóstol Pablo navegó mientras difundió el evangelio de Jesucristo. Había un solo problema: no estábamos predicando el mismo evangelio que Pablo.

Estilo de vida lujoso

Crecer en el imperio de la familia Hinn era como pertenecer a algún híbrido entre la mafia y una familia real. Nuestro estilo de vida era lujoso, nuestra lealtad era impuesta y nuestra versión del evangelio era un gran negocio. Aunque Jesucristo era parte de nuestro evangelio, era más un genio mágico que el Rey de Reyes. Frotándolo de la manera correcta —dando dinero y teniendo suficiente fe— él liberaría su herencia espiritual. El objetivo de Dios no era su propia gloria sino nuestra ganancia. Su gracia no tenía como objetivo liberarnos del pecado, sino hacernos ricos. La vida abundante que ofrecía no era vida eterna: era para vivirla ahora. Vivíamos el evangelio de la prosperidad.

Mi padre era pastor en una pequeña iglesia en Vancouver, Columbia Británica. Durante mi adolescencia, viajaba casi dos veces al mes con mi tío, Benny Hinn. La teología de la prosperidad pagaba increíblemente bien. Vivíamos en una mansión de 10 mil pies cuadrados [casi mil m2] custodiada por una portón privado, conducíamos dos vehículos Mercedes Benz, íbamos de vacaciones a destinos exóticos y comprabamos en las tiendas más caras. Además de eso, compramos una casa con vista al mar que costó 2 millones de dólares en Dana Point, California, donde otro Mercedes Benz se unió a la flota. Las bendiciones fluían en abundancia.

A lo largo de esos años nos enfrentamos a innumerables críticas tanto dentro como fuera de la iglesia. Dateline NBC, The Fifth Estate (un programa canadiense de noticias) y otros programas realizaron trabajos de investigación. Conocidos líderes del ministerio usaron la radio para advertir a la gente acerca de nuestras enseñanzas y los pastores locales dijeron a sus congregaciones que se mantuvieran alejados de los púlpitos ocupados por un «Hinn». En ese momento, yo creía que estábamos siendo perseguidos como Jesús y Pablo, y que nuestros críticos estaban celosos de nuestras bendiciones.

Dentro de la familia, no toleramos la crítica. Un día le pregunté a mi padre si podíamos ir a sanar a mi amiga de la escuela que había perdido su cabello a causa del cáncer. Él respondió que debíamos orar por ella desde casa en lugar de ir a sanarla. Pensé dentro de mí: ¿No deberíamos estar haciendo lo mismo que hicieron los apóstoles si tenemos el mismo don? En ese momento, no cuestioné nuestra capacidad para sanar, pero dentro de mí comenzaron a surgir dudas sobre nuestros motivos. Solo sanábamos a la gente en las cruzadas, donde la música creaba cierta atmósfera, el dinero cambiaba de manos, y la gente se acercaba a nosotros con la cantidad «correcta» de fe.

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Surgieron otras dudas. ¿Qué sucede con los intentos fallidos de sanación? Aprendí que era culpa de la persona enferma por dudar de Dios. ¿Por qué hablamos en lenguas sin interpretación? «No apagues al Espíritu», me dijeron, «Él puede hacer lo que quiera». ¿Por qué muchas de nuestras profecías contradicen la Biblia? «No intentes poner a Dios en una caja». A pesar de las preguntas, confié en mi familia porque éramos muy exitosos. Decenas de miles de personas nos siguieron y millones llenaban los estadios anualmente para escuchar a mi tío. Curamos a los enfermos, realizamos milagros, nos codeamos con celebridades y nos hicimos muy ricos. ¡Dios debía estar de nuestro lado!

Antes de ir a la universidad, tomé un año de descanso y me uní al ministerio de Benny como asistente personal y catcher (alguien que se pone detrás de la gente para recibirlos cuando «caen en el espíritu»). Este era una especie de rito de iniciación en mi familia, ya que casi todos los sobrinos trabajaban para él en algún momento. Era una muestra de lealtad y gratitud. Ese año fue un torbellino de lujo: estadías en suites reales de 25 mil dólares por noche en Dubai, hoteles en la costa de Grecia, tours en los Alpes suizos, villas en el Lago Como en Italia, baños de sol en la costa dorada de Australia, compras compulsivas en Harrods en Londres, y numerosos viajes a Israel, Hawai y muchos otros lugares. El sueldo era muy bueno, volamos en nuestro Gulfstream privado, y conseguí comprar trajes hechos a mi medida. ¡Todo lo que tenía que hacer era recibir a la gente cuando se caía y aparentar ser espiritual!

Un versículo que cambió el resto de mi vida

Después de graduarme de la universidad y regresar a casa, conocí a mi esposa, Christyne. No tenía ni idea de que Dios la usaría para traer mi salvación. De hecho, mi familia y yo estábamos nerviosos porque ella no hablaba en lenguas. Nos propusimos arreglar ese problema haciéndola asistir a una de las cruzadas de Benny, pero no sucedió nada. Luego, asistió a un servicio en la iglesia de mi padre en Vancouver, pero tampoco funcionó. Finalmente, ella recibió un poco de entrenamiento en una conferencia para jóvenes, pero no logró más que murmurar unas cuantas sílabas. Realmente pensé que nunca podría casarme con ella a menos que algo cambiara.

Entonces, un día ella me mostró un versículo que yo nunca había visto: «¿Tienen todos dones para sanar enfermos? ¿Hablan todos en lenguas? ¿Acaso interpretan todos?» (1 Corintios 12:30, NVI). Me sacudió hasta lo más profundo de mi corazón. Ahí estaba, tan claro como el agua: no todo el mundo tiene que hablar en lenguas. Muy pronto comenzó para mí el efecto dominó. Otras creencias que había sostenido durante años no pasaron la prueba bíblica. Dejé de creer que el propósito de Dios era hacerme feliz, sano y rico. En cambio, vi que Él quería que viviera para Él, independientemente de lo que yo pudiera obtener de Él.

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Mientras luchaba por entrar en el ministerio, recibí una llamada de un pastor y amigo que estaba plantando una iglesia en California, ofreciéndome una posición de pastor de jóvenes a tiempo parcial. Parecía un lugar perfecto para aprender y crecer, así que Christyne y yo empacamos y dimos un paso de fe como recién casados.

Poco después de unirme al equipo, Dios puso la grieta final en mi sistema de creencias falsas, y la verdad surgió a borbollones como una ola de gracia. Uno de mis primeros encargos fue predicar sobre Juan 5:1-17, la sanación en Betesda. Mientras estudiaba para el sermón, mi amigo pastor me dio un comentario bíblico confiable. El Espíritu Santo se hizo cargo del resto. ¡El pasaje dice que Jesús sanó a un solo hombre en medio de una multitud, el hombre no sabía quién era Jesús, y el hombre fue sanado al instante!

Esto dejó en harapos tres creencias que yo antes atesoraba. ¿Es siempre la voluntad de Dios sanar? No, Jesús solo sanó a un hombre en medio de una multitud de enfermos. ¿Es verdad que Dios solo cura a las personas si tienen suficiente fe? No, este hombre lisiado ni siquiera sabía quién era Jesús (y mucho menos podía tener fe en él). ¿La sanación requiere un sanador ungido, música especial y una colección de ofrendas? No, Jesús sanó instantáneamente con un mero mandato. Lloré amargamente por mi participación en la codiciosa manipulación del ministerio, y por mi vida de falsas enseñanzas y creencias, y le di gracias a Dios por su misericordia y gracia a través de Jesucristo. Mis ojos estaban completamente abiertos.

Estoy agradecido de que mi esposa estuvo dispuesta a cuestionar mi insistencia en que ella hablara en lenguas, y de que mi pastor me amó lo suficiente como para discipularme y ayudarme a salir de la confusión del evangelio de la prosperidad. He visto cómo Dios usa el evangelismo y el discipulado para transformar almas perdidas en santos que han sido encontrados por Dios. La mayor habilidad de un cristiano es su disponibilidad. Cuando el pueblo de Dios está dispuesto a dar un paso de fe y decir la verdad en amor, las vidas son transformadas y Dios es glorificado. Usted nunca sabe a quién Dios va a salvar a través de su fidelidad.

Costi Hinn es pastor ejecutivo en la Mission Bible Church en el Condado de Orange, California.

Traducción y edición en español por Livia Giselle Seidel

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